jueves, 28 de junio de 2012

LA NACIÓN ES LATINOAMÉRICA



 La cuestión capital de nuestra historia y presente, es si cada uno de los países que existen en América Latina son "naciones" distintas, tan diversas como Francia de China o, por el contrario, si  Latinoamérica en su conjunto es una sola Nación pero inconclusa, dividida por un infortunio histórico y fragmentada en una veintena de Estados independientes.
Es notable que la influencia externa en Latinoamérica haya deformado el relato de nuestro pasado histórico al punto de desdibujar nuestros propios orígenes y deseos.

En 1806 desembarcaron por primera vez en territorio argentino soldados británicos: 7.000 ingleses que fueron repelidos por los criollos, capturados y reenviados a su tierra de origen. Al año siguiente regresaron con 12.000 hombres que sufrieron la misma suerte. Pero, lamentablemente, en 1833 la tercera invasión inglesa tuvo éxito. En las Islas Malvinas, arrebatadas por las fuerzas de Su Majestad, el Gaucho Antonio Rivero y sus hombres, son incomunicados con Buenos Aires para solicitar refuerzos, resistieron heroicamente durante seis meses, hasta que finalmente los piratas vencieron y se establecieron en el archipiélago.

Este atropello fue otro episodio más de la intervención británica en los países del Plata, así como la separación del Uruguay de las Provincias Unidas, el bloqueo de 1845 que provocó el combate de la Vuelta de Obligado o la sangrienta Guerra del Paraguay. También los franceses -competidores de Gran Bretaña en el reparto colonial-, y la joven pero rapaz burguesía norteamericana perpetraron atentados contra nuestra soberanía.

Los actuales países centrales lograron su Estado nacional en un proceso que duró siglos de evolución de las fuerzas productivas (Inglaterra y Francia) o lograron la unidad nacional en el siglo XIX (Alemania o Italia), en la centuria conocida como el "siglo de las nacionalidades". Este desarrollo continuó y provocó la necesidad de saltar los límites que establecían de sus fronteras y expandir su influencia hacia la periferia asiática, africana o latinoamericana o caribeña. A estas regiones, conforme a la división internacional del trabajo, les correspondía el destino de consumidores de los productos industriales europeos (y luego norteamericanos), por lo que el centro industrializado impidió su industrialización. "Los civilizados cierran el paso a los que quieren civilizarse" reza el clásico.

Ahora bien, la cuestión es si cada uno de los países que existen en América Latina son "naciones" o si  Latinoamérica en su conjunto es una sola Nación, inconclusa, dividida por un infortunio histórico.

Desde Mexicali hasta Ushuaia millones de hombres transitan por un territorio común que alberga a los más espectaculares paisajes, provistos de riquezas naturales invaluables, comunicándose en la misma lengua (incluyendo el Brasil de habla portuguesa, íntimamente emparentada con el castellano).

La lengua castellana y portuguesa, son el vehículo de comunicación producto de una prolongada historia de colonización y nacionalización de América, donde se fusionaron los pueblos aborígenes con los colonizadores e inmigrantes europeos, dando lugar a la principal característica americana, que es el mestizaje, generando tipos humanos únicos, ni españoles ni precolombinos, sino americanos nuevos, a los que pronto se incorporó el esclavo africano, que completó el régimen de esclavitud y de servidumbre al que estaban sometidos los nativos.

Con la  Independencia comenzaron doscientos años de lucha en los que héroes y enemigos comunes aparecieron y en los que revoluciones y contrarrevoluciones se daban casi sincronizada mente en las repúblicas latinoamericanas, permitiendo ver al mismo tiempo lazos económicos y políticos que en determinados momentos se debilitan y en otros, como el momento actual, se fortalecen, pero que nunca se extinguen. “Desde el punto de vista moral formamos un bloque ya seguro. ¿Qué diferencias hay entre la literatura chilena y la uruguaya, entre la de Venezuela y la del Perú? Con leves matices, se advierte de norte a sur un solo espíritu”, decía el latinoamericano Manuel Ugarte.

La academia ha negado el origen hispánico de la revolución de Independencia a principio del siglo XIX, que no es sino la prolongación en tierra americana de la revolución que se daba en España, parte de nuestra Nación por entonces, contra la invasión napoleónica, para ponerle fin al yugo absolutista. Pero el retorno de Fernando VII no dejó más opción que la declaración de la Independencia, ya que la ausencia de una fuerza centrípeta como fue la burguesía industrial en Europa, y la existencia del poder centrífugo de las oligarquías nativas aliadas al interés extranjero, impidieron que la emancipación del absolutismo real conservara la unidad de los antiguos dominios hispánicos, reunidos en una sola Nación moderna. Los puertos decretaron la libertad de comercio con Gran Bretaña y suplantaron el monopolio del Rey por un colonialismo interno que ponía a los pueblos bajo la dependencia de ricos hacendados y de la burguesía importadora, y cada nueva república bajo la férula británica, fragmentando la Nación Hispano-criolla en veinte Estados indefensos ante la formidable presión del capitalismo europeo y norteamericano.

"Somos un país porque no pudimos integrar una nación y fuimos argentinos porque fracasamos en ser americanos."1

Así como la tarea a resolver para lograr la unificación, la cuestión nacional, significó para los europeos abolir las estalactitas feudales en decadencia, hoy en día para nosotros significa expulsar la intromisión foránea, verdadera causa de nuestro atraso y de las injusticias por las que pasamos.

 Divide et Impera, la fórmula romana sirve aún a quienes la emplean en nuestro tiempo.2

La expresión actual son las bases militares norteamericanas en territorio latinoamericano, utilizando como excusa el narcotráfico o el enclave inglés en nuestras Malvinas, u organismos internacionales como la OEA que no permiten la participación de Cuba, ONGs como Greenpeace, financiadas por el capital foráneo para protestar por las explotaciones argentinas en los Andes y callar ante el saqueo inglés de los recursos naturales de Malvinas. De tales bases, de sus embajadas, junto a las grandes corporaciones mediáticas y financieras, están surgiendo los golpes de Estado como los de Honduras o Paraguay, o intentos fallidos como en Venezuela o Ecuador; todos con la participación directa o indirecta de Estados Unidos. Está claro que no se trata de una abstracción, sino de la realidad misma que nos rodea.

Entonces, los reclamos por Malvinas se manifiestan no solo como una espina argentina impostergable de ser arrancada, sino como un derecho nacional, porque la Nación es América Latina y es su soberanía y sus recursos los que son apropiados por el colonialismo inglés.

Nuestra inmensa Nación, que un día midieron las espadas de San Martín y Bolívar en una epopeya de libertad y unificación, hoy en día, quizás con más fuerza que nunca en la historia, está logrando despojarse de las cadenas que la oprimen y ver a los hermanos venezolanos y colombianos, argentinos y chilenos, cubanos y bolivianos abrazarse nuevamente. Pero este buen momento ha motivado que recrudezcan los intentos para dividirnos, derribando a los presidentes que apoyan la integración y debilitando los Estados, que son el único escudo defensivo con que cuentan los pueblos para resguardarse de la presión externa y el predominio de las roscas plutocráticas locales. Son los Estados el instrumento de integración social de cada país y de integración suramericana. Pero la condición fundamental para que no sea aislado y derrotado, es que impere mejor movilización democrática posible de cada pueblo y que el Estado sea participativo y garantice la vigencia de los derechos individuales, sociales y de las libertades civiles y políticas, que componen los Derechos Humanos.

La crisis del sistema capitalista a escala mundial, como lo indica la experiencia histórica, ofrece dos caminos a la periferia: o caer arrastrados por la ola reaccionaria que se impone a nivel internacional, y tener que pagar los costos de la crisis que las potencias intentan imponernos, acelerando la transferencia de capitales hacia el centro y multiplicando la injusticia interna; o seguir el camino de la integración emancipadora, a través de la independencia cultural y económica, persiguiendo la unidad democrática suramericana y practicando la solidaridad entre pueblos y países.

Se trata de una nueva oportunidad que nos concede la Historia para cumplir con el designio trazado por los Libertadores y por el que tantos otros grandes hombres y mujeres lucharon incansables: que la Nación latinoamericana, que un día memorable venciera unida al monarca opresor, se vuelva a unir para conquistar la libertad y la justicia social que nos pertenece por decreto del destino.

1) Jorge A. Ramos, Revolución y Contrarrevolución en la Argentina, Las masas y las lanzas.
2) Jorge A. Ramos, Historia de la Nación Latinoamericana.