sábado, 21 de enero de 2012

INTRODUCCIÓN - CULTURA LIBRE




EL DIECISIETE DE septiembre de 1903, en una playa de Carolina del Norte

azotada por el viento, durante casi cien segundos, los hermanos Wright

demostraron que un vehículo autopropulsado más pesado que el aire podía

volar. Fue un momento eléctrico y su importancia quedó entendida de una forma

generalizada. Casi de inmediato, hubo una explosión de interés en esta recién

descubierta tecnología del vuelo con seres humanos, y una manada de

innovadores empezó a construir a partir de ella.

En la época en la que los hermanos Wright inventaron el aeroplano, las

leyes estadounidenses mantenían que el dueño de una propiedad presuntamente

poseía no sólo la superficie de sus tierras, sino todo lo que había por debajo

hasta el centro de la tierra y todo el espacio por encima, hasta "una extensión

indefinida hacia arriba"1. Durante muchos años, los estudiosos se habían roto la

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cabeza intentando entender la idea de que los derechos sobre tierras llegaban a

los cielos. ¿Quería eso decir que eras dueño de las estrellas? ¿Podías procesar a

los gansos por allanamiento premeditado y repetido?

Entonces llegaron los aviones y por primera vez este principio de las leyes

estadounidenses--profundamente anclada en los cimientos de nuestra tradición,

y reconocida por los pensadores legales más importantes de nuestro pasado--se

volvió algo importante. Si mis tierras llegan hasta los cielos, ¿qué pasa cuando

United Airlines sobrevuela mis campos? ¿Tengo derecho a expulsarla de mi

propiedad? ¿Tengo derecho a negociar una licencia exclusiva con Delta?

¿Podemos celebrar una subasta para decidir cuánto valen estos derechos?

En 1945, estas preguntas se convirtieron en un caso federal. Cuando

Thomas Lee y Tinie Causby, granjeros de Carolina del Norte, empezaron a

perder pollos debido a aeronaves militares que volaban bajo (los pollos aterrados

aparentemente echaban a volar contra las paredes de los cobertizos y morían),

los Causby presentaron un demanda diciendo que el gobierno estaba invadiendo

sus tierras. Los aviones, por supuesto, nunca tocaron la superficie de las tierras

de los Causby. Pero si, como Blackstone, Kent y Coke habían dicho, sus tierras

llegaban hasta "una extensión indefinida hacia arriba", entonces el gobierno

estaba cometiendo allanamiento y los Causby querían que dejara de hacerlo.

El Tribunal Supremo estuvo de acuerdo en oír el caso de los Causby. El

Congreso había declarado públicas las vías aéreas, pero si la propiedad de

alguien llegaba de verdad hasta los cielos, entonces la declaración del Congreso

podría ser vista como una "incautación" ilegal de propiedades sin compensación

a cambio. El Tribunal reconoció que "es una doctrina antigua que según la

jurisprudencia existente la propiedad se extendía hasta la periferia del universo".

Pero el juez Douglas no tenía paciencia alguna con respecto a la doctrina

antigua. En un único párrafo, cientos de años de leyes de la propiedad quedaron

borrados. Tal y como escribió para el Tribunal:



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[La] doctrina no tiene lugar alguno en el mundo moderno. El aire es una

autopista pública, como ha declarado el Congreso. Si esto no fuera cierto,

cualquier vuelo transcontinental sometería a los encargados del mismo a

innumerables demandas por allanamiento. El sentido común se rebela

ante esa idea. Reconocer semejantes reclamaciones privadas al espacio

aéreo bloquearía estas autopistas, interferiría seriamente con su control y

desarrollo en beneficio del público, y transferiría a manos privadas aquello

a lo que sólo el público tiene justamente derecho.

"El sentido común se rebela ante esa idea".

Así es como la ley funciona habitualmente. No es tan corriente que lo

haga de un modo tan abrupto o impaciente, pero al fin y al cabo es así como

funciona. El estilo de Douglas era no vacilar. Otros jueces habrían dicho bobadas

página tras página hasta llegar a la misma conclusión que Douglas expresa en

una línea: "El sentido común se rebela ante esa idea". Pero da igual que lleve

páginas o unas pocas palabras, el genio especial de un sistema de derecho

basado en la jurisprudencia, como el nuestro, es que las leyes se ajustan a las

tecnologías de su tiempo. Y conforme se ajusta, cambia. Ideas que eran sólidas

como rocas en una época se desmoronan en la siguiente.

O al menos, ésta es la manera en la que las cosas ocurren cuando no hay

nadie poderoso del otro lado, frente al cambio. Los Causby no eran más que

granjeros. Y aunque sin duda habría muchos disgustados por el creciente tráfico

aéreo (aunque uno espera que no muchos pollos se arrojasen contra las

paredes), los Causby del mundo entero hallarían muy difícil el unirse y detener la

idea, y la tecnología, a la que los hermanos Wright habían dado luz. Los

hermanos Wright escupieron las aerolíneas en la piscina memética tecnológica;

la idea después se difundió como un virus en un gallinero; granjeros como los

Causby se encontraron rodeados por "lo que parecía razonable" dada la

tecnología producida por los Wright. Podían estar de pie en sus granjas, con



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pollos muertos en las manos, y agitar los puños ante esas novedosas tecnologías

todo lo que les diera la gana. Podían llamar a sus representantes e incluso

presentar una demanda. Pero al final de todo, la fuerza de lo que le parecía

"obvio" a todos los demás--el poder del "sentido común"--prevalecería. No se

permitiría que sus "intereses privados" derrotaran lo que era obviamente una

ganancia pública.

EDWIN HOWARD ARMSTRONG es uno de los genios inventores estadounidenses

olvidados. Llegó a la gran escena de los inventores estadounidenses justo

después de los titanes Thomas Edison y Alexander Graham Bell. Pero su trabajo

en el área de la tecnología radiofónica es quizá más importante que el de

cualquier inventor individual en los primeros cincuenta años de la radio. Mejor

preparado que Michael Faraday, quien siendo aprendiz de un encuadernador

había descubierto la inducción eléctrica en 1831, pero con la misma intuición

acerca de como funcionaba el mundo de la radio. Al menos en tres ocasiones

Armstrong inventó tecnologías profundamente importantes que avanzaron

nuestra comprensión de la radio.

El día después de la Navidad de 1933 a Armstrong se le otorgaron cuatro

patentes por su invención más significativa--la radio FM. Hasta entonces, la radio

comercial había sido de amplitud modulada (AM). Los teóricos de esa época

habían dicho que una radio de frecuencia modulada jamás podría funcionar.

Tenían razón por lo que respecta a una radio FM en una banda estrecha del

espectro. Pero Armstrong descubrió que una radio de frecuencia modulada en

una banda ancha del espectro podría proporcionar una calidad de sonido

asombrosamente fiel, con mucho menos consumo del transmisor y menos

estática.

El cinco de noviembre de 1935, hizo una demostración de esta tecnología

en una reunión del Instituto de Ingenieros de Radio en el Empire State Building

en Nueva York. Sintonizó su dial a través de una gama de emisoras de AM, hasta

que la radio se quedó quieta en una emisión que había organizado a 27



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kilómetros de distancia. La radio se quedó totalmente en silencio, como si

estuviese muerta, y después, con una claridad que nadie en esa sala jamás había

oído en un dispositivo eléctrico, produjo el sonido de la voz de un locutor: "Ésta

es la emisora aficionada W2AG en Yorkers, Nueva York, operando en una

frecuencia modulada de dos metros y medio".

La audiencia estaba oyendo algo que nadie había pensado que fuera

posible:

Se vació un vaso de agua delante del micrófono en Yonkers; sonó como

vaciar un vaso de agua... Se arrugó y rasgó un papel; sonó como un papel

y no como un fuego crepitando en mitad del bosque... Se tocaron discos

de marchas de Sousa y se interpretaron un solo de piano y una pieza para

guitarra... La música se proyectó con una sensación de estar realmente en

un concierto que raras veces se había experimentado con una "caja de

música" radiofónica3.

Como nos dice nuestro sentido común, Armstrong había descubierto una

tecnología radiofónica manifiestamente superior. Pero en la época de su invento,

Armstrong trabajaba para la RCA. La RCA era el actor dominante en el mercado,

dominante entonces, de la radio AM. Para 1935, había mil estaciones de radio

por todos los EE.UU., pero las emisoras de las grandes ciudades estaban en

manos de un puñado de cadenas.

El presidente de la RCA, David Sarnoff, amigo de Armstrong, estaba

deseando que Armstrong descubriera un medio para eliminar la estática de la

radio AM. Así que Sarnoff estaba muy entusiasmado cuando Armstrong le dijo

que tenía un dispositivo que eliminaba la estática de la "radio". Pero cuando

Armstrong hizo una demostración de su invento, Sarnoff no estuvo contento.



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Pensaba que Armstrong inventaría algún tipo de filtro que eliminara la

estática de nuestra radio AM. No pensaba que empezaría una revolución--

empezaría toda una maldita industria que competiría con la RCA4.

El invento de Armstrong amenazaba el imperio AM de la RCA, así que la

compañía lanzó una campaña para ahogar la radio FM. Mientras que la FM podía

ser una tecnología superior, Sarnoff era un estratega superior. Tal y como un

autor lo describe:

Las fuerzas a favor de la FM, en su mayoría del campo de la ingeniería, no

pudieron superar el peso de la estrategia diseñada por las oficinas legales,

de ventas y de patentes para derrotar a esta amenaza a la posición de la

corporación. Porque la FM, en caso de que se le permitiera desarrollarse

sin trabas, presentaba [...] un reordenamiento completo del poder en el

campo de la radio [...] y la caída final del sistema cuidadosamente

restringido de la AM sobre la cual la RCA había cultivado su poder5.

La RCA, en un principio, dejó la tecnología en casa, insistiendo en que

hacían falta más pruebas. Cuando, después de dos años de pruebas, Armstrong

empezó a impacientarse, la RCA comenzó a usar su poder con el gobierno para

detener en general el despliegue de la FM. En 1936, la RCA contrató al anterior

presidente de la FCC y le asignó la tarea de asegurarse que la FCC asignara

espectros de manera que castrara la FM--principalmente moviendo la radio FM a

una banda del espectro diferente. En principio, estos esfuerzos fracasaron. Pero

cuando Armstrong y el país estaban distraídos con la Segunda Guerra Mundial, el

trabajo de la RCA empezó a dar sus frutos. Justo antes de que la guerra

terminara, la FCC anunció una serie de medidas que tendrían un efecto claro: la

radio FM quedaría mutilada. Tal y como Lawrence Lessig lo describe:



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La serie de golpes recibidos por la radio FM justo después de la guerra, en

una serie de decisiones manipuladas a través de la FCC por los grandes

intereses radiofónicos, fue casi increíble en lo que respecta a su fuerza y

perversidad6.

Para hacerle hueco en el espectro a la última gran apuesta de la RCA, la

televisión, los usuarios de la radio FM tuvieron que ser trasladados a una banda

del espectro totalmente nueva. También se disminuyó la potencia de las

emisoras de FM, lo que significó que la FM ya no podía usarse para transmitir

programas de un extremo a otro del país. (Este cambio fue fuertemente apoyado

por la AT&T, debido a que la pérdida de estaciones repetidoras significaría que la

estaciones de radio tendrían que comprarle cable a la AT&T para poder

conectarse). Así se ahogó la difusión de la radio FM, al menos de momento.

Armstrong ofreció resistencia a los esfuerzos de la RCA. En respuesta, la

RCA ofreció resistencia a las patentes de Armstrong. Después de incorporar la

tecnología FM al estándard emergente para la televisión, la RCA declaró las

patentes sin valor--sin base alguna, y casi quince años después de que se

otorgaran. Se negó así a pagarle derechos a Armstrong. Durante cinco años,

Armstrong peleó una cara guerra de litigios para defender las patentes.

Finalmente, justo cuando las patentes expiraban, la RCA ofreció un acuerdo con

una compensación tan baja que ni siquiera cubriría las tarifas de los abogados de

Armstrong. Derrotado, roto, y ahora en bancarrota, en 1954 Armstrong le

escribió una breve nota a su esposa y luego saltó desde la ventana de un

decimotercer piso.

Así es como la ley funciona a veces. No es corriente que lo haga de esta

manera tan trágica, y es raro que lo haga con este dramático heroísmo, pero, a

veces, así es como funciona. Desde el principio, el gobierno y las agencias

gubernamentales han corrido el peligro de que las secuestren. Es más probable

que las secuestren cuando poderosos intereses sienten la amenaza de un

cambio, ya sea legal o tecnológico. Con demasiada frecuencia, estos poderosos



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intereses emplean su influencia dentro del gobierno para que éste los proteja.

Por supuesto, la retórica de esta protección está siempre inspirada en el

beneficio público; la realidad es algo distinta, sin embargo. Ideas que eran tan

sólidas como rocas en una época pero que, sin más apoyo que sí mismas, se

desmoronarían en la siguiente, se sostienen por medio de esta sutil corrupción

de nuestro proceso político. La RCA tenía lo que no tenían los Causby: el poder

necesario para asfixiar el efecto del cambio tecnológico.

NO HAY UN único inventor de Internet. Ni hay una buena fecha para marcar su

nacimiento. Sin embargo, en un tiempo muy corto, Internet se ha convertido en

parte de la vida diaria de los EE.UU. Según el Pew Internet and American Life

Project, un 58% de los estadounidenses tenía acceso a Internet en el 2002,

subiendo así con respecto al 49% de dos años antes7. Esa cifra podría

perfectamente exceder dos tercios del país para finales del 2004.

Conforme Internet se ha integrado en la vida diaria, ha cambiado las

cosas. Algunos de esos cambios son técnicos--Internet ha hecho que las

comunicaciones sean más rápidas, ha bajado los costes de recopilar datos, etc.

Estos cambios técnicos no son el tema de este libro. Son importantes y no se los

comprende bien. Pero son el tipo de cosas que simplemente desaparecerían si

apagáramos Internet. No afectan a la gente que no usa Internet, o al menos no

la afectarían directamente. Son tema apropiado para un libro sobre Internet,

pero este libro no es sobre Internet.

Por contra, este libro es sobre un efecto que Internet tiene más allá de la

propia Internet: el efecto que tiene sobre la forma en la que la cultura se

produce. Mi tesis es que Internet ha inducido un importante y aún no reconocido

cambio en ese proceso. Ese cambio transformará radicalmente una tradición que

es tan vieja como nuestra república. La mayoría, si reconociera este cambio, lo

rechazaría. Sin embargo, la mayoría ni siquiera ve el cambio que ha introducido

Internet.



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Podemos vislumbrar algo de este cambio si distinguimos entre cultura

comercial y no comercial, y dibujamos un mapa de la forma en la que las leyes

regulan cada una de ellas. Con "cultura comercial" me refiero a esa parte de

nuestra cultura que se produce y se vende, o que se produce para ser vendida.

Con "cultura no comercial" me refiero a todo lo demás. Cuando los ancianos se

sentaban en los parques o en las esquinas de las calles y contaban historias que

los niños y otra gente consumían, eso era cultura no comercial. Cuando Noah

Webster publicaba su "Antología de artículos", o Joel Barlow sus poemas, eso era

cultura comercial.

Al principio de nuestra historia, y durante casi toda la historia de nuestra

tradición, la cultura no comercial básicamente no estaba sometida a regulación.

Por supuesto, si tus historias eran obscenas o si tus canciones hacían demasiado

ruido, las leyes podían intervenir. Pero las leyes nunca se preocupaban

directamente de la creación o la difusión de esta forma de cultura, y dejaban que

esta cultura fuera "libre". Las formas corrientes en las que individuos normales

compartían y transformaban su cultura--contando historias, recreando escenas

de obras de teatro o de la televisión, participando en clubs de fans,

compartiendo música, grabando cintas--, las leyes dejaban tranquilas a todas

estas actividades.

Las leyes se centraban en la creatividad comercial. Al principio de un

modo leve, después de una manera bastante extensa, las leyes protegían los

incentivos a los creadores al concederles derechos exclusivos sobre sus obras de

creación, de manera que pudieran vender esos derechos exclusivos en el

mercado8. Esto es también, por supuesto, una parte importante de la creatividad

y la cultura y se ha convertido cada vez más en una parte importante de los

EE.UU. Pero en modo alguno era lo dominante en nuestra tradición. Era, por

contra, una parte tan sólo, una parte controlada, equilibrada por la parte libre.

Ahora se ha borrado esta división general entre lo libre y lo controlado9.

Internet ha preparado dicha desaparición de límites y, presionadas por los

grandes medios, las leyes ahora la han llevado a cabo. Por primera vez en



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nuestra tradición, las formas habituales en las cuales los individuos crean y

comparten la cultura caen dentro del ámbito de acción de las regulaciones

impuestas por las leyes, las cuales se han expandido para poner bajo su control

una enorme cantidad de cultura y creatividad a la que nunca antes había

llegado. La tecnología que preservaba el equilibrio de nuestra historia--entre los

usos de nuestra cultura que eran libres y aquellos que tenían lugar solamente

tras recibir permiso--ha sido destruida. La consecuencia es que cada vez más

somos menos una cultura libre y más una cultura del permiso.

Se justifica la necesidad de este cambio diciendo que es preciso para

proteger la creatividad comercial. Y, de hecho, el proteccionismo es el motivo

que tiene detrás. Pero el proteccionismo que justifica los cambios que describiré

más adelante no es del tipo limitado y equilibrado que habían definido las leyes

en el pasado. Esto no es proteccionismo para proteger a los artistas. Es, por

contra, proteccionismo para proteger ciertas formas de negocio. Corporaciones

amenazadas por el potencial de Internet para cambiar la forma en la que se

produce y comparte la cultura tanto comercial como no comercial se han unido

para inducir que los legisladores usen las leyes para protegerlos. Es la historia de

la RCA y Armstrong; es el sueño de los Causby.

Porque Internet ha desencadenado una extraordinaria posibilidad de que

muchos participen en este proceso de construir y cultivar una cultura que llega

mucho más allá de los límites locales. Ese poder ha cambiado el mercado para

las formas en las que se construye y se cultiva la cultura en general, y ese

cambio a su vez amenaza a las industrias de contenidos asentadas en su poder.

Por tanto, Internet es para estas industrias que construían y distribuían

contenidos en el s. XX lo que la radio FM fue para la radio AM, o lo que el camión

fue para la industria del ferrocarril en el s. XIX: el principio del fin, o al menos

una fundamental transformación. Las tecnologías digitales, ligadas a Internet,

podrían producir un mercado para la construcción y el cultivo de la cultura

inmensamente más competitivo y vibrante; ese mercado podría incluir una gama

mucho más amplia y diversa de creatividad; y, dependiendo de unos pocos



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factores importantes, esos creadores podrían ganar de media más de lo que

ganan con el sistema que tienen hoy--todo esto en tanto en cuanto las RCAs de

hoy día no usen las leyes para protegerse contra esta competencia.

Sin embargo, como defiendo en las páginas que siguen, esto es

precisamente lo que está ocurriendo hoy día en nuestra cultura. Estos modernos

equivalentes de la radio de principios del s. XX o de los ferrocarriles del s. XIX

están usando su poder para conseguir que las leyes los protejan contra esta

nueva tecnología que es más vibrante y eficiente para construir cultura que la

antigua. Están triunfando por lo que respecta a su plan para reconfigurar

Internet antes de que Internet los reconfigure a ellos.

A muchos no les parece que esto sea así. Las batallas sobre el copyright e

Internet le parecen remotas a la mayoría. A los pocos que las siguen, les parecen

principalmente acerca de una serie mucho más sencilla de cuestiones--sobre si

se permitirá la "piratería" o no, sobre si se protegerá la "propiedad" o no. La

"guerra" que se ha librado contra las tecnologías de Internet--lo que el

presidente de la Asociación Estadounidense de Cine (MPAA en inglés), Jack

Valenti, ha llamado su "propia guerra contra el terrorismo"10--ha sido presentada

como una batalla sobre el imperio de la ley y el respeto a la propiedad. Para

saber de qué bando ponerse en esta guerra, la mayoría piensa que basta

solamente con decidir si estamos a favor o en contra de la propiedad.

Si éstas fueran de verdad las opciones, entonces yo estaría con Jack

Valenti y la industria de contenidos. Yo también creo en la propiedad, y

especialmente en la importancia de lo que Valenti llama "la propiedad creativa".

Creo que la "piratería" está mal, y que las leyes, bien afinadas, deberían castigar

la "piratería", se produzca fuera o dentro de Internet.

Pero estas sencillas creencias enmascaran en realidad una cuestión mucho

más fundamental y un cambio mucho más drástico. Lo que yo temo es que a

menos que lleguemos a ver este cambio, la guerra para librar Internet de

"piratas" también librará a nuestra cultura de valores que han sido claves en

nuestra tradición desde el principio.



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Estos valores construyeron una tradición que, durante al menos los

primeros 180 años de nuestra república, les garantizó a los creadores el derecho

a construir libremente a partir de su pasado, y protegió a los creadores y los

innovadores tanto del estado como del control privado. La Primera Enmienda

protegía a los creadores contra el control del estado. Y como el Profesor Neil

Netanel argumenta convincentemente11, la ley del copyright, con los contrapesos

adecuados, protegía a los creadores contra el control privado. Nuestra tradición

no era ni soviética ni la tradición de los mecenas de las artes. Por contra, excavó

un amplio espacio dentro del cual los creadores podían cultivar y extender

nuestra cultura.

Sin embargo, la respuesta de las leyes a Internet, cuando van ligadas de

los cambios en la misma tecnología de Internet, han incrementado masivamente

la regulación efectiva de la creatividad en los EE.UU. Para criticar o construir a

partir de la cultura que nos rodea, antes uno tiene que pedir permiso como si

fuera Oliver Twist. Este permiso, por supuesto, se concede a menudo--pero no

se concede a menudo a los que son críticos o independientes. Hemos construido

una especie de aristocracia cultural; aquellos dentro de la clase nobiliaria viven

una vida cómoda; los que están fuera, no. Pero la aristocracia de cualquier tipo

es algo ajeno a nuestra tradición.

La historia que sigue trata de esta guerra. No trata de la "centralidad de la

tecnología" en la vida diaria. No creo en dios alguno, ya sea digital o de cualquier

otro tipo. La historia que sigue no supone tampoco un esfuerzo para demonizar a

ningún individuo o grupo, porque no creo en el demonio, ya sea corporativo o de

cualquier otro tipo. Esto no es un auto de fe, ni una fábula con moraleja, ni llamo

tampoco a la guerra santa contra ninguna industria.

Supone, por contra, un esfuerzo para comprender una guerra

desesperadamente destructiva inspirada por las tecnologías de Internet pero con

un alcance que va más allá de su código. Y al entender esta batalla, este libro

supone un esfuerzo para diseñar la paz. No hay ni una buena razón para que

continúe la lucha actual en torno a las tecnologías de Internet. Se le hará gran



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daño a nuestra tradición y a nuestra cultura si se permite que siga sin control.

Debemos llegar a comprender el origen de esta guerra. Debemos resolverla

pronto.

IGUAL QUE CON la batalla de los Causby, esta guerra va, en parte, de la

"propiedad". La propiedad en esta guerra no es tan tangible como la de la guerra

de los Causby, y todavía no ha muerto ningún pollo inocente. Sin embargo, las

ideas que hay en torno a esta "propiedad" le resultan tan obvias a mucha gente

como les parecía a los Causby las afirmaciones sobre la santidad de su granja.

Nosotros somos los Causby. La mayoría de nosotros damos por sentado las

reclamaciones extraordinariamente poderosas que ahora llevan a cabo los

dueños de la "propiedad intelectual". La mayoría de nosotros, como los Causby,

trata esas exigencias como si fuesen obvias. Y por tanto, como los Causby,

estamos en contra cuando una nueva tecnología interfiere con esta propiedad.

Nos resulta tan claro como lo era para ellos el que las nuevas tecnologías de

Internet están "invadiendo" los derechos legítimos de su "propiedad". Nos resulta

tan claro a nosotros como a ellos que las leyes deben intervenir para detener

este allanamiento.

Y por tanto, cuando los geeks y los tecnólogos defienden a su Armstrong

o a sus hermanos Wright, la mayoría de nosotros simplemente no estamos de su

parte ni los comprendemos. El sentido común no se rebela. A diferencia que en

el caso de los pobres Causby, en esta guerra el sentido común está del lado de

los propietarios. A diferencia de lo ocurrido con los afortunados hermanos

Wright, Internet no ha inspirado una revolución de su parte.

La esperanza que yo tengo es agilizar este sentido común. Cada vez me

he ido asombrando más ante el poder que tiene esta idea de la propiedad

intelectual y, de un modo más importante, del poder que tiene para desactivar

un pensamiento crítico por parte de los legisladores y los ciudadanos. En toda

nuestra historia nunca ha habido un momento como hoy en que una parte tan

grande de nuestra "cultura" fuera "posesión" de alguien. Y sin embargo jamás ha



Cultura libre 25

habido un momento en el que la concentración de poder para controlar los usos

de la cultura se haya aceptado con menos preguntas que como ocurre hoy día.

La pregunta, difícil, es: ¿por qué?

¿Es porque hemos llegado a comprender la verdad sobre el valor y la

importancia de la propiedad absoluta sobre las ideas y la cultura? ¿Es porque

hemos descubierto que nuestra tradición de rechazo a tales reclamaciones

absolutas estaba equivocada?

¿O es porque la idea de propiedad absoluta sobre las ideas y la cultura

beneficia a las RCAs de nuestro tiempo y se ajusta a nuestras intuiciones más

espontáneas?

¿Es este cambio radical que nos aleja de nuestra tradición de cultura libre

una instancia en la que los EE.UU. corrigen un error de su pasado, tal y como

hicimos tras una sangrienta guerra contra la esclavitud, y estamos haciendo poco

a poco con las desigualdades? ¿O es este cambio radical un ejemplo más de un

sistema político secuestrado por unos pocos y poderosos intereses privados?

¿El sentido común lleva a los extremos en esta cuestión debido a que el

sentido común cree de verdad en estos extremos? ¿O está el sentido común

callado ante estos extremos porque, como con Armstrong contra la RCA, el

bando más poderoso se ha asegurado de tener la opinión más convincente?

No pretendo hacerme el misterioso. Mis propias opiniones están ya claras.

Creo que fue bueno que el sentido común se rebelara contra el extremismo de

los Causby. Creo que estaría bien que el sentido común volviera a rebelarse

contra las afirmaciones extremas hechas hoy día de parte de la "propiedad

intelectual". Lo que las leyes exigen hoy se acercan cada vez más a la estupidez

de un sheriff que arrestara a un avión por allanamiento. Pero las consecuencias

de esta estupidez serán mucho más profundas.

- - -



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LA LUCHA QUE se libra ahora mismo se centra en dos ideas: "piratería" y

"propiedad". El objetivo de las próximas dos partes de este libro es explorar

estas dos ideas.

El método que sigo no es el habitual en un profesor universitario. No

quiero sumergirte en un argumento complejo, reforzado por referencias a

oscuros teóricos franceses--por muy natural que eso se haya vuelto para la clase

de bichos raros en la que nos hemos convertido. En cada parte, más bien,

comienzo con una colección de historias que dibujan el contexto dentro del cual

se puedan comprender mejor estas ideas aparentemente sencillas.

Estas dos secciones establecen la tesis central de este libro: que mientras

que Internet ha producido realmente algo fantástico y nuevo, nuestro gobierno,

presionado por los grandes medios audiovisuales para que responda a esta "cosa

nueva", está destruyendo algo muy antiguo. En lugar de comprender los cambios

que Internet permitiría, y en lugar de dar tiempo para que el "sentido común"

decida cuál es la mejor forma de responder a ellos, estamos dejando que

aquellos más amenazados por los cambios usen su poder para cambiar las

leyes—y, de un modo más importante, usen su poder para cambiar algo

fundamental acerca de lo que siempre hemos sido.

Esto lo permitimos, creo, no porque esté bien, ni porque la mayoría de

nosotros creamos en estos cambios legales. Lo permitimos porque los intereses

más amenazados se hallan entre los actores más importantes en nuestro proceso

de promulgar leyes, tan deprimentemente lleno de compromisos. Este libro es la

historia de una consecuencia más de esta forma de corrupción--una

consecuencia que para la mayoría de nosotros está sumida en el olvido.



(Cont.)