sábado, 21 de enero de 2012

CULTURA LIBRE





CÓMO LOS GRANDES MEDIOS USAN LA TECNOLOGÍA Y LAS LEYES PARA


ENCERRAR LA CULTURA Y CONTROLAR LA CREATIVIDAD


LAWRENCE LESSIG


TRADUCCIÓN: ANTONIO CÓRDOBA / ELÁSTICO



“PIRATERÍA”

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DESDE EL PRINCIPIO de las leyes que regulan la propiedad creativa, ha habido

una guerra contra la "piratería". Los contornos precisos de este concepto,

"piratería", son difíciles de esbozar, pero la injusticia que lo anima es fácil de

entender. Como Lord Mansfield escribió en un caso que extendía el alcance de la

ley inglesa de copyright para incluir las partituras:

Una persona puede usar la copia tocándola, pero no tiene ningún derecho

a robarle al autor los beneficios multiplicando las copias y disponiendo de

ellas para su propio uso1.

Hoy día estamos en medio de otra "guerra" en torno a la "piratería".

Internet ha causado esta guerra. Internet posibilita la difusión eficiente de

contenidos. El intercambio de ficheros entre iguales (p2p) es una de las

tecnologías más eficaces de todas las tecnologías eficaces que Internet permite.

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Usando inteligencia distribuida, los sistemas p2p facilitan la difusión fácil de

contenidos de una forma que nadie habría imaginado hace una generación.

Esta eficiencia no respeta las líneas tradicionales del copyright. La red no

discrimina entre el intercambio de contenidos con copyright y sin él. Por tanto se

ha compartido una inmensa cantidad de contenidos con copyright. Ese

intercambio a su vez ha animado la guerra, dado que los dueños de copyright

temen que el intercambio "le robará al autor los beneficios".

Los guerreros han recurrido a los tribunales, a los legisladores y de un

modo creciente a la tecnología para defender su "propiedad" contra esta

"piratería". Una generación de estadounidenses, avisan los guerreros, se está

criando de manera que crea que la "propiedad" debe ser "gratis". Olvídate de los

tatuajes, olvídate de los piercings--¡nuestros chavales están convirtiéndose en

ladrones!

No hay duda que la "piratería" está mal, y que los piratas deberían ser

castigados. Pero antes de llamar a los verdugos, deberíamos poner en contexto

esta noción de "piratería". Porque conforme se usa cada vez más este concepto,

tiene en su mismo centro una idea extraordinaria que, con casi completa

seguridad, es un error.

La idea es una cosa así:

El trabajo creativo tiene un valor; cada vez que use, o tome, o me base en

el trabajo creativo de otros, estoy tomando de ellos algo con un valor.

Cada vez que tomo de alguien algo con un valor, debería tener su

permiso. Tomar de alguien algo con un valor sin su permiso está mal. Es

una forma de piratería.

Esta opinión está profundamente incrustada en los debates de hoy. Es lo

que el profesor de derecho de la NYU Rochelle Dreyfuss critica como la teoría de

la propiedad creativa del "si hay valor, hay derecho"--es decir, si hay un valor,

entonces alguien debe tener un derecho sobre ese valor. Es el punto de vista

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que llevó a una organización de derechos de autor, la ASCAP, a demandar a las

Girl Scouts por no pagar por las canciones que cantaban en sus fuegos de

campamento. Si había "valor" (las canciones) entonces debía haber un

"derecho"--incluso contra las Girl Scouts.

La idea es ciertamente una forma posible de comprender cómo debería

funcionar la propiedad creativa. Podría también ser un posible diseño para las

leyes que defiendan la propiedad creativa. Pero la teoría de "si hay valor, hay

derecho" nunca ha sido la teoría de la propiedad creativa de los EE.UU. Nunca ha

llegado a echar raíces en nuestras leyes.

En nuestra tradición, por contra, la propiedad intelectual es un

instrumento. Crea la base para una sociedad ricamente creativa pero se queda

en una posición subordinada con respeto al valor de la creatividad. El debate

actual ha puesto esto del revés. Hemos llegado a preocuparnos tanto con

proteger el instrumento que hemos perdido de vista el valor que promovía.

El origen de esta confusión es la distinción que las leyes ya no se cuidan

de hacer--la distinción entre volver a publicar la obra de alguien, por una parte, y

transformar o basarse en esa obra, por otra. Cuando nacieron, las leyes del

copyright sólo se preocupaban de que alguien publicara algo; hoy día, las leyes

del copyright se ocupan de ambas actividades.

Antes de las tecnologías de Internet, esta instancia de mezclarlo todo no

importaba mucho. Las tecnologías de publicación eran caras; eso significaba que

la mayoría de las publicaciones eran comerciales. Las entidades comerciales

podían soportar el peso de la ley--incluso si ese peso era la complejidad bizantina

en que se habían convertido las leyes del copyright. Era simplemente un gasto

más de estar en el negocio.

Pero con el nacimiento de Internet, este límite natural al alcance de la ley

ha desaparecido. La ley controla no solamente la creatividad de creadores

comerciales, sino de hecho la de todos. Aunque esa expansión no importaría

tanto si las leyes del copyright solamente regularan el "copiar" de la forma tan

amplia y oscura en la que lo hacen, la extensión importa mucho. El peso de esta

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ley ahora supera inmensamente cualquier beneficio original--ciertamente cuando

afecta a la creatividad no comercial, y de un modo creciente cuando afecta

también a la creatividad comercial. De manera que, como veremos mejor en los

capítulos que siguen, el papel de la ley es cada vez menos apoyar a la

creatividad y cada vez más proteger a ciertas industrias contra la competencia.

Justo en el momento en el que la tecnología digital podría desatar una

extraordinaria gama de creatividad comercial y no comercial, las leyes le

imponen a esta creatividad la carga de reglas irracionalmente complejas y vagas

y la amenaza de penas obscenamente severas. Bien podemos estar viendo,

como escribe Richard Florida, "la Emergencia de la Clase Creativa"4. Por

desgracia, estamos también viendo la extraordinaria emergencia de regulación

de esta clase creativa.

Estas cargas no tienen sentido en nuestra tradición. Deberíamos empezar

por comprender esta tradición un poco mejor y por poner en el contexto

apropiado las batallas actuales en torno a un comportamiento al que llaman

"piratería".

Esta versión digital de Free Culture ha sido licenciada por Lawrence Lessig con

una licencia de Creative Commons. Esta licencia permite los usos no comerciales

de esta obra en tanto en cuanto se atribuya la autoría original.

Esta versión digital de Cultura libre, traducción de Free Culture, de Lawrence

Lessig, ha sido licenciada por Antonio Córdoba / Elástico con una licencia de

Creative Commons. Esta licencia permite los usos no comerciales de esta

traducción en tanto en cuanto se atribuya la autoría de la traducción.

Para más información sobre ambas licencias, visítese:

http://www.creativecommons.org/licenses/by-nc/1.0/





PREFACIO

AL FINAL DE su reseña de mi primer libro, Código: Y otras leyes del ciberespacio,

David Pogue, brillante escritor y autor de innumerables textos técnicos y

relacionados con la informática, escribió:

A diferencia de las leyes reales, el software de Internet no puede castigar.

No afecta a la gente que no está conectada (y solamente lo está una

minúscula minoría de la población mundial). Y si no te gusta el sistema de

Internet, siempre puedes apagar el módem.1

Pogue era escéptico por lo que respecta al argumento central del libro--

que el software, o "código", funcionaba como un tipo de ley--y su reseña sugería

el pensamiento feliz de que si la vida en el ciberespacio se echaba a perder,

siempre podíamos, "pim, pam, pum”, pulsar un interruptor y volver a casa.

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Apaga el módem, desenchufa el ordenador y cualquier problema que exista en

ese espacio no nos "afectará" ya nunca más.

Puede que Pogue tuviera razón en 1999--soy escéptico, pero quizás sí.

Pero incluso si tenía razón entonces, hoy no la tiene: Cultura librea es sobre los

problemas que Internet causa incluso después de haber apagado el módem. Es

una discusión sobre cómo las batallas que se luchan hoy en relación a la vida en

Internet afectan a "la gente que no está conectada" de un modo crucial. No hay

interruptor que pueda aislarnos del efecto de Internet.

Pero a diferencia de Código, la discusión aquí no es sobre Internet en sí

misma. Trata, más bien, de las consecuencias que Internet ha tenido en una

parte de nuestra tradición que es mucho más fundamental y, por difícil que sea

admitir esto por parte de un aspirante a geek, mucho más importante.

Esa tradición es la manera en la que se construye nuestra cultura. Tal y

como explico en las páginas que siguen, venimos de una tradición de "cultura

libre"--no necesariamente "gratuita" en el sentido de "barra libre" (por tomar una

frase del fundador del movimiento del software libre2), sino "libre" en el sentido

de "libertad de expresión", "mercado libre", "libre comercio", "libre empresa",

"libre albedrío" y "elecciones libres". Una cultura libre apoya y protege a

creadores e innovadores. Esto lo hace directamente concediendo derechos de

propiedad intelectual. Pero lo hace también indirectamente limitando el alcance

de estos derechos, para garantizar que los creadores e innovadores que vengan

más tarde sean tan libres como sea posible del control del pasado. Una cultura

libre no es una cultura sin propiedad, del mismo modo que el libre mercado no

es un mercado en el que todo es libre y gratuito. Lo opuesto a una cultura libre

es una "cultura del permiso"--una cultura en la cual los creadores logran crear

solamente con el permiso de los poderosos, o de los creadores del pasado.

a Free Culture debería traducirse en realidad con un título bimembre: Cultura libre /

Liberen la cultura, lo cual alude tanto a la descripción y el análisis que hace Lessig como

a la llamada a la acción que supone este libro (Nota del traductor: todas las notas a pie

de página son mías, mientras que las del propio Lessig se hallan al final de este libro).

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Si comprendemos este cambio, creo que podemos resistir contra él. No

"nosotros" en la izquierda o "ustedes" en la derecha, sino nosotros que no

tenemos ningún interés personal en las industrias específicas de la cultura que

definen el siglo XX. Ya estés en la izquierda o en la derecha, si careces de

intereses en este sentido te va a preocupar la historia que aquí cuento. Porque

los cambios que describo afectan a valores que ambos bandos de nuestra cultura

política consideran fundamentales.

Vislumbramos este sentimiento de escándalo bipartidista a principios del

verano del 2003. Mientras que la Comisión Federal de Telecomunicaciones (FCC

en inglés) sopesaba cambios en las reglas de propiedad de los medios que

relajarían los límites de la concentración de medios, una extraordinaria coalición

generó más de 700.000 cartas a la FCC oponiéndose a los cambios. Mientras

William Safire se describía a sí mismo marchando "incómodo al lado de las

Mujeres CódigoRosa para la Paz y la Asociación Americana del Rifle, entre la

progresista Olympia Stowe y el conservador Ted Stevens", formuló quizás de la

manera más simple lo que estaba en juego: la concentración de poder. Y

entonces se preguntó:

¿Esto te suena poco conservador? A mí no. La concentración de poder--

político, corporativo, mediático, cultural--debería ser un anatema para los

conservadores. La difusión de poder a través del control local, animando

así la participación individual, es la esencia del federalismo y la expresión

más grande de la democracia3.

La idea es un elemento del argumento de Cultura libre, aunque mi

enfoque no es solamente la concentración de poder producida por las

concentraciones de la propiedad, sino que, de un modo más importante, aunque

sea debido a que es algo menos visible, centro mi discusión en la concentración

de poder producida por un cambio radical en el campo efectivo de acción de las

leyes. Las leyes están cambiando; ese cambio está alterando la forma en la que

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se construye nuestra cultura; ese cambio debería preocuparte--da igual si

Internet te preocupa o no, da igual si estás a la izquierda o la derecha de Safire.

LA INSPIRACIÓN PARA el título y para gran parte de la argumentación de este

libro proviene de la obra de Richard Stallman y la Fundación del Software Libre.

De hecho, mientras releo la propia obra de Stallman, especialmente los ensayos

en Software libre, sociedad libre, me doy cuenta de que todas las intuiciones

teóricas que desarrollo aquí son ideas que Stallman describió hace décadas. Se

podría muy bien defender que esta obra es "meramente" derivada.

Acepto esa crítica, si de verdad es una crítica. El trabajo de un abogado

siempre es derivado del de alguien, y en este libro no pretendo hacer más que

recordarle a una cultura una tradición que siempre ha sido suya. Como Stallman,

defiendo que la tradición es la base de los valores. Como Stallman, creo que

estos valores son los valores de la libertad. Y como Stallman, creo que estos

valores de nuestro pasado necesitarán ser defendidos en nuestro futuro. Nuestro

pasado ha sido una cultura libre, pero solamente lo será en nuestro futuro si

cambiamos el rumbo en el que vamos.

Como con los argumentos de Stallman para el software libre, una

discusión a favor de una cultura libre tropieza con una confusión que es difícil de

evitar y aún más difícil de entender. Una cultura libre no es una cultura sin

propiedad; no es una cultura en la que no se paga a los artistas. Una cultura sin

propiedad, o en la que no se paga a los artistas, es la anarquía, no la libertad. La

anarquía no es lo que aquí propongo.

Por contra, la cultura libre que defiendo en este libro es un equilibrio entre

la anarquía y el control. Una cultura libre, como un mercado libre, está llena de

propiedad. Está llena de reglas para la propiedad y los contratos, y el estado se

asegura de que se apliquen. Pero de la misma manera que un mercado libre

queda pervertido si su propiedad se convierte en algo feudal, una cultura libre

puede verse también desvirtuada por el extremismo en los derechos de la

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propiedad que la definen. Esto es lo que hoy día temo que ocurre en nuestra

cultura. Para combatir este extremismo he escrito este libro.



(Cont.)…..