domingo, 8 de enero de 2012

Una carta: kirchnerismo, política, conflicto y debate



Durante la década del ’90 prevaleció, entre nosotros, la concepción con sensualista de la política que, traducida al sentido común, suponía, después de un cuidadoso proceso de desvalorización y desprestigio, el desplazamiento del lenguaje político por el del gerenciamiento empresarial que reducía la problemática de la administración de los asuntos públicos a un pragmatismo cuidadosamente entrelazado con la figura del tecnócrata.

Lejos de pensar la democracia como el ámbito de lo diverso y de las diferencias, más lejos todavía de concebir la sociedad como un espacio de rupturas y conflictos emanados de aquello no resuelto y de la persistencia de una desigualdad multiplicada en la etapa de la valorización financiera del capitalismo, el núcleo neoliberal prevaleciente en el interior del giro menemista buscó invisibilizar no sólo la multiplicación exponencial de la injusticia en el interior de una sociedad cada vez más fragmentada y empobrecida sino que apuntaló ese proceso de concentración de la riqueza con la afirmación de un nuevo discurso de la política asociado a la idea del consenso y de la supuesta desdramatización de la conflictividad.

La propia palabra “conflicto” fue prácticamente expulsada de la legitimidad democrática asociándola a distintas formas de intemperancia y violencia (no resulta para nada azaroso que el kirchnerismo haya sido vinculado, en especial desde la disputa con la Mesa de Enlace, con términos como “crispación”, “antagonismo”, “autoritarismo”, etcétera, que intentaban producir el efecto de negación democrática de acuerdo con los estándares del con sensualismo noventista). También resulta paradojal que en un contexto internacional dominado por el avance de los poderes corporativos sobre las propias democracias (y me refiero en particular a las supuestamente probadas democracias europeas y estadounidense) y en el que es en nuestro continente y en otras zonas del planeta, como los países árabes, donde se despliega una potente reconstrucción de lo democrático, que los opinólogos de turno entre nosotros, asociados en cuerpo y alma a la perspectiva conservadora y corporativa, hagan oídos sordos a lo que sucede en esos países tan admirados y sigan insistiendo con la supuesta debilidad de nuestras instituciones democráticas.

Mientras en Europa y en Estados Unidos se van cercenando cada vez más derechos, en nuestros países vivimos un tiempo de recuperación y de invención de nuevos y potentes derechos sociales, culturales, políticos y económicos. La lógica amigo-enemigo, que se suele utilizar para invalidar proyectos democrático-populares, es la que domina, al menos con claridad meridiana desde el 11 de septiembre de 2001, en el centro mismo del poder imperial y la que ha sido una y otra vez reclamada por los periodistas-ideólogos de nuestra derecha para lanzarle el dardo del dogmatismo autoritario al kirchnerismo. Siguiendo esa estrategia discursiva, Carlos Pagni, desde su columna de La Nación, busca “leer” la carta XI de Carta Abierta para transformarla en un documento de crítica y distancia con el Gobierno, obturando, con plena conciencia y astucia retórica, el profundo y decisivo rescate que se hace allí de un proyecto que le ha cambiado la cara a un país en estado de crisis permanente. La reivindicación que hace Carta Abierta del kirchnerismo, de su capacidad para enloquecer creativa y democráticamente la historia nacional, es lo no dicho en el artículo de Pagni.

La década dominada por la convertibilidad se asoció con la hegemonía del capital-liberalismo de matriz financiera apuntalando, a su vez, la ideología del fin de la historia emanada del derrumbe de la Unión Soviética y del dominio, aparentemente indestructible, de la empresa imperial estadounidense afirmada en la era de la globalización y la economía mundial de mercado. Todo eso se entramó con un fenómeno dual y convergente: el de la expansión ilimitada de la sociedad del espectáculo y el de la consiguiente despolitización de esa misma sociedad que se dejó capturar por la retórica del eficientismo técnico, la experticia gerencial y el posibilismo pos político que declaraba el crepúsculo definitivo de cualquier ilusión transformadora. Es quizá como consecuencia de lo que aún perdura de la ideología noventista entre muchos de los periodistas “independientes” que, ante la emergencia de cualquier conflicto, anuncian, a los cuatro vientos, la llegada de la catástrofe y el final anunciado del proyecto iniciado en 2003. Tan acostumbrados estaban a pensar la realidad con los paradigmas del con sensualismo neoliberal que la sola mención de la palabra conflicto les eriza la piel.

Decía que Carlos Pagni, columnista de La Nación y acabado exponente de esa ideología pos ideológica que busca negarse como tal y activo pesquisa de huellas de conflictos listos a estallar en el interior del corpus oficial, dedica su artículo del lunes 2 de enero a “leer” de una manera interesada e irónica la carta XI del colectivo Carta Abierta. Lo hace para erosionar al kirchnerismo y señalar las “diferencias” que, supuestamente, hoy atraviesan lo que él denomina el ala izquierda del oficialismo y que se expresa fundamentalmente en el rechazo de la ley antiterrorista. Como un sabueso del establishment olisquea tratando de encontrar las contradicciones y las diferencias que, eso desea con elevado fervor, acaben por erosionar al demonio kirchnerista. Si la oposición política ya no sirve, si quedó convertida en una caja vacía que ya ni siquiera actúa como títere de la corporación mediática aunque lo sigue intentando con esfuerzo digno de mejor causa, hay que tratar de (así piensan los Pagni y el resto de los escribas al servicio de la restauración conservadora) trasladar la oposición hacia el interior del Gobierno y de las fuerzas que lo apoyan. Para eso sirve utilizar todos los recursos buscando “profundizar” las disidencias y los supuestos desencuentros transformando al kirchnerismo en una mera escribanía que lo único que hace es firmar expedientes ya resueltos por Cristina.

Para Pagni, política y debate, en el interior de una experiencia democrática y popular, es un oxímoron que, en realidad, reproduce el inconsciente de la derecha que no es otro que el de la oclusión de cualquier enriquecimiento de la política a través de una apertura de las discusiones. Si en algún lugar falla la democracia es el lugar desde el que escribe Pagni y sobre el que se ha buscado desde siempre cerrarle el camino, en nuestro país, a todo proyecto genuinamente popular, igualitario y democrático.

Tal vez por eso ya no sorprende el permanente cambio argumentativo que, cuando el Gobierno logra que se aprueben leyes clave (la del peón rural, la de Papel Prensa y la de extranjerización de tierras) pone en evidencia, según estos escribas, una suerte de cuasi totalitarismo verticalista que transforma al Congreso en una especie de escribanía y a los legisladores oficialistas en meros chirolitas del Gobierno y, cuando se discute el carácter de una ley como la antiterrorista, estaríamos delante de las tensiones, las insubordinaciones y las posibles fragmentaciones de aquella misma fuerza política que, en el análisis previo, carece de toda democracia deliberativa y se aferra al cerrojo del disciplinamiento.

Cuando resulta oportuno, de acuerdo con esta estrategia horadadora y deslegitimadora movilizada con insistencia por Pagni y compañía, quienes defendemos al Gobierno nos volvemos “intelectuales pagados” que han abandonado todo pensamiento crítico o, por el contrario, cuando lo que resulta es lo opuesto acabamos siendo rupturistas y dignos de ser tomados en cuenta e, incluso, volvemos a ser reconocidos como “intelectuales”. Intentar pensar, por ejemplo, la complejidad del vínculo entre el Gobierno nacional y la CGT de Moyano es, siguiendo la lógica simplificadora con la que se analizan las cosas desde la óptica de los Pagni, la evidencia de un grave problema agudizado por “las críticas” efectuadas desde las mismas filas del kirchnerismo que estarían en desacuerdo con el trato que Cristina les ha dado a los sindicalistas o, también, la incapacidad (o la jugarreta política) de comprender que en el interior de la democracia (y más aun cuando ya no estamos en una época que la convierte en un pellejo vacío sino que la vuelve ámbito de creación social y cultural) los distintos actores no se comportan de un modo mecánico y que la emergencia del conflicto es parte de su recreación continua.

Que la relación con el sindicalismo no transite por un camino de rosas no significa que se haya roto el vínculo entre éste y el Gobierno, ni supone una amenaza de horadación de la legitimidad de un proyecto que acaba de recibir el 54% de los votos cortando transversalmente la sociedad. En todo caso, de lo que se trata es de un debate alrededor de los cambios estructurales que se han producido en el país, cambios que nos colocan en realidades sociales muy diferentes de las que prevalecían en los tiempos del primer peronismo (es probable que algunos sectores del sindicalismo, Moyano entre ellos, sigan pensando de un modo anacrónico, y eso los lleve a colisionar con un proyecto que reconoce el lugar de los sindicatos pero que no los piensa desde la perspectiva de la “columna vertebral”). Para el sesudo analista de la derecha vernácula no es posible aceptar que en el interior de un movimiento político de la vastedad, el alcance y la potencialidad del kirchnerismo puedan existir debates, divergencias, acuerdos, perspectivas no siempre encontradas, sesgos ante la complejidad de la vida nacional, interpretaciones que provienen de distintas tradiciones intelectual políticas; en fin, todo aquello que caracteriza, por suerte, la pluralidad democrática no sólo de un espacio político, en este caso nada más y nada menos que el que gobierna, sino de la misma sociedad cuando se aventura por el territorio de la invención popular y cuando busca reponer aquello esencial y decisivamente dañado por décadas de obstrucción e intento de demolición de esa potencia inventiva de una democracia que se afana por habilitar una realidad cada vez más justa respecto de los derechos de las mayorías populares.

Para Carlos Pagni el debate, la proliferación de ideas y de propuestas constituye algo imposible de concebir porque su ADN ideológico está relacionado con el dogmatismo, el pensamiento único y, sobre todo, el más allá de la política para transformarla en un mero instrumento de democracias vaciadas y articuladas pura y exclusivamente a partir de los intereses del poder económico concentrado. Para Pagni, el kirchnerismo es un escándalo intelectual que ha venido a perturbar la hegemonía del pensamiento del fin de la historia y de la muerte de las ideologías. Añora el tiempo de reinado absoluto del pragmatismo neoliberal. Si lo prefiere puede pasarse una temporada en Grecia, Italia o España para recuperarse de tanta proliferación populista. Por eso le resulta insoportable que haya debate, que se multipliquen las ideas en discusión y que, por ejemplo, un espacio colectivo como lo es Carta Abierta (que no constituye un partido político sino que es una experiencia de confluencia de cientos de hombres y mujeres que provenientes de distintos ámbitos de la vida cultural, académica y profesional, ha resuelto, desde abril de 2008, intervenir en la escena pública y hacerlo desde un compromiso con un proyecto que viene transformando la vida de los argentinos) ya haya publicado once cartas en las que, a lo largo de casi 4 años, no dejó de aventurarse por las distintas geografías de la vida nacional enfrentando diversos desafíos y planteando su propia mirada de una realidad en movimiento continuo que encontró en la experiencia kirchnerista el punto nodal de una decisiva recuperación de la política, de la perspectiva transformadora y de la renovación de la esperanza en el interior de un país que, en los años previos, había perdido el rumbo y estallado en mil pedazos como consecuencia de las mismas ideas y políticas que sigue defendiendo Carlos Pagni desde las páginas del diario de la derecha liberal conservadora.

Carta Abierta, por el contrario, se ha sentido parte, desde un comienzo, y ha sido interpelada, como colectivo integrado por individualidades libres y comprometidas, por la convocatoria hecha por Néstor y Cristina Kirchner, sin que eso supusiera dejar de pensar por cuenta propia y dejar de señalar nuestra mirada de una realidad sumamente compleja y desafiante. Y eso significó, y significa, meternos sin prejuicios ni autocensuras con lo que se hizo y lo que se viene haciendo partiendo, en primer lugar, del reconocimiento de lo logrado desde mayo de 2003 y como punto de partida de una extraordinaria inflexión en la historia argentina. Como espacio colectivo nos sentimos interpelados y convocados por el kirchnerismo y, más todavía, nos enorgullece ser reconocidos como una parte de todos aquellos que han contribuido a enriquecer este proyecto nacional, popular, democrático y latinoamericano cuyo horizonte fundamental es el de alcanzar los mayores niveles de igualdad posibles, esos que habiliten la construcción de un país más justo, libre, solidario y soberano. Y no tenemos dudas de que ese ideario es liderado, con inteligencia, coraje, voluntad y decisión, por Cristina Kirchner. Lo demás son especulaciones afiebradas de una derecha atribulada.

Por Ricardo Forster –

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