domingo, 5 de marzo de 2017

El Gran Dios Trump y la clase obrera blanca

 La guerra política y social, ahora inevitable en los EEUU, puede forjar el carácter del resto del siglo
[Lo que sigue es un avance de la próxima revista Catalyst: a Journal of Theory and Strategy, editada por Robert Brenner y Vivek Chibber, que saldrá publicada esta primavera por Jacobin. Este ensayo aparecerá en su primer número]
La Historia ha sido hackeada. Las “imposibles” victorias de Trump en junio y noviembre, junto con el asombroso desafío de la campaña de primarias de Sanders, han demolido gran parte del sentido común de las élites políticas y han destruido las dos dinastías, los Clinton y los Bushes, que han dominado la política nacional durante treinta años. Desde el Watergate no ha habido otro momento de incertidumbre y desorden potencial infectando cada institución, red o relación política, incluyendo el entorno del propio Trump.
Lo que era inimaginable unos pocos meses antes, ahora ha llegado a pasar: la extrema derecha tiene un pie dentro de la Casa Blanca, un odiado maníaco aconseja sobre seguridad nacional, un racista blanco controla la maquinaria del Departamento de Justicia, la industria del carbón gobierna el Departamento de Comercio, y un ricachón pro educación-en-casa está a cargo de la política nacional en educación. Oscuros billionarios como DeVoses y Mercers que han pasado años transformando Michigan y Texas en laboratorios de las políticas de derechas ahora cobran su apoyo por el presidente electo en el tipo de influencia nacional que una vez disfrutaron los Rockerfellers y los Harrimans. El carbono ha ganado la batalla del Antropoceno y el caso Roe contra Wade se ha puesto en la tabla del carnicero. Lejos de unas elecciones en las que se suponía se iba a registrar la creciente influencia de mujeres, millenials, activistas en contra del cambio climático  y gente de color, una extrema derecha geriátrica ha arrebatado el poder político en una escala aterradora.
La victoria de Trump, por supuesto, puede resultar ser la danza fantasma de una cultura blanca agonizante, rápidamente seguida por un retorno a la normalidad globalista y obamiana o, por el contrario, nos estaríamos adentrando en la zona crepuscular de un fascismo de cosecha propia. Los parámetros de los próximos cuatro años son enormemente desconocidos. Mucho depende de si los Republicanos tienen éxito incorporando a los viejos estados industriales del Medio Oeste superior en su imperio de los estados planos y meridionales ya sólidamente rojos. En ese caso, sus ventajas electorales estructurales, como subrayó recientemente el National Review, superarían el voto popular por una década más.
Pero cualquiera que sea el escenario, el problema de máxima importancia inmediata para la izquerda es si la coalición de Sanders, incluyendo los sindicatos progresistas que le respaldaron, pueden permanecer viva como un movimiento independiente superando las divisiones culturales y raciales entre la gente trabajadora americana. Una extraordinaria reestructuración del campo político, los cuadros y el patronazgo están teniendo lugar en una atmósfera de caos e incertidumbre, pero necesitamos entender más claramente si 2016 refleja, o anticipa necesariamente, un realineamiento fundamental de las fuerzas sociales.
Breaking Bad
Estas no van a ser unas elecciones sobre la amabilidad
- Donald Trump
El relato mainstream, aceptado por gran parte de la derecha y la izquierda, es que Trump cabalgó una ola de resentimiento de clase trabajadora blanca, movilizando a los abstencionistas tradicionales así como a los trabajadores de cuello azul alienados (Republicanos y Demócratas), algunos de los cuales fueron también seducidos por Sanders. Los analistas políticos, así como Trump mismo, enfatizaron las afinidades de la campaña con los movimientos nacionalistas de derechas en Europa que de igual forma dicen combatir la globalización en nombre de los trabajadores olvidados y los pequeños comerciantes.
Interminablemente citadas han sido las encuestas exitosas que demuestran la extraordinaria popularidad de Trump entre los hombres blancos sin titulación universitaria, aunque las mismas encuestas indican que Trump obtiene sus mayores rendimientos entre los votantes republicanos de clase media (es más, si creemos las encuestas en Winsconsin y algún sitio más, un quinto de los votantes de Trump tenían una opinión desvaforable de su candidato y votaron tapándose la nariz). En cualquier resultado él volteó un tercio de los condados que habían votado por Obama dos veces seguidas. Sin embargo hasta que la Bureau of the Census’s Current Population Survey estadounidense publica sus análisis demográficos de votantes, los politólogos solo pueden especular sobre si los cambios de alianzas o los cambios en la participación fueron los principales responsables de los resultados.
Lo que sigue es un escéptico interrogatorio de este relato, empleando los datos de voto a nivel de condado para comparar la campaña presidencial de 2016 con la campaña de 2012 en las viejas regiones industriales del Medio Oeste y los Apalaches. Una serie de patrones de voto específicos emergen, sólo uno de los cuales confirma el estereotipo de los “Demócratas de Trump”. El fenómeno es real pero enormemente limitado a uno o más de los condados del Rust Belt desde Iowa a Nueva York donde una nueva ola de cierres y deslocalizaciones ha coincidido con crecimientos de población migrante o refugiada. Los expertos analistas de elecciones han confundido consistentemente los votos de cuello azul cazados de lejos por los candidatos presidenciales republicanos con la deserción localizada de demócratas de clase trabajadora hacia Trump. Varios cientos de miles de votantes de Obama, blancos y de cuello azul, a lo sumo votaron por la visión de Trump del comercio justo y la reindustrialización, pero no los millones que usualmente se invocan.  No estoy insinuando con esto que estas importantes cabezas de puente no se expandan en el futuro por las continuas interpelaciones a la identidad blanca y el nacionalismo económico, sino simplemente que han sido sobreinterpretadas como claves de la victoria de Trump.
El “milagro” de la campaña del magnate, aparte de su astuto éxito en manipular a su favor la cobertura negativa de los medios, fue capturar la totalidad del voto de Romney, sin ninguna de las mayores deserciones (mujeres republicanas con titulación universitaria, latinos conservadores, católicos) que las encuestas habían predicho y con los que Clinton contaba. Como en un misterio de Agatha Christie, Trump eliminó a sus aturdidos oponentes en las primarias uno detrás de otro con insinuaciones asesinas mientras machacaba  con sus temas estrella sobre corrupción de las élites, acuerdos comerciales traicioneros (“el mayor robo de trabajo en la historia del mundo”), inmigrantes terroristas y el declive de las oportunidades económicas para los blancos. Con el apoyo de Breitbart y la extrema derecha, básicamente corrió con los viejos zapatos de Patrick Buchanan.
Pero si el nacionalismo visceral y el odio blanco le dieron el nombramiento, ello no fue suficiente para asegurar que los grandes batallones del Grand Old Party, especialmente los evangelistas que habían apoyado a Ted Cruz, harían campaña activamente por él. El golpe de ingenio de Trump fue dejar a la derecha religiosa, incluyendo a los antiguos voceros de Crus David Barton y Tony Perkins, redactar el borrador del programa republicano y entonces, como garante, seleccionar uno de sus héroes como su compañero de carrera.
Al mismo tiempo, Rebekah Mercer, cuyo súper PAC (Political Action Comitee) ha sido el principal patrocinador de Cruz, secundó a Trump con su equipo político: la encuestadora Kellyanne Conway, la cabeza del Citizens United David Bossie, y la silla del Breitbart Stephen Bannon (“sería difícil exagerar la influencia de Rebekah en el mundo de Trump ahora mismo”, contó un insider al Politico después de las elecciones). Esta fusión de dos Republicanos insurgentes anti-establishment fue el suceso crucial que muchos analistas electorales pasaron por alto.
Los analistas exageraron el factor “populista” de los trabajadores de cuello azul en la victoria de Trump mientras subestimaban el capital acumulado por el movimiento por el derecho a la vida y otras causas sociales conservadoras. Con la Corte Suprema en juego y Pence sonriendo desde el estrado, era más fácil para la congregación perdonar al pecador que encabezaba la papeleta. Trump, como resultado de ello, recibió un mayor porcentaje del voto evangelista que Romney, McCain, o Bush, mientras Clinton se desempeñó peor que Obama entre los católicos, especialmente los latinos (una bajada de 8 puntos). Contra toda expectativa, Trump también mejoró los resultados de Romney en los suburbios.
Sin embargo – y esto es una importantísima restricción – él no incrementó el voto total de Romney ni en el Sur ni en el Medio Oeste; de hecho cayó ligeramente en ambas regiones. Clinton, no obstante, recibió casi un millón de votos menos que Obama en el Sur y casi tres millones menos que el presidente en el Medio Oeste (véanse tablas 1 y 2). Abdicando de cualquier esfuerzo serio en las pequeñas ciudades industriales, Clinton se centró casi enteramente en los mayores condados metropolitanos y los mercados mediáticos.


Más aún, al contrario que Obama, Clinton no tuvo una estrategia comprometida con los evangelistas y su posición sobre el aborto tardío, incluso siendo malinterpretada, le hizo perder un incontable número de católicos pro-obama. Igualmente Clinton ignoró los ruegos del Secretario de Agricultura Tom Vilsack para invertir recursos de campaña en áreas rurales. Mientras Trump laboraba en el interior, el itinerario de Clinton se saltó todo el estado de Winsconsin así como centros muy disputados como Dayton. El entorno de Clinton obviamente creyó que la agresiva campaña de las últimas semanas por parte de Obama y Sanders, reforzada por celebridades como Springsteen y Beyoncé, le asegurarían una fuerte participación de afroamericanos y millenials en los núcleos urbanos mientras ella cosechaba votos de iracundas mujeres republicanas en los suburbios.
Inexplicablemente ignoró las señales de peligro que venían del Rust Belt, permaneciendo “totalmente callada sobre la economía y cualquier plan de futuro que fuese útil para la gente”. Su increíble desatención a la agitación de votantes en los condados no metropolitanos ampliamente demócratas demostró ser su ruina en los colegios electorales, a pesar de las grandes mayorías populares en la Costa Oeste (igualó o superó la proporción del voto de Obama en 2012 sólo en Massachusetts, Georgia, Texas, Arizona y California – las últimas tres, por supuesto, muestran una movilización tremenda de voto latino).

En los tres estados clave – Florida, Wisconsin, y Michigan – un factor adicional en su derrota fue una participación menor y menos animada del voto afroamericano que en 2012. La reforma del bienestar y la super-encarcelación, como el NAFTA, habían vuelto para perseguirla. Es más, en Wisconsin y Michigan no consiguió recabar el apoyo joven por Sanders y en ambos estados el voto por Jill Stein terminó siendo mayor que el margen de derrota de Clinton.
Pero deberíamos ser cautelosos a la hora de verter todas las culpas sobre Clinton y su polémico círculo de confianza. Si ella hubiera sido el principal problema, entonces los Demócratas locales deberían haberla superado consistentemente. De hecho, eso raramente ocurrió y en diferentes estados su voto fue significativamente mayor que el de los Demócratas locales. El malestar de los Demócratas, debería quedar claro, permea cada nivel del partido, incluyendo el irremediablemente inepto Democratic Congressional Campaign Committee. En el Medio Oeste, en particular, los Demócratas han venido funcionando en gran medida con parches, designando veteranos fracasados como el antiguo alcalde de Mikwaukee Tom Barret (quien perdió frente a Scott Walker en 2012) y el antiguo gobernador de Ohio Ted Strickland (masacrado por Rob Portman en la carrera al Senado).
Mientras tanto, para el inteligente equipo en torno a Obama, mantener a la Casa Blanca, y no fortalecer a los partidos estatales, ha sido la incansable prioridad, y a veces la única. Al este de las Montañas Rocosas, como resultado, los Republicanos han sobrepasado su marca de 1920 en escaños al legislativo. Veintiséis estados son ahora triplemente republicanos (control de ambas cámaras y del gobernador) frente a simplemente seis para los Demócratas. Las iniciativas progresistas de ciudades demócratas como Minneapolis (vacaciones pagadas) y Austin (santuario) enfrentan el veto de legislaturas reaccionarias.
Además, como los investigadores de Brookings han mostrado recientemente, desde el 2000 una paradójica dinámica centro-periferia ha emergido dentro del sistema político. Los Republicanos han incrementado su golpe electoral a nivel nacional a pesar de que han perdido fuerza constantemente en los condados metropolitanos que son centro neurálgico de la economía. Los menos-de-500 condados que Hillary Clinton se llevó a nivel nacional abarcaban un masivo 64% de la actividad económica norteamericana sobre la medición del total de 2015. Por contraste, los más-de-2600 condados que Donald Trump ganó generaban sólo un 36% del resultado del país – poco más de un tercio de la actividad económica de la nación”.
Los votantes de Trump, el campo contra las ciudades, se han convertido en algo así como una versión americana de los Jemeres Rojos. Algunas partes de esta “otra América”, ciertamente, han sido siempre territorio republicano desde la Edad de Piedra, dominados por grandes terratenientes, Elmer Gantries, pequeños industriales y banqueros, y los descendientes del KKK. Pero el abandono no tan benigno de lo que una vez fueron ciudades industriales y el país montañoso del carbón firmemente demócratas es un reflejo de la marginalización de los antiguos sindicatos CIO dentro del partido y – aquí el estereotipo sí es preciso – las prioridades siempre prevalecientes de Hollywood, Silicon Valley y Wall Street. La América digital es azul, y la América analógica, a pesar de ser pobre, es roja.
Finalmente, necesitamos tomar consciencia del bizarro marco de la contienda. En análisis electorales comparativos la estructura del sistema se suele concebir como incambiable entre ciclos. Esto se ha mostrado rotundamente falso en 2016. Gracias a la decisión de la Corte Suprema de 2010 Citizens United, esta fue la segunda elección presidencial con las esclusas del dinero negro ampliamente abiertas y, a diferencia de 2012, los aparatos de los partidos nacionales perdieron el control de las primarias  ante los partidos de sombras de Trump y Cruz y, en el caso de los Demócratas, ante la cruzada de Sanders financiada por las bases y sin precedente alguno.
Fue también la primera elección llevada a cabo después de destripar las partes clave de la Ley de Derechos Electorales (Voting Rights Act) y la extendida adopción de estrategias de anular votantes seguidas por legislaturas estatales republicanas. Como resultado de todo ello, “14 estados han tenido nuevas restricciones de voto en vigor en 2016, incluyendo estrictas leyes de identificación de votantes, menor número de oportunidades para el voto joven y reducciones de los lugares de votación”. Los cierres de urnas fueron exageradamente extensos en Arizona, Texas, Lousiana y Alabama.
Y como un horrorizado David Brooks enfatizó, estas fueron las primeras elecciones de la “post-verdad”, surrealistamente inundadas en las mentiras de Trump, noticias falsas manufacturadas en Macedonia, invasión de chateos-robot, “dark posts” en facebook, mensajes cifrados para públicos target (dog whistles), teorías de la conspiración y un mortal goteo de revelaciones de correos hackeados. De todas las presiones e influencias, sin embargo, incluyendo las intervenciones de Comey y Putin, la más desastrosa para la exsecretaria de Estado fue la decisión de los principales medios de comunicación de "equilibrar" el reportaje dando igual cobertura a sus correos electrónicos que a los abusos sexuales en serie de Trump. “Durante la campaña de 2016, los tres principales noticiarios dedicaron un total de 35 minutos a una combinación de temas políticos – de todo tipo. Mientras tanto, dedicaron 125 minutos a los emails de la señora Clinton”.
El Mítico Muro Azul
Mirando de frente las elecciones presidenciales, la estrategia de Trump apunta a un muro rojo que podría ser mayor y más bonito que el muro azul de los Demócratas.
El cortafuegos azul de Clinton se rompió en Minnesota; fue estrechamente traspasado en Wisconsin, Michigan y Pensilvania; y colapsó totalmente en Ohio (e Iowa, si lo considerásemos un estado demócrata). La completa franja de condados que en 2012 estaban con Obama en el noroeste de Illinois, el este de Iowa, el oeste de Wisconsin y Minnesota, y el norte de Ohio y Nueva York fueron ganados por Trump.
El “margen desplazado” – ganando o perdiendo porcentajes Clinton en 2016 respecto a Obama en 2012 – estaba sobre los 15 puntos en Virginia Occidental, Iowa, y Dakota del norte; de 9 a 14 puntos en Maine, Rhode Island, Dakota del Sur, Hawái, Misuri, Michigan y Vermont. En el antiguo cinturón automovilístico del sur de Wisconsin (condados de Kenosha y Rock), donde Obama había aplastado a Romney por enormes márgenes en 2012, el voto demócrata cayó un 20% y el antiguo bastión de UAW de Kenosha fue para Trump.
Incluso en Nueva York Clinton acabó 7 puntos por detrás que Obama, gracias al masivo voto republicano en el este de Long Island (condado Suffolk) y al pobre apoyo de los demócratas de cuello azul en los viejos distritos industriales en el norte del estado. De acuerdo a los sondeos a pie de urna, Clinton ganó el 51% de las centrales sindicales, un espectáculo muy pobre en comparación con el 60% de Obama en 2008 y 2012. Trump superó el voto sindical de los tres candidatos republicanos previos y en Ohio ganó una mayoría rotunda.
Este patrón es particularmente irónico en la medida en que los Demócratas en muchas de esas áreas habían arrojado enormes cantidades de voto por Clinton durante las primarias de 2008. De hecho se había asumido que este era el estado de Clinton. “¡Cómo podrían perder Michigan por 10,000 votos!” se quejó el veterano analista Stanley Greenberg, un arquitecto clave de la victoria de 1992 de Bill Clinton, cuando vio los resultados finales.
Pero un hecho predominante determinó el resultado: los Republicanos habían tenido una estrategia agresiva para ganar control en el Rust Belt, apoyada por una espectacular infraestructura de think thanks a nivel estatal, donantes billionarios regionales, y magos del pucherazo provenientes del Republican State Leadership Comittee. Por el contrario, los Demócratas, especialmente aquellos en los condados industriales pero no metropolitanos tan comunes en la zona norte del Medio Oeste, habían sido abandonados a oscilar con el viento por un partido nacional que (dejando aparte los rescates a General Motors y Chrysler) no ofrece remedios para el deterioro mayor y la pauperización comunal.
As readers of David Daley’s bestselling Ratf**ked know, Rove and his conservative quants responded to the meltdown of Republican power in 2008 with an audacious scheme for retaking power in Washington through control of decennial redistricting. The Midwest was the bullseye. “There are 18 state legislatures,” Rove wrote in the Wall Street Journal, that have four or fewer seats separating the two parties that are important for redistricting. Seven of these are controlled by Republicans and the other 11 are controlled by Democrats, including the lower houses in Ohio, Wisconsin, Indiana and Pennsylvania. Republican strategists are focused on 107 seats in 16 states. Winning these seats would give them control of drawing district lines for nearly 190 congressional seats.
Como sabe cualquier lector del bestseller Ratf**ked, Rove y sus cuantos conservadores respondieron a la desintegración del poder republicano en 2008 con un audaz esquema para retomar el poder en Washington a través del control de la redistribución decenal de distritos. El Medio Oeste era la diana. “Hay 18 asambleas legislativas estatales”, escribió Rove en el Wall Street Journal,
“que tienen cuatro o menos escaños que separan a los dos partidos que son importantes para la redistribución de distritos. Siete de ellas están controladas por los Republicanos y las otras once por los Demócratas, incluyendo las cámaras bajas en Ohio, Wisconsin, Indiana y Pensilvania. Los estrategas republicanos están centrados en 107 escaños en 16 estados. Ganar esos escaños les daría el control de dibujar las líneas entre distritos de en torno a 190 escaños del congreso”.
En el evento, como muestra Daley, el asqueroso cambio (cerca de 30 millones de dólares) gastado en contiendas dirigidas a lo estatal 2010 produjo una revolución en el poder del partido con los Republicanos ganando cerca de setecientos escaños y el control de las asambleas claves en Wisconsin, Ohio, y Michigan, así como Florida y Carolina del Norte. La redistribución de distritos generada por ordenador produjo puntualmente un mapa de ensueño que hacía prácticamente invulnerable el control de la Cámara por parte de los Republicanos hasta el censo de 2020, a pesar de las fuerzas demográficas favoreciendo a los Demócratas.
La piece d’resistance era el pucherazo de Ohio supervisado por John Boehner. “El Partido Republicano controlaba el rediseño de 132 asambleas estatales y 16 distritos del Congreso. La redistribución de distritos republicana resultó en una ganancia neta para el caucus de la cámara estatal del Partido Republicano en 2012 y permitió que una mayoría republicana de 12-4 regresara a la Cámara de Representantes estadounidense – a pesar de que los votantes dieran su voto sólo a un 52% de los Republicanos al Congreso” (Hay casos peores: en Carolina del Norte en 2012 los Demócratas ganaron una mayoría del voto al congreso a nivel estatal, pero obtuvieron sólo cuatro de los 13 escaños de la cámara)


En el Medio Oeste las victorias del Tea Party de 2010 trajeron una nueva generación de salvajes Republicanos al poder, muchos de ellos formados por think thanks de extrema derecha como el Indiana’s Policy Review Foundation (dirigido una vez por Mike Pence), Michigan’s Mackinac Center, Wisconsin’s MacIver Institute, and Minnesota’s Center of the American Experiment, todos ellos arruinándose  por una pelea a muerte con los sindicatos del sector público de la región y los gobiernos progresistas de las grandes ciudades. Coordinándose a través de la State Policy Network (65 think thanks conservadores) y el American Legislative Exchange Council, lanzaron campañas para destrozar los derechos de negociación colectiva del sector público, destruir a los sindicatos a través de leyes de “derecho al trabajo”, y privatizar la educación pública mediante cupones.
En otras palabras, se centraron en incrementar sus ventajas legales y estructurales en formas que los Demócratas encontrarían difícil, e incluso imposible, revertir. Sindicatos y estudiantes, por supuesto, lideraron una épica resistencia en Wisconsin pero fueron incapaces de echar a Scott Walker, en gran parte a causa del deslucido carácter del candidato demócrata. En Ohio los sindicatos tuvieron más éxito y repelieron el “derecho al trabajo” por referéndum, pero en Indiana, Michigan y Virginia Occidental, las mayorías republicanas se impusieron a través del “derecho al trabajo” y en Michigan un sistema de administración para las escuelas de Detroit inspiradas en el Mackinac Center.
La papeleta republican en 2016, desde los cargos al Senado hasta los representantes estatales y los jueces, se beneficiaron irónicamente del escaso apoyo a Trump por parte de los Kochs y otros mega-donantes conservadores que cambiaron su financiación a la carrera presidencial para preservar el control del Congreso. Por primera vez los super-PACs gastaron más en las carreras al Senado que en la campaña presidencial. Trump, a quien el New York Times estimaba haber recibido dos billones de publicidad libre gracias a la atención mediática, se vio escasamente afectado, pero la enorme inyección de dinero negro en las competiciones estatales fue revolucionaria.
Más de tres cuartos de los fondos de campaña al Senado en 2016 vinieron de fuentes no pertenecientes a ese estado y “en sólo tres grupos, One Nation [Adelson], la red de Koch Americans For Prosperity, y la Cámara de Comercio estadounidense, estaba representado el 67% del gasto en dinero negro”. El resultado, de acuerdo a algunos politólogos, ha sido la “nacionalización” de la política estatal. “Como resultado de la creciente conexión entre las elecciones estatales y presidenciales la división alguna vez clara entre la política estatal y la política nacional ha desaparecido enormemente en la mayor parte del país”. Por lo tanto por primera vez en la historia, “no había voto dividido en 2016 entre candidatos al Senado y candidatos presidenciales; los 34 estados con Senado votaron todos por el mismo partido para ambos cargos”.
No es un secreto que el aliado inadvertido de los Republicanos en el Rust Belt ha sido Obama mismo, cuya idealista concepción de la presidencia no incluía ser líder del partido, al menos no a la vieja usanza, fuera de las campañas electorales al estilo de un Lindon B. Johnson o incluso Clinton. En 2010, 2012 y de nuevo en 2014, los candidatos Demócratas se quejaban amargamente de la falta de apoyo por parte de la Casa Blanca, especialmente en la zona norte del sur, Luisiana y Texas.
Obama terminó su presidencia con los Demócratas habiendo perdido cerca de un millar de escaños en asambleas legislativas a lo largo del país. Las asambleas republicanas están ahora apuntando a Misuri y Kentucky – posiblemente Ohio de nuevo, así como Pensilvania y New Hampshire – como los siguientes estados para derechizar. (En Misuri y New Hampshire las enmiendas por el “derecho al trabajo” han superado recientemente las legislativas pero fueron vetadas por los gobernadores demócratas. Ambos estados tienen ahora gobernadores Republicanos). Podrías llamarlo la meridionalización o Dixiefication del Medio Oeste.
Las cunas del CIO
En 1934, un konor predijo  no sólo la llegada de un barco de vapor de cuatro chimeneas con Mansren a bordo, sino también un evento que se convertirá en un elemento muy importante para los movimientos de la ideología cargo en el norte de la Nueva Guinea Neerlandesa: la milagrosa llegada de una fábrica.
Los aspectos milenarios de la campaña de Trump – la magia del nativismo y la promesa de un mundo restaurado – han recibido sorprendemente muy pocos comentarios aunque junto con sus erráticos desvaríos  fueron quizás sus efectos más impresionantes. La promesa de Clinton de gestionar competentemente  el legado de Obama pareció completamente inmadura al lado de la garantía de Trump, más milienarista que demagógico, cuando afirmaba que  “los trabajos volverán, las rentas crecerán, y nuevas fábricas volverán a prisa y corriendo a nuestras costas”
Entre los “Demócratas pro-Trump” especialmente, aquellos  votantes de Obama blancos  y de clase obrera que dieron la vuelta a las elecciones en Ohio y Pennsylvania, el abrazo que realizó Trump tomó los desesperados matices del culto cargo de Papúa, con sus miembros rezando por la vuelta de las fábricas, descrito en el clásico de Peter Worsley The trumpet Shall Sound.
Si Trump es mitad P.T. Barnum mitad Mussolini, también habría que añadirle una parte de John Frum: el “pequeño hombre misterioso (¿un marinero americano?) con pelo blanqueado, de voz aguda y vestido con un abrigo de botones brillantes” a quien algunos melanesios adoran porque supuestamente trajo mercancías del cielo para llevarlas a la isla de Tanna durante la segunda guerra mundial. Al final del día  ¿es el territorio de los sueños de Trump – la deportación de los mexicanos, la rendición de China, y la vuelta de los trabajos fabriles a los EEUU- tan diferente de una pista de aterrizaje que se abre camino a machetazos hacia fuera de la jungla?
Pero, percibir una condescendencia antropológica es precisamente lo que lleva a la gente en Dubuque, Anderson y Massena a levantar sus horcas tanto contra los “élites liberales” como contra los “conservadores del establishment”. “Deplorables”, de hecho. Los condados que aparecen en la Tabla 4 se caracterizan por llevar en su ADN el sindicalismo industrial; ellos fueron las cunas del CIO en las grandes guerras laborales del New Deal. Con muy pocas excepciones (1972 y 1984) permanecieron lealmente en el bando demócrata bajo lluvia, granizo y nieve; votando masivamente por Obama en 2008. Entonces por qué, a pesar de los  indicadores económicos positivos y con la tasa más baja de desempleo de toda la década,  estos viejos condados industriales de repente abandonaron a los Demócratas para abrazar  el culto cargo de la  reindustrialización de Trump?
Revolviendo torpemente las extrañas piezas del puzzle de Trump, The Economist decidió que “el tono de ansiedad económica que motiva a los defensores de Trump ha sido exagerado”. Pero cuando el análisis baja a lo micro una cantidad abundante de razones para dicha ansiedad emergen. La tabla 5 detalla los cierres de plantas que ocurrieron durante la temporada de campaña – una evidencia llamativa de una nueva ola de trabajos esfumándose y desindustrialización. En casi todos estos condados que cambiaron su tradicional voto, un cierre de planta de calado o un movimiento inminente en esa dirección habían estado en las portadas de los periódicos locales: amargos recordatorios de que el “boom de Obama” los estaba pasando por alto.
Algunos ejemplos sobre Ohio: justo antes de Navidad, la compañía West Rock Paper, la principal empresa empleadora en el condado de Coshocton, cerró sus puertas. En mayo, la vieja planta de locomotoras de GE en Eric anunció que estaba transfiriendo cientos de trabajos a su nueva instalaciones en Fort Worth. El día después de que la Convención Republicana terminase, en Cleveland la FirstEnergy Solutions anunció el cierre de su gigantesca central generadora en las afueras de Toledo, “van 238 plantas de este tipo que cerraba en los Estados Unidos desde 2010”.
Al mismo tiempo en Lorain, Republic Steel formalmente renegó de la promesa de abrir y modernizar la enorme planta de tres millas de largo de US Steel  que otrora fuera la principal empleadora de la región. Mientras tanto, en agosto GE alertó  del cierre de sus plantas de bombillas en Canton y East Cleveland. Y simultáneamente, las cartas de despido les eran entregadas a los trabajadores en la gran planta de estampado de la  Commercial Vehicle Group en Martin´s Ferry en el rio Ohio (condado de Belmont)

 “Creo que perder 172 trabajos en la comunidad, incluso en el condado, en una región como la nuestra, es devastador” afirmaba el supervisor escolar local. “Este es otra patada en el estómago para el valle, con las minas de carbón cerrando, la planta de energía y ahora esto. Es una mala noticia después de otra”
Pero, ¿qué ocurre con la raza? Trump, desde luego, ganó en el voto blanco a escala nacional por una diferencia de 21 puntos (un punto por encima de Rommey), y su campaña fueron un Woodstock para fanáticos. Además, tal y como han enfatizado los comentaristas tanto de la derecha como de la izquierda, en estos condados que viraron su voto, con una única excepción, habían votado mayoritariamente a Obama al menos en una ocasión. (A escala nacional el 10% de los votantes de Obama votaron a Trump). Sin embargo,  es necesario hacer una distinción entre los verdaderos Sturmtrumpen que abarrotaron los mítines y los votantes de Obama que se sumaron al culto cargo como forma de protesta. Como señaló un periodista británico – contradiciendo la caracterización que su propio periódico hacía de la clase obrera blanca como el “motor” de la insurgencia –  “en más de una docena de mítines de Trump, y casi en el mismo número de Estados en el pasado año,  nuestro corresponsal se ha encontrado con abogados, agentes inmobiliarios  y una horda de pensionistas de clase media, y relativamente pocos trabajadores de cuello azul”


Por otra parte, hay una evidencia de un contragolpe generado a escala regional, promovido por el Tea Party, contra los inmigrantes y los refugiados. En parte esto puede ser resultado de políticas federales que tienden a asignar a los refugiados en zonas donde el coste de vida y la vivienda son bajos y esto hace que frecuentemente sean percibidos como competidores para permanecer como trabajadores del sector servicios mientras que continúan siendo beneficiarios de ayudas que el Estado niega a los ciudadanos. Erie, en donde los refugiados constituyen una décima parte de la población y un ejército laboral de reserva para la cercana industria de los casinos, es un ejemplo bien conocido.
En otras zonas de la Rust Belt, como Reading, Pennsylvania, las comunidades mexicanas que han crecido rápidamente, han sido el objetivo de sostenidos ataques por parte de los nativos, jaleados por el Tea Party y otros personajes de la extrema derecha. En un reciente estudio de políticas y programas del estado, Ohio obtuvo la peor posición en el ranking sobre el tratamiento hacía los inmigrantes indocumentados; una calificación que fue confirmada cuando los Republicanos de la asamblea legislativa esbozaron un mensaje de felicitación (HCR11) al sheriff de Arizona Joe Arpaio.
Una nota sobre una tierra olvidada
“¡Vamos a poner las minas de nuevo en funcionamiento!” declaró Trump a los pocos minutos en su discurso. La multitud rugió, Trump sonrió y varios mineros frenéticamente alzaron pancartas en las que se podía leer  “Trump cava carbón”.
Newfoundland, Ordinary, Sideway y Spanglin son pueblos del condado de Elliot, el típico condado apalache en el este de Kentucky. Sus habitantes antaño cultivaban maíz y tabaco y ahora muchos de ellos - afortunados según los estándares locales-  trabajan en la prisión estatal de Little Sandy. Su mayor distinción, sin embargo, tiene que ver con un record de voto: es el último condado blanco en el sur que vota demócrata.
De hecho, ha sido demócrata en cada elección presidencial desde que el condado se formó en 1869. George MgGovern, Walter Mondale y Michael Dukakis ganaron aquí y en el 2008 Obama enterró a McCain por un margen de dos a uno. En 2012, pese haber respaldado los derechos de los homosexuales, le dio una sacudida a Romney. El pasado año, sin embargo, el condado de Elliot le cortó la luz a los Demócratas, votando el 70% a Trump y la antigua religión de la plataforma republicana.
En todas las historias políticas después de la guerra civil americana, los Apalaches (zona definida por su comisión regional como 428 condados y tierras altas desde Alabama hasta Nueva York) ha tenido sólo una única estación al sol. Gracias al neoyorkino escritor de bestsellers Michael Harrington (autor de The Other America) y al abogado disidente de Kentucky Harry Caudill (Nights Comes to the Cumberlands) la región por poco tiempo se convirtió en uno de los principales focos de la guerra contra la pobreza, pero entonces fue apartada a un lado tras la llegada de Nixon.
La mayor concentración de pobreza blanca en Norte América, las montañas del norte han sido huérfanas no solamente en Washington sino también en Frankfort, Nasville, Charlestown y Raleigh donde los lobbies del carbón y las grandes compañías  han dictado siempre sus prioridades legislativas. Tradicionalmente sus seguidores fueron máquinas condales de producir mayorías demócratas y el azul se fue destiñendo de la Appalachia al principio sólo a regañadientes. Carter ganó con el 68% de los votos en la región y Clinton con el 47% en 1996.
Aunque los Demócratas a escala nacional se fueron identificando progresivamente con la  “guerra contra el carbón”, el aborto, y el matrimonio homosexual, los Blue Dogs fueron sacrificados por el voto popular. La United Mine Workers y la Steelworkers, bajo el mejor liderazgo en décadas, lucharon desesperadamente en los 1990 y los 2000 por una gran iniciativa política para defender los trabajos de la industria y las minas en la región, pero fueron dejados de lado por el Democratic Leadership Council y sus análogos líderes en los congresos de Nueva York y California.
Irónicamente, Clinton esta vez sí que tenía un plan para los condados del carbón, aunque estaba enterrado en la letra pequeña de su página web y pobremente publicitado. Ella abogaba por importantes salvaguardas para beneficios en la salud de los trabajadores ligado a las compañías del carbón en quiebra y proponía una ayuda federal para compensar la crisis fiscal de las escuelas de la región. De otra manera, su programa era convencionalmente repetitivo: créditos fiscales para nuevas inversiones, programas de moda para alentar el emprendimiento local, y subsidios para la limpieza y conversión de las tierras mineras en lugares de negocios (se hizo mención a centros de datos de Google – hablando del culto cargo). Pero ahí no había ningún gran programa de creación de trabajos, ni ninguna iniciativa de salud pública para tratar con la pandemia opiácea que estaba devastando la región.
Era una imagen frente al espejo, en otras palabras, de sus exiguas ofertas a los sectores más pobres de las zonas urbanas.  Al final el plan no consiguió hacer diferencia alguna, pues la única promesa de Clinton que todo el mundo recuerda fue: “Vamos a poner un montón de minas y de compañías del carbón fuera del negocio”. Sus únicas victorias en los Apalaches fueron un puñado de condados de población universitaria. Mientras tanto Trump se embarcó en un viaje con Jesús y reenganchó el voto de Romney.
La excepción fue Virginia Occidental en donde la masacre a los Demócratas fue tan grande que probablemente termine en el Libro Guiness de los Records. Solo Wyoming dio a Trump un resultado mejor en el voto presidencial. Pero todavía más llamativo es que los 42 puntos de margen de victoria fuera el hecho de que Clinton recibió 54.000 votos menos que los que fueron repartidos previamente en las primarias demócratas. Unas primarias en las que Sanders (125.000 en total) ganó en cada uno de los condados.
El fracaso de convertir a los votantes de las primarias en votantes del partido fue un imponente indicador de su impopularidad. Mientras que el Mountain Party, los afiliados sui generis de Virginia Occidental afiliados de los verdes, se concentraron en la candidatura del gobernador (ganada por el billonario Demócrata y auto-proclamado populista pro-carbón, Jim Justice) y recogió 42.000 votos, un resultado alentador.  De otra manera los Republicanos  se habrían hecho con el control del legislativo y de la delegación del congreso del que fuera una vez el famoso estado demócrata, por primera vez desde que los dinosaurios deambulaban por la tierra.
Que las políticas no lineales de Virginia Occidental tengan sentido no siempre es fácil, especialmente desde que el Partido Demócrata se ha convertido mayormente en una máquina de elección personal y de un culto de la superviviencia de Joe Manchin (ex-gobernador  y ahora senador) y su secuaz Jim Justice. Pero una lección ha quedado clara y probablemente sea extensible a toda la región Apalache: una gran minoría de gente trabajadora, custodios de una heroica historia laboral, están preparados para apoyar alternativas radicales pero solo si estas simultáneamente se hacen cargo de la las crisis económicas y culturales de la región.
Las luchas para mantenerlas redes de parentesco tradicional y el tejido social comunitario en la zona Apalache o, por la misma razón, en los asediados condados de mayoría negra del sur algodonero, deberían de ser tan importantes para los socialistas como defender los derechos individuales para la elección reproductiva y de género. Pero generalmente no lo son.
Lo que traman las brujas
Cualquier futuro demagogo que intente esculpir un camino hacía el poder en los Estados Unidos -por ejemplo a través de la siguiente depresión, si llegara el momento-  es casi seguro que seguirá los pasos de Huey.
“Huey Long, si hubiera vivido” escribió John Gunther en Inside U.S.A en 1947, “podría perfectamente haber traído el fascismo a América”. ¿Está Trump dando una segunda oportunidad al fascismo ole’boy? Como el Long de Gunthers, él es también “un monstruo cautivador” y un “demagogo mentiroso , un egoísta prodigioso, vulgar  y flojo... un maestro del abuso político” . Igualmente “ha hecho cada promesa a los desposeídos apareciéndose como un salvador, como un mesías desinteresado.”
Pero el gran Pez Rey terminó por dar en el clavo dando respuestas a la mayoría de las promesas al pueblo llano de Louisiana. Les llevó el cargo en forma de servicios públicos y derechos. Edificó hospitales y vivienda pública, abolió el impuesto al sufragio e hizo que los libros de texto fueran gratuitos. Por su parte, Trump y su gabinete de millonarios se muestran más favorables a reducir el acceso a la sanidad, restringir el acceso al voto y privatizar la educación pública. “Fascismo” si ese es nuestro destino para el futuro, no vendrá “disfrazado de socialismo” como predijo Gunthers (y Sinclair Lewis antes que él), sino como una orgia neo-romana de codicia.
Este análisis sólo se ha enfocado en una sola parte del puzzle del corazón del asunto: los viejos condados industriales y del carbón, ahora en declive desde hace dos generaciones. Difícilmente puede ser un informe completo. El retrato regional, por ejemplo puede ser visto considerablemente diferente si  tomamos la perspectiva de los sectores públicos más grandes y de la fuerza de trabajo del sector sanitario. Además  la historia del Rust Belt es en muchos sentidos una vieja noticia política; la mayor novedad de las pasadas elecciones fue la politización  de la movilidad descendente  de  los jóvenes con estudios universitarios, especialmente aquellos provenientes de la clase trabajadora y de  familias inmigrantes. El Trumpismo, sea cual sea su éxito temprano, no puede unificar el sufrimiento  económico de los Millenials  con el de los trabajadores blancos más mayores porque se interpone  el privilegio geriátrico blanco como piedra de toque para todas sus políticas
El movimiento de Sanders, por el contrario, ha hecho ver que el núcleo del descontento puede ser llevado bajo el paraguas de un “socialismo democrático” que haga prender de nuevo las esperanzas del New Deal por derechos económicos fundamentales y los objetivos de igualdad y justicia social del Movimiento por los Derechos Civiles. La oportunidad de un cambio político transformador (“realineamiento crítico” dicho en un vocabulario ahora arcaico) pertenece a  los Sanderistas pero solo  en la medida en que permanezcan rebeldes contra el establishment demócrata neoliberal  y apoyen la resistencia en las calles.
La elección de Trump ha desatado una crisis de legitimación de primer orden y la mayor parte de los americanos que se opusieron a él tienen solo dos puntos de congregación: el movimiento de Sanders o el ex-presidente y su camarilla. Mientras nuestras esperanzas y energías deben invertirse en el primero, sería de necios subestimar al segundo.
Con el descenso a los infiernos de Hillary, no hay sucesor para Obama. La única figura política de primera categoría de la izquierda en la escena americana, se hará todavía más formidable fuera de su cargo, particularmente  a medida que su presidencia se bruña fuertemente de nostalgia (La mayor parte olvidaran que la debacle actual empezó con la retirada de los democrátas en 2010, que lleva la firma de un presidente que perdonó a Wall Street mientras deportaba a 2.5 millones de inmigrantes).
Chicago tiene muchas posibilidades de convertirse en la capital de un gobierno en el exilio con los Obama realizando esfuerzos directos para revigorizar el Partido Demócrata  y políticas centristas sin ceder poder a la izquierda  (Si este escenario de poder dual suena ridículo, uno debería acordarse del precedente de Teddy Roosvelt en el Sagamore Hill durante los años de Taft). Aquellos que creen que el Caucus Progresista mantiene ahora el equilibrio  de poder en el Partido Demócrata puede que se sientan bruscamente desencantados cuando Obama  vuelva a romper una lanza en representación de las elites del partido.
Mientras tanto Trump, augur del fascismo o quizás no, parece destinado a ser el Macbeth americano, exhibiendo un caos brutal a través de las oscuras tierras altas del Potomac. La guerra política y social, ahora inevitable en los Estados Unidos, puede forjar el carácter del resto del siglo, especialmente desde que se ha sincronizado con similares erupciones por toda la Unión Europea y el colapso de los populismos de izquierda en América Latina.
Tal y como se regodeaba recientemente Pat Buchanan, el padre espiritual de Trump: “Las fuerzas del nacionalismo y populismo se han desatado por todo el Oeste y por todo el mundo. No hay vuelta atrás”. Imaginar escenarios espeluznantes es algo demasiado fácil. Uno puede concebir, por ejemplo, un régimen rabioso y fracasado  que reprima las protestas e incite revueltas semejantes a las de los años 60 en las ciudades de EEUU, mientras fútilmente trata de reconciliar sus contradictorias políticas económicas con sus promesas electorales. La consiguiente confusión geo-económica puede promover que los europeos inviten a China a asumir un liderazgo monetario y financiero dentro del bloque de la OCDE.
2016, en este escenario, puede señalar el final del “siglo Americano”. Alternativamente, Beijing podría no estar dispuesta o no ser capaz de parar una recesión mundial o de prevenir un desmembramiento parcial de las cadenas de producción transnacionales. Esto podría girar desde el pacifico hacia Eurasia. En ese caso, 2016 será recordado como el nacimiento de la des-globalización y de un mundo más reconocible en los años treinta que en los 2000.

profesor del Departamento de Pensamiento Creativo en la Universidad de California, Riverside, es miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso. Traducidos recientemente al castellano: su libro sobre la amenaza de la gripe aviar (El monstruo llama a nuestra puerta, trad. María Julia Bertomeu, Ediciones El Viejo Topo, Barcelona, 2006), su libro sobre las Ciudades muertas (trad. Dina Khorasane, Marta Malo de Molina, Tatiana de la O y Mónica Cifuentes Zaro, Editorial Traficantes de sueños, Madrid, 2007) y su libro Los holocaustos de la era victoriana tardía (trad. Aitana Guia i Conca e Ivano Stocco, Ed. Universitat de València, Valencia, 2007). Sus libros más recientes son: In Praise of Barbarians: Essays against Empire (Haymarket Books, 2008) y Buda's Wagon: A Brief History of the Car Bomb (Verso, 2007; traducción castellana de Jordi Mundó en la editorial El Viejo Topo, Barcelona, 2009).
Fuente:
https://www.jacobinmag.com/2017/02/the-great-god-trump-and-the-white-working-class/

miércoles, 1 de marzo de 2017

Detrás de los ataques antisemitas y racistas en los EE.UU.


1 de marzo de 2017
La llegada al poder de la administración Trump ha animado a las fuerzas más reaccionarias, racistas y hacia atrás en la sociedad americana. Cerca de 100 amenazas de bomba se han telefoneado a judíos centros comunitarios de todo el país, todas ellas falsas alarmas hasta ahora, pero sin causar miedo y trastornos generalizados. Dos cementerios judíos han sido profanados, la última noche del sábado en Filadelfia, cuando más de 500 lápidas fueron desplazados o roto-un esfuerzo que implicaba claramente un esfuerzo importante y decidida.
La semana pasada, un ingeniero de software inmigrante indio fue asesinado en Kansas City, muerto a tiros en un bar por un veterano de la Marina intolerante que aparentemente pensó que estaba matando a un iraní, y que se hizo eco de la retórica de campaña de Trump, al grito de "salir de mi país" antes de abrir fuego. Esto es sólo el más flagrante de una ola de violencia e intimidación contra los inmigrantes y los musulmanes, inspirado por las órdenes ejecutivas de Trump dirigidas a los refugiados y los trabajadores inmigrantes.
Trump dio de boquilla preocupación por los ataques racistas y antisemitas en el comienzo de su discurso televisado al Congreso la noche del martes. Sus lágrimas de cocodrilo fueron desmentidas casi de inmediato cuando regresó a su tema principal de la campaña de demonizar a los inmigrantes como criminales, narcotraficantes y pandilleros.
verdadera actitud del presidente de la ola de ataques antisemitas se expresó en su discurso en la Casa Blanca el martes a un grupo de fiscales generales del estado. Trump se le preguntó acerca de las amenazas de bomba y profanación de tumbas, y él respondió: "A veces es al revés, para que las personas o para hacer que los demás-se ven mal", dijo a los funcionarios del Estado.
Esta no era la primera vez que Trump ha sugerido que sus oponentes políticos están organizando los ataques antisemitas con el fin de avergonzar a su administración. Trump dijo más o menos lo mismo, aunque de una manera típicamente confusa y laberíntica, cuando se le preguntó acerca de los ataques en su rueda de prensa de febrero de 16 años. "Usted tiene algunos de los signos y de algunos de que el enojo causado por el otro lado", reivindica. "Van a hacer signos y dibujos que no son apropiados. No va a ser mi pueblo. Será la gente del otro lado de la ira personas como usted ".
Afirmaciones similares han sido promovidos por elementos de extrema derecha, como el ex líder del KKK y neonazi David Duke, con la "gente del otro lado" sustituyen con la afirmación de que es Judios que son responsables de las profanaciones.
Los funcionarios de los grupos judíos han criticado las últimas declaraciones de Trump, ya que tienen una serie de comentarios y acciones que no tienen explicación seria, excepto como expresiones de profundo antisemitismo entre los principales funcionarios de la Casa Blanca Trump.
La más flagrante fue la declaración oficial de la Casa Blanca en conmemoración conmemoraciones mundiales del Holocausto, que no hizo referencia a las víctimas judías de Hitler "solución final", una omisión que dichos asesores de la Casa Blanca fue intencional.
Los lazos entre Trump y la falta pantano del antisemitismo y el racismo de los blancos se han observado ya en su renuencia notoria para distanciarse de Duke, que fervientemente aprobación del triunfo en las primarias republicanas.
asesor de política más cerca de Trump, que ha asumido un papel de liderazgo en prácticamente todas las áreas es Stephen Bannon, el ex jefe de mentalidad fascista de Breitbart News, que se ha convertido en uno de los principales pozos de agua de Internet para los blancos racistas, antisemitas y neo- elementos nazis. En sus declaraciones políticas, Bannon invoca lo que se describe como diplomáticamente "silbatos para perros" para el antisemitismo, tropos apenas disimulados como su denuncia del "corporativista, medios globalista" en la Conferencia de Acción Política Conservadora de la semana pasada.
el propio Trump abrazó "America First" como el tema de su discurso inaugural fascista, a pesar de -o debido a- el hecho de que el grupo de ese nombre en la década de 1930 fue encabezada por el simpatizante nazi Charles Lindbergh y la consigna se identificó con la hostilidad hacia Judios.
La Casa Blanca ha rechazado repetidamente las acusaciones de antisemitismo, señalando a la familia: su hija de Trump Ivanka se convirtió al judaísmo cuando se casó con Jared Kushner, ahora una parte superior de la Casa Blanca ayudante ya los miembros judíos prominentes del gabinete de Trump como secretario del Tesoro Steven Mnuchin. El problema no se resuelve tan fácilmente.
el fomento del racismo contra los inmigrantes y el nacionalismo estadounidense de Trump tiene una lógica política definida, alineando su administración con las tendencias más sucia y más retrógradas en la vida política estadounidense. Estos elementos acudieron a la campaña de Trump y fueron alentados tanto por su victoria electoral y su promoción de figuras como Bannon, Sebastian Gorka (asociado con el grupo neo-nazi de Hungría, la Orden de Vitéz) y Michael Anton (que ha denunciado el Islam como una "fe militante") para altos cargos en la Casa blanca.
La administración Trump se ha impregnado de racismo y chovinismo desde su primer día en el cargo. De manera significativa, mientras que él se vio obligado a hacer una condena superficial del antisemitismo semana pasada, Trump no ha dicho una sola palabra acerca de la violencia contra los musulmanes o anti-inmigrante. No dijo nada acerca de la matanza de cinco musulmanes en una mezquita en la ciudad de Quebec, Canadá, llevado a cabo por un racista ultraderechista y admirador Trump.
A lo largo de este período, la iniciativa política de la nueva administración ha sido lanzar un ataque al estilo pogrom contra los inmigrantes, ya sean refugiados musulmanes que huyen de bombas y misiles en el Medio Oriente, o los mexicanos y centroamericanos, alimentar a sus familias trabajando a baja empleos -paying y arduas través de los Estados Unidos.
El redadas, planos y redondos de masa muy publicitado encarcelamiento de personas inocentes han servido como una luz verde para todos los vigilantes racistas en Estados Unidos. La administración Trump es moral y político responsable del resurgimiento del antisemitismo y el racismo, y debe ser considerado responsable.
La administración Trump, sin embargo, es una expresión de una enfermedad profunda, y uno que no comenzó con la entrada de Trump y Bannon en la Casa Blanca. el nacionalismo de extrema derecha en general y el antisemitismo en particular, siempre se han asociado con la reacción social y política. Se emplea por la clase dominante para desviar la ira popular y para crear la base ideológica para la guerra.
La década de 1930 vio un aumento salvaje del antisemitismo, no sólo en Europa, sino también en Estados Unidos. Este fue también un período de linchamientos racistas, en el sur, siguió durante la Segunda Guerra Mundial por el internamiento en masa de los japoneses-americanos ordenada por el gobierno de Roosevelt.
Todo esto es de nuevo la suciedad nacionalista reemergentes. Fuerzas similares están en aumento en toda Europa, con partidos y organizaciones que promueven la negación del Holocausto, el antisemitismo, los ataques violentos contra los inmigrantes y la acumulación de la policía y militares-toda la parafernalia de un renacimiento de las fuerzas fascistas que fueron responsables de la más grandes crímenes del siglo XX.
En un país tras otro, la clase dominante es la presentación de las peores formas de nacionalismo y la intolerancia religiosa. Las políticas de guerra del imperialismo estadounidense en el Medio Oriente, con el apoyo de la OTAN, han llevado a decenas de millones de refugiados a huir de sus hogares. Más de un millón han hecho su camino a Europa en busca de seguridad y un futuro digno. Pero la política de la administración Trump, y sus correligionarios en Europa, es de la marca de las víctimas del imperialismo como "terroristas" y bloquear su entrada.
En el análisis final, la mezcla de reacción fascista lanzada por la administración Trump es un producto de la crisis y la descomposición del sistema capitalista.
Patrick Martin

En Europa Central surgen figuras que imitan el discurso populista de Trump

Por RICK LYMAN 27 de febrero de 2017
Donald Trump, presidente de Estados Unidos CreditDoug Mills/The New York Times
VARSOVIA — En Europa Central están proliferando las figuras ajenas a la política, que predican un mensaje populista y prometen derrocar a la clase política existente. Y en este continente, estos líderes están más optimistas desde la elección de Donald Trump, el nuevo presidente estadounidense.
Además del búlgaro Veselin Mareshki, quien se define como “un candidato que está en contra de la clase dirigente”, muchos otros se identifican con esa actitud, ya sea por sus antecedentes como hombres de negocios, sus personalidades egocéntricas o su astucia con las redes sociales.

Andrej Babis dice que comparte con el presidente Trump la aversión a los migrantes y una tendencia a decir cosas políticamente incorrectas. CreditMilan Bures para The New York Times
Andrej Babis, 62 años, República Checa
Sin duda es el empresario convertido en político más conocido de Europa Central. Babis transformó un conglomerado de agronegocios en un gigante corporativo que incluye a importantes medios de comunicación. En 2011 formó su propio partido llamado Acción de Ciudadanos Insatisfechos, y prometió darle un sentido empresarial al gobierno con una plataforma contra la corrupción.
Al partido le fue tan bien en las elecciones parlamentarias que Babis fue nombrado ministro de Finanzas. Buena parte de la población piensa que llegará a ser primer ministro. Aunque ha rechazado las comparaciones con el presidente Trump, a quien critica por ser un mal hombre de negocios, también ha dicho que comparten la misma aversión por los migrantes y una tendencia a hacer declaraciones políticamente incorrectas.

 Boris Kollar CreditSme Rodina
Boris Kollar, 51 años, Eslovaquia
Kollar, un empresario acaudalado, constituyó su propio partido político el año pasado —el Sme Rodina o “Somos Familia”— y sorprendió al país al ganar 11 asientos en el Consejo Nacional de 150 miembros con su plataforma de economía liberal, escepticismo frente al euro y una fuerte oposición a la migración.
Su lema de campaña es: “Créanme, no soy político”. Además de ser una celebridad de la prensa amarillista, Kollar tiene diez hijos de nueve mujeres distintas.


 Bogoljub Karic CreditMarko Djurica/Reuters
Bogoljub Karic, 63 años, Serbia
Karic, junto con sus cuatro hermanos, creó un imperio familiar que se ha expandido a las telecomunicaciones, la construcción, las finanzas, los medios y el comercio internacional. También abrió la universidad privada BK. Sin embargo, su primera incursión en la política acabó con su exilio en 2006 tras ser investigado por el fiscal general en delincuencia organizada de Serbia.
Regresó a Serbia el 30 de diciembre, tan solo días después de que el fiscal cerró la investigación y lo exoneró de todo. Karic niega que competirá para la presidencia en las elecciones próximas pero dice que su partido, el Movimiento Fuerza de Serbia, reclutó a 60.000 nuevos miembros desde que regresó del exilio.

 Aivars LembergsCreditIlmars Znotins/Agence France-Presse — Getty Images
Aivars Lembergs, 63 años, Letonia
Nadie sabe a ciencia cierta a cuánto asciende ni de dónde proviene la riqueza de Lembergs, pero ha usado su astucia en los negocios y la política para mantenerse como alcalde y principal fuerza política en el puerto de Ventspils. Ha desempeñado el mismo cargo desde 1988, un año antes de que cayera el comunismo. Extravagante, sin reservas y una figura familiar en los medios letones, Lembergs hizo su fortuna en los años después de la transición al capitalismo.
Su discurso político es populista. Dice que la OTAN es “una fuerza de ocupación”. Continúa siendo la principal figura en la coalición entre su partido y el Sindicato de Agricultores y Ganaderos, un conglomerado de activistas ambientales y grupos de granjeros conservadores que parecía ser incompatible. Ha enfrentado diversas acusaciones de corrupción, lavado de dinero, sobornos y abuso de autoridad.

 Zbigniew Stonoga CreditAdam Jagielak/Getty Images
Zbigniew Stonoga, 42 años, Polonia
Stonoga es propietario de dos concesionarios de automóviles y es un bloguero bastante activo que creó su propio partido político, el cual lleva su nombre. Se le conoce por su lenguaje directo, y algunas veces vulgar, y por despotricar en YouTube en contra de los funcionarios de recaudación de impuestos “sionistas” y los líderes polacos. Se opone a la entrada de todo tipo de migrantes, a quienes se refiere usando calificativos racistas.
Se hizo famoso por haber filtrado una serie de documentos clasificados de la Agencia Polaca de Seguridad Nacional, que motivaron la renuncia de varios ministros del gobierno anterior. Nunca ha explicado cómo obtuvo dichos documentos, aunque insiste en que los encontró en un servidor chino de Internet. Su partido, el “Stonoga Polish”, colapsó después de fracasar en las elecciones parlamentarias y ahora canaliza sus esfuerzos a través de un periódico en línea (que también lleva su nombre).


 Ivan Pernar CreditCroatian Parliament
Ivan Pernar, 31 años, Croacia
Pernar es relativamente joven y todavía está en los márgenes de la política de Croacia, pero se le puede comparar con el presidente Trump por su postura como un hombre ajeno a la política que usa las redes sociales y los ataques a sus opositores para llamar la atención.
Ganó fama al usar Facebook para organizar una serie de protestas contra el gobierno en 2011 y parece que con frecuencia sus actos son opuestos al decoro político. Una vez lo regañaron por comer pizza en el parlamento. El mensaje de Pernar apoya a los rusos y se enfrenta a la OTAN, pero también incluye algunas actitudes que rayan en lo conspirativo, como sus advertencias sobre la influencia de la masonería. Hace poco, le pidieron que abandonara el parlamento por interrumpir los procesos legislativos con diatribas contra la Unión Europea.

El discurso de Trump esboza planes de guerra de clases en el país y en el extranjero la guerra


Por Andre Damon
1 de marzo de 2017
Al hablar ante una sesión conjunta del Congreso el martes, el presidente de EEUU, Donald Trump reafirmó los pilares fundamentales de su presidencia: enormemente la expansión de los gastos militares, reduciendo los impuestos a las corporaciones, como cabeza de turco a los inmigrantes por la crisis del capitalismo estadounidense, y la promoción de políticas comerciales nacionalistas económica.
En contraste con su discurso inaugural, Trump redactado sus políticas de extrema derecha en las convenciones tradicionales de la política estadounidense. Los medios de comunicación, como si fuera una señal, alabaron el discurso de Trump para "llegar a otro lado del pasillo" y adoptar un enfoque bipartidista.
CNN, que la semana pasada fue incluido por Trump como parte de los "enemigos del pueblo", tituló su artículo sobre el discurso, "nuevo tono, visión ambiciosa." Al alabar a sus observaciones, varios medios cabezas parlantes ignoran el hecho de que la administración , lleno de figuras fascistas como Steve Bannon, se encuentra en medio de una campaña masiva de millones de inmigrantes indocumentados.
La respuesta oficial al discurso de Trump por los demócratas fue dada por el ex gobernador de Kentucky, Steve Beshear, que actualmente no posee ni cargos de elección popular, y que es generalmente desconocida para el público. Beshear dedicó su escrito de réplica a la defensa de Obamacare, el programa de atención médica pro-corporativa ampliamente despreciado, al tiempo que denunció Trump para "ignorar serias amenazas a la seguridad nacional de Rusia."
A pesar de sus diferencias tácticas centradas en la política exterior, la respuesta generalmente cálido por los medios de comunicación y la refutación a medias de los demócratas apunta al hecho de que, dentro de la clase dominante, existe un apoyo amplio y bipartidista de los objetivos esenciales de la administración Trump: la expansión de los gastos militares, fortalecer el aparato represivo del estado, reduciendo los impuestos corporativos, y la eliminación de los gastos sociales.
El día antes de su discurso, Trump anunció planes para aumentar el presupuesto militar en un 10 por ciento, a ser pagado por una reducción igual del gasto social discrecional. Pero más allá de prometer una reducción de "los hombres y mujeres del ejército de los Estados Unidos con las herramientas que necesitan," Trump ignorado en gran medida las implicaciones de su expansión militar y la política exterior en general.
Directiva presupuesto de Trump fue criticada por los republicanos del Congreso y publicaciones pro-demócratas, como el Washington Post , por no ir lo suficientemente lejos al proponer reducir el gasto en prestaciones sociales, tales como Medicare, Medicaid y el Seguro Social.
En su discurso, Trump indicó que trabajaría con el Congreso para recortar estos programas, incluyendo girando Medicaid, el programa de seguro para los pobres, en un sistema de subvenciones en bloque, lo que podría ser cortado por los gobiernos de los estados. "Debemos dar a nuestros grandes gobernadores de los estados de los recursos y la flexibilidad que necesitan con Medicaid", declaró.
También propuso un ataque masivo a la educación pública, de acuerdo con la perspectiva de su nuevo secretario de educación, Betsy DeVos. "Las familias deben tener libertad para elegir la carta, un imán, una escuela pública, privada, religiosa o casa que es correcto para ellos", dijo Trump.
En el corazón del discurso de Trump fue su programa de nacionalismo económico. Trump pidió subsidios para las empresas estadounidenses para ayudar a penetrar en los mercados extranjeros, declarando que su administración está "desarrollando reforma fiscal histórica que reducirá la tasa impositiva sobre nuestras empresas para que puedan competir y prosperar en cualquier lugar y con cualquier persona." Se quejó de que "cuando empresas extranjeras envían sus productos a América, les cobramos casi nada ".
En particular, cuando Trump declaró que su administración hará "que sea más fácil para las empresas para hacer negocios en los Estados Unidos, y mucho más difícil para que las empresas dejen", el ex candidato presidencial demócrata Bernie Sanders aplaudió. Sanders, junto con otros demócratas, manifestó su disposición a cooperar con Trump sobre las políticas económicas nacionalistas.
Aunque el discurso de Trump estaba redactada en el idioma de la defensa de "empleos en Estados Unidos," su programa económico es, de hecho, se centró en la roza impuestos a las empresas, eliminando las regulaciones y el aumento de la explotación de los trabajadores en los Estados Unidos.
Trump dio una defensa a pleno pulmón de su represión feroz contra los inmigrantes indocumentados, lo que ha provocado una amplia oposición popular y manifestaciones en todo el país. "En estos momentos, estamos eliminando los pandilleros, narcotraficantes y delincuentes que amenazan a nuestras comunidades y se aprovechan de nuestros ciudadanos. Los malos van a salir mientras hablo esta noche y como he prometido ".
El discurso de Trump incluía una modificación en sus propuestas de inmigración anteriores, pidiendo un interruptor de "fuera de este sistema actual de inmigración poco cualificada, y en lugar de adoptar un sistema basado en el mérito." Tal política continuaría toda la crueldad y la violencia de su curso represión de la inmigración, mientras se busca garantizar un suministro constante de mano de obra especializada para las empresas estadounidenses.
Él también reiteró su apoyo a su llamada prohibición musulmana, declarando: "No es compasivo, pero imprudente, para permitir la entrada incontrolada de los lugares donde no puede ocurrir de investigación de antecedentes adecuada .... No podemos permitir que una cabeza de playa del terrorismo para formar el interior de los Estados Unidos ".
Hacia el final de su discurso, Trump explotado la presencia de Carryn Owens, la viuda de un SEAL de la Marina de Estados Unidos William "Ryan" Owens, quien murió en un ataque en Yemen el mes pasado. Haciendo caso omiso de las denuncias de la operación por el padre de Owens, Trump describió la misión como una "incursión de gran éxito."
la invocación de esta campaña criminal, lo que llevó a la muerte de 25 civiles yemeníes y ocho niños de Trump, fue recibido con la ovación más larga de todo el discurso, tanto de demócratas y republicanos.
Quizás el aspecto más característico de la dirección de su carácter era totalmente delirante. Trump declaró: "Todo lo que está roto en nuestro país puede ser fijo. Cada problema puede ser resuelto. "Añadió que, como resultado de su presidencia," Dying industrias vendrán rugiendo de nuevo a la vida ... deteriorada infraestructura será reemplazado con nuevas carreteras, puentes, túneles, aeropuertos y ferrocarriles brillando a través de nuestra hermosa tierra."
Todo esto es un sueño ridículo. El mismo hecho de que Trump, un estafador-hombre y estafa, ha sido ascendido al cargo político más alto del estado es una prueba del estado de profunda decaída de la dominación burguesa en los Estados Unidos.