viernes, 3 de febrero de 2012

“El pueblo debe mandar"



El británico David Cameron y la alemana Angela Merkel fueron al devaluado Foro Económico de Davos a tranquilizar a los ejecutivos de las grandes corporaciones. Europa será inflexible en la austeridad. Es decir, sus gobiernos no crearán empleos públicos pero congelarán los salarios de quienes trabajan en lo que, otrora, fueron Estados de bienestar. Además, aunque no lo explicitaron, los empresarios quedaron tranquilos con que no elevarán los impuestos a sus extraordinarias rentas. Sin embargo, cuando le tocó el turno al presidente de la gran multinacional Unilever, Paul Polman, advirtió que “se acabó la era de los alimentos baratos”. Esto es, al ajuste se le agregará la inflación en bienes básicos. A la cita suiza concurrieron algunos mandatarios latinoamericanos de derecha, el mexicano Felipe Calderón y el chileno Sebastián Piñera. Ninguno de los dos pudo exhibir logros de su fidelidad al neoliberalismo y el librecambismo, sino más bien lo contrario. Pasó inadvertida la presencia del peruano Ollanta Humala cuyo discurso cambia como la rosa de los vientos.

Lo que sí cayó como un balde de agua fría para los organizadores fue la ausencia de la brasileña Dilma Rousseff. Sobre todo porque decidió asistir al Foro de Porto Alegre, el único espacio anti-Davos que durante los primeros años de este milenio tuvo peso significativo, tanto por la participación de organizaciones sociales globalifóbicas como por la capacidad de plantear los debates estratégicos que muchos gobiernos populares desdeñan.

El enojo con Dilma, entre otros, lo transmitió El País de Madrid: “La ex guerrillera, convertida a demócrata, se encontrará mejor entre los movimientos sociales progresistas de Porto Alegre, que de alguna manera le recordarán sus luchas juveniles a favor de un mundo alternativo, capaz de soñar la utopía de un mundo mejor”.

Los multimillonarios no pueden entender cómo la presidenta de la sexta potencia económica le da oxígeno a un foro que se centró en el cambio climático desde la perspectiva de los pobres y despotricó contra la minería a cielo abierto, la sojización hecha a medida de Monsanto y alertó sobre las ambiciones de las potencias en controlar los recursos primarios, sea litio, oro, petróleo, agua o pulmones verdes. En un microestadio, el jueves pasado Dilma recordó una canción que sonaba en la llamada Revolución de los Claveles, cuando los portugueses terminaban con los restos de la dictadura comenzada por Oliveira Salazar en 1932. La canción (Grândola, vila morena) sonaba en las radios como señal para que comenzara la insurgencia. La elección no podía ser mejor, ya que la primera estrofa decía: Grândola, vila morena/Terra da fraternidade/O povo é quem mais ordena… “El pueblo es el que manda”, dijo Dilma en Porto Alegre, casi cuatro décadas después y podría ser interpretado como una señal de hacia dónde va. La gran paradoja es que en 1974 Brasil también vivía una dictadura y hoy, ese país que durante siglos fue colonia portuguesa hoy es la única potencia gobernada por la izquierda. Portugal, en cambio, es hoy una colonia del FMI.

Dilma fue a Porto Alegre como en junio irá a Río de Janeiro a encabezar la cumbre de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente llamada Río+20, nada menos que dos décadas después de otra cumbre llevada en la cidade maravillosa.

Dilma bregó por “un nuevo modelo de desarrollo” y pidió una renovación de las ideas “ante los días difíciles que vive la humanidad”. Lo que estará “en debate en la Río+20 es un modelo de desarrollo que articule crecimiento y generación de empleo, capaz de combatir la pobreza y reducir las desigualdades”. Tildó de “nefastas” las medidas y programas de los países europeos. “El desempleo y la desigualdad social –dijo– son particularmente crueles cuando se trata de naciones ricas que conquistaron derechos.”

Dilma puertas adentro. Siempre surge la comparación entre Brasil y Argentina. No pocos dicen que a Brasil en tiempos de Getulio Vargas le faltó una horneada para parecerse a la fortísima experiencia del primer peronismo. Tampoco faltan quienes critican la declinación en los debates políticos dentro del peronismo en contraste con la fuerza teórica que tienen los dirigentes del Partido dos Trabalhadores. Ambas miradas pueden ayudar a poner en la superficie con más rigor los temas de fondo. Si el pueblo es el que manda, como dice Dilma, no sólo tiene que construir poder, sino también gobernanza, un término que se escuchó estos días en Porto Alegre. Algo que tiene que ver con la eficacia y la legitimidad de los mecanismos de administración del poder. Algo que tiene que ver con las relaciones de fuerzas entre los poderes económicos y las ideas hegemónicas neoliberales y las nuevas corrientes y bloques de alianzas sociales y políticas que resistieron y hasta conquistaron espacios vitales de contrapoder. Algo que, tanto en Brasil como en la Argentina no es una realidad de laboratorio, sino una serie de hitos históricos desde 2003 hasta ahora.

El gobierno del PT promueve políticas sociales pero también convive con la realidad de los grandes grupos empresariales que, entre otras cosas, penetraron con mucho poder económico en la Argentina. No todas son rosas entre Dilma y los empresarios brasileros. La Federación Industrial del Estado de San Pablo (Fiesp), cuyos asociados representan la tercera parte del PBI nacional, a mediados de diciembre lanzó una serie de andanadas contra la presidenta. Desde criticar la valorización del real porque permitió una inundación de importaciones hasta la elevación de impuestos a las empresas. Por eso, hay que tomar con pinzas el “pedido de reunión” del presidente de la Fiesp, Paulo Skaf, a la presidenta argentina, supuestamente para hablar de temas binacionales. Skaf y la prensa paulista se asustan cuando Dilma les sube los impuestos y también cuando recuerda que es el pueblo el que debe mandar

Eduardo Anguita

eanguita@miradasalsur.com