miércoles, 4 de mayo de 2011

¿EL FIN DE LA HISTORIA?

ENSAYO



Francis Fukuyama**

El ensayo de Fukuyama constituye un intento de explicación

del acontecer de los últimos tiempos, partir de un análisis de

las tendencias en la esfera de la conciencia o de las ideas.

El liberalismo económico y político, la "idea" de Occidente,

sostiene el autor, finalmente se ha impuesto en el mundo.

Esto se evidencia en el colapso y agotamiento de ideologías

alternativas. Así, lo que hoy estaríamos presenciando es el

término de la evolución ideológica en sí, y, por tanto, el fin

de la historia en términos hegelianos. Si bien la victoria del

liberalismo por ahora sólo se ha alcanzado en el ámbito de la

conciencia, su futura concreción en el mundo material, afirma

Fukuyama, será ciertamente inevitable.

*Este artículo, publicado originalmente en la revista The National

Interest (verano 1988), está basado en una conferencia que el autor dictara en

el John M. Olin Center for Inquiry into the Theory and Practice of

Democracy de la Universidad de Chicago, EE. UU.

**Francis Fukuyama, ex analista de la Corporación Rand, actualmente

es subdirector de planificación política del Departamento de Estado de los

Estados Unidos. Las opiniones expresadas por Fukuyama en este artículo no

reflejan las de la Corporación Rand ni de algún organismo del gobierno

norteamericano.

difícilmente podemos evitar la sensación de que algo muy fundamental ha

sucedido en la historia del mundo. El año pasado hubo una avalancha de

artículos que celebraban el fin de la guerra fría y el hecho de que la "paz"

parecía brotar en muchas regiones del mundo. Pero la mayoría de estos

análisis carecen de un marco conceptual más amplio que permita distinguir

entre lo esencial y lo contingente o accidental en la historia del mundo, y

son predeciblemente superficiales. Si Gorbachov fuese expulsado del

Kremlin o un nuevo Ayatollah proclamara el milenio desde una desolada

capital del Medio Oriente, estos mismos comentaristas se precipitarían a

anunciar el comienzo de una nueva era de conflictos.

Y, sin embargo, todas estas personas entrevén que otro proceso más

vasto está en movimiento, un proceso que da coherencia y orden a los titulares

de los diarios. El siglo veinte presenció cómo el mundo desarrollado

descendía hasta un paroxismo de violencia ideológica, cuando el liberalismo

batallaba, primero, con los remanentes del absolutismo, luego, con el

bolchevismo y el fascismo, y, finalmente, con un marxismo actualizado

que amenazaba conducir al apocalipsis definitivo de la guerra nuclear. Pero

el siglo que comenzó lleno de confianza en el triunfo que al final obtendría

la democracia liberal occidental parece, al concluir, volver en un círculo a su

punto de origen: no a un "fin de la ideología" o a una convergencia entre

capitalismo y socialismo, como se predijo antes, sino a la impertérrita

victoria del liberalismo económico y político.

El triunfo de Occidente, de la "idea" occidental, es evidente, en primer

lugar, en el total agotamiento de sistemáticas alternativas viables al

liberalismo occidental. En la década pasada ha habido cambios inequívocos

en el clima intelectual de los dos países comunistas más grandes del mundo,

y en ambos se han iniciado significativos movimientos reformistas. Pero

este fenómeno se extiende más allá de la alta política, y puede observársele

también en la propagación inevitable de la cultura de consumo occidental en

contextos tan diversos como los mercados campesinos y los televisores en

colores, ahora omnipresentes en toda China; en los restaurantes cooperativos

y las tiendas de vestuario que se abrieron el año pasado en Moscú;

en la música de Beethoven que se transmite de fondo en las tiendas

japonesas, y en la música rock que se disfruta igual en Praga, Rangún y

Teherán.

Lo que podríamos estar presenciando no sólo es el fin de la guerra

fría, o la culminación de un período específico de la historia de la posguerra,

sino el fin de la historia como tal: esto es, el punto final de la evolución

ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal

1 observar el flujo A de los acontecimientos de la última década,

6 ESTUDIOS PÚBLICOS

¿ EL FIN DE LA HISTORIA ? 7

occidental como la forma final de gobierno humano. Lo cual no significa

que ya no habrá acontecimientos que puedan llenar las páginas de los

resúmenes anuales de las relaciones internacionales en el Foreign Affairs,

porque el liberalismo ha triunfado fundamentalmente en la esfera de las ideas

y de la conciencia, y su victoria todavía es incompleta en el mundo real o

material. Pero hay razones importantes para creer que éste es el ideal que "a

la larga" se impondrá en el mundo material. Para entender por qué es esto

así, debemos, primero, considerar algunos problemas teóricos relativos a la

naturaleza del cambio histórico.

La idea del fin de la historia no es original. Su más grande difusor

conocido fue Karl Marx, que pensaba que la dirección del desarrollo

histórico contenía una intencionalidad determinada por la interacción de

fuerzas materiales, y llegaría a término sólo cuando se alcanzase la utopía

comunista que finalmente resolvería todas las anteriores contradicciones.

Pero el concepto de historia como proceso dialéctico con un comienzo, una

etapa intermedia y un final, lo tomó prestado Marx de su gran predecesor

alemán, George Wilhelm Friedrich Hegel.

Para mejor o peor, gran parte del historicismo de Hegel se ha

integrado a nuestro bagaje intelectual contemporáneo. La idea de que la

humanidad ha avanzado a través de una serie de etapas primitivas de

conciencia en su trayecto hacia el presente, y que estas etapas correspondían

a formas concretas de organización social, como las tribales, esclavistas,

teocráticas, y, finalmente, las sociedades igualitarias democráticas, ha

pasado a ser inseparable de la mentalidad moderna del hombre. Hegel fue el

primer filósofo que utilizó el lenguaje de la ciencia social moderna, en tanto

creía que el hombre era producto de su entorno histórico y social concreto, y

no, como anteriores teóricos del derecho natural habrían sostenido, un

conjunto de atributos "naturales" más o menos fijos. El dominio y la

transformación del entorno natural del hombre a través de la aplicación de la

ciencia y la tecnología no fue un concepto originalmente marxista, sino

hegeliano. A diferencia de historicistas posteriores, cuyo relativismo

histórico degeneró en un relativismo a secas, Hegel pensaba, sin embargo,

que la historia culminaba en un momento absoluto, en el que triunfaba la

forma definitiva, racional, de la sociedad y del Estado.

La desgracia de Hegel es que hoy principalmente se le conozca como

precursor de Marx, y la nuestra estriba en que pocos estamos familiarizados

I

8 ESTUDIOS PÚBLICOS

en forma directa con la obra de Hegel, y, con esta ya filtrada a través de los

lentes distorsionadores del marxismo. En Francia, sin embargo, se ha hecho

un esfuerzo por rescatar a Hegel de sus intérpretes marxistas y resucitarlo

como el filósofo que se dirige a nuestra época con mayor propiedad. Entre

estos modernos intérpretes franceses de Hegel, ciertamente el principal fue

Alexandre Kojève, brillante emigrado ruso que dirigió, en la Ecole Practique

des Hautes Eludes de París en la década de los 30, una serie de seminarios

que tuvieron gran influencia.1 Si bien era prácticamente desconocido en los

Estados Unidos, Kojève tuvo un importante impacto en la vida intelectual

del continente. Entre sus estudiantes hubo futuras luminarias como Jcan-

Paul Sartre, en la izquierda, y Raymond Aron, en la derecha; el existencialismo

de posguerra tomó muchas de sus categorías básicas de Hegel, a

través de Kojève.

Kojève procuró resucitar el Hegel de la Phenomenology of Mind, el

Hegel que proclamó en 1806 que la historia había llegado a su fin. Pues ya

en aquel entonces Hegel vio en la derrota de la monarquía prusiana por

Napoleón en la batalla de Jena, el triunfo de los ideales de la Revolución

Francesa y la inminente universalización del Estado que incorporaba los

principios de libertad e igualdad. Kojève, lejos de rechazar a Hegel a la luz

de los turbulentos acontecimientos del siglo y medio siguiente, insistió

en que en lo esencial había tenido razón.2 La batalla de Jena marcaba el fin

de la historia porque fue en ese punto que la "vanguardia" de la humanidad

(término muy familiar para los marxistas) llevó a la práctica los principios

de la Revolución Francesa. Aunque quedaba mucho por hacer después de

1806 —abolir la esclavitud y el comercio de esclavos; extender el derecho

a voto a los trabajadores, mujeres, negros y otras minorías raciales,

etcétera—, los principios básicos del Estado liberal democrático ya no podrían

mejorarse. Las dos guerras mundiales de este siglo y sus concomitantes

revoluciones y levantamientos simplemente extendieron espacialmente

1La obra más conocida de Kojève es su Introduction a la Lecture de

Hegel (París: Ediciones Gallimard, 1947), que contiene las conferencias

dictadas en la Ecole Practique en los años 30. Este libro está disponible en

inglés con el título Introduction lo the Reading of Hegel; compilado por

Raymond Queneau, editado por Alian Bloom, y traducido por James Nichols

(New York: Basic Books, 1989).

2En este respecto, Kojève mantiene una posición respecto de Hegel que

contrasta claramente con la de los intérpretes alemanes contemporáneos,

como Herbert Marcuse, quien, teniendo más simpatías por Marx, consideraba

que Hegel era en definitiva un filósofo incompleto y limitado históricamente.

¿ EL FIN DE LA HISTORIA ? 9

esos principios, de modo que los diversos reductos de la civilización humana

fueron elevados al nivel de sus puestos de avanzada, y aquellas sociedades

en Europa y Norteamérica en la vanguardia de la civilización se vieron

obligadas a aplicar su liberalismo de manera más cabal.

El Estado que emerge al final de la historia es liberal en la medida

que reconoce y protege, a través de un sistema de leyes, el derecho universal

del hombre a la libertad, y democrático en tanto existe sólo con el consentimiento

de los gobernados. Para Kojève, este así llamado "Estado

homogéneo universal" tuvo encarnación real en los países de la Europa Occidental

de posguerra: precisamente en aquellos países blandos, prósperos,

satisfechos de sí mismos, volcados hacia dentro y de voluntad débil, cuyo

proyecto más grandioso no tuvo mayor heroicidad que la creación del Mercado

Común.3 Pero esto era de esperar. Porque la historia humana y el conflicto

que la caracterizaba se basaba en la existencia de "contradicciones": la

búsqueda de reconocimiento mutuo del hombre primitivo, la dialéctica del

amo y el esclavo, la transformación y el dominio de la naturaleza, la lucha

por el reconocimiento universal de los derechos y la dicotomía entre proletario

y capitalista. Pero en el Estado homogéneo universal, todas las

anteriores contradicciones se resuelven y todas las necesidades humanas se

satisfacen. No hay lucha o conflicto en torno a grandes asuntos, y, en consecuencia,

no se precisa de generales ni estadistas: lo que queda es principalmente

actividad económica. Y, efectivamente, la vida de Kojève fue

consecuente con sus enseñanzas. Estimando que ya no había trabajo para los

filósofos, puesto que Hegel (correctamente entendido) había alcanzado el

conocimiento absoluto, Kojève dejó la docencia después de la guerra y pasó

el resto de su vida trabajando como burócrata en la Comunidad Económica

Europea, hasta su muerte en 1968.

A sus contemporáneos de mediados de siglo, la proclamación de

Kojève sobre el fin de la historia debió parecerles el típico solipsismo

excéntrico de un intelectual francés, hecha, como lo fue, inmediatamente

después de la segunda guerra mundial y en el momento cúspide de la guerra

fría. Para entender cómo Kojève pudo tener la audacia de afirmar que la

historia había terminado, debemos comprender primero el significado del

idealismo hegeliano.

3 Kojève identificaba el fin de la historia alternativamente con el

"Modo de Vida Americano" de la posguerra, pues creía que la Unión Soviética

también se dirigía hacia esa forma de vida.

10 ESTUDIOS PÚBLICOS

II

Para Hegel, las contradicciones que mueven la historia existen

primero en la esfera de la conciencia humana, es decir, en el nivel de las

ideas;4 no se trata aquí de las propuestas electorales triviales de los

políticos americanos, sino de ideas en el sentido de amplias visiones

unificadoras del mundo, que podrían entenderse mejor bajo la rúbrica de

ideología. En este sentido, la ideología no se limita a las doctrinas políticas

seculares y explícitas que asociamos habitualmente con el término, sino que

también puede incluir a la religión, la cultura y el conjunto de valores

morales subyacentes a cualquier sociedad.

La visión que Hegel tenía de la relación entre el mundo ideal y el

mundo real o material era extremadamente compleja, comenzando por el

hecho que, para él, la distinción entre ambos era sólo aparente.5 No creía

que el mundo real se ajustase o se le pudiese ajustar de manera sencilla a las

preconcepciones ideológicas de los profesores de filosofía, o que el mundo

"material" no tuviese injerencia en el mundo ideal. De hecho Hegel, el profesor,

fue removido temporalmente del trabajo debido a un acontecimiento

muy material, la batalla de Jena. Pero aunque los escritos y el pensamiento

de Hegel podían ser interrumpidos por una bala del mundo material, lo que

movía la mano en el gatillo del revólver, a su vez, eran las ideas de libertad

e igualdad que había impulsado la Revolución Francesa.

Para Hegel toda conducta humana en el mundo material y, por tanto,

toda historia humana, está enraizada en un estado previo de conciencia; idea

similar, por cierto, a la expresada por John Maynard Keynes cuando decía

que las opiniones de los hombres de negocio generalmente derivaban de

economistas difuntos y escritorzuelos académicos de generaciones pasadas.

Esta conciencia puede no ser explícita y su existencia no reconocerse, como

ocurre con las doctrinas políticas modernas, sino adoptar, más bien, la forma

de la religión o de simples hábitos morales o culturales. Sin embargo,

esta esfera de la conciencia a la larga necesariamente se hace manifiesta en el

4Esta noción se expresaba en el famoso aforismo del prefacio a la

Philosophy of History para señalar que "todo lo que es racional es real, y

todo lo que es real es racional".

5Para Hegel, en verdad, la dicotomía misma entre el mundo ideal y el

material era sólo aparente, y ésta sería finalmente superada por el sujeto autoconsciente;

en su sistema, el mundo material, de por sí, no es más que un

aspecto de la mente.

¿ EL FIN DE LA HISTORIA ? 11

mundo material; en verdad, ella crea el mundo material a su propia imagen.

La conciencia es causa y no efecto, y puede desarrollarse autónomamente del

mundo material; por tanto, el verdadero subtexto que subyace a la maraña

aparente de acontecimientos es la historia de la ideología.

El idealismo de Hegel no ha sido bien tratado por los pensadores

posteriores. Marx invirtió por completo las prioridades de lo real y lo

ideal, relegando toda la esfera de la conciencia —religión, arte, cultura y la

filosofía misma— a una "superestructura" que estaba determinada enteramente

por el modo de producción prevaleciente. Además, otra desafortunada

herencia del marxismo es nuestra tendencia a atrincherarnos en

explicaciones materialistas o utilitarias de los fenómenos políticos o históricos,

así como nuestra inclinación a no creer en el poder autónomo de las

ideas. Un ejemplo reciente de esto es el enorme éxito de The Rise and Fall

of Great Powers, de Paul Kennedy, que atribuye la decadencia de las grandes

potencias simplemente a una excesiva extensión económica. Obviamente

que ello es verdad en cierta medida: un imperio cuya economía escasamente

sobrepasa el nivel de subsistencia no puede mantener sus arcas fiscales

indefinidamente en déficit. El que una sociedad industrial moderna,

altamente productiva, decida gastar el 3 o el 7% de su PIB en defensa, en

lugar de bienes de consumo, se debe exclusivamente a las prioridades

políticas de esa sociedad, las que a su vez se determinan en la esfera de la

conciencia.

El sesgo materialista del pensamiento moderno es característico no

sólo de la gente de izquierda que puede simpatizar con el marxismo, sino

también de muchos apasionados antimarxistas. En efecto, en la derecha

existe lo que se podría llamar la escuela Wall Street Journal de materialismo

determinista, que descarta la importancia de la ideología y la cultura y ve al

hombre esencialmente como un individuo racional y maximizador del lucro.

Precisamente es esta clase de individuo y su prosecución de incentivos

materiales el que se propone en los textos de economía como fundamento de

la vida económica en sí.6 Un pequeño ejemplo ilustra el carácter problemático

de tales puntos de vista materialistas.

"En efecto, los economistas modernos, reconociendo que el hombre no

siempre se comporta como un maximizador del lucro, postulan una función de

la utilidad, la que puede ser el ingreso o algún otro bien que podría

maximizarse: ocio, satisfacción sexual o el placer de filosofar. El que el lucro

deba ser reemplazado por un valor como la utilidad indica cuán convincente

es la perspectiva idealista.

12 ESTUDIOS PÚBLICOS

Max Weber comienza su famoso libro The Protestant Ethic and

the Spirit of Capitalism, destacando las diferencias en el desempeño

económico de las comunidades católicas y protestantes en toda Europa y

América, que se resume en el proverbio de que los protestantes comen

bien mientras los católicos duermen bien. Weber observa que de acuerdo

a cualquier teoría económica que postule que el hombre es un maximizador

racional de utilidades, al elevarse la tarifa por trabajo entregado se

debería incrementar la productividad laboral. Sin embargo, en

numerosas comunidades tradicionales de campesinos, en realidad, el alza

de la tarifa por trabajo entregado producía el efecto contrario, es decir,

"disminuía" la productividad del trabajador: con una tarifa más alta,

un campesino acostumbrado a ganar dos marcos y medio al día concluía

que podía obtener la misma cantidad trabajando menos, y así lo hacía

porque valoraba más el ocio que su renta. La elección del ocio sobre el

ingreso, o la vida militarista del hoplita espartano sobre la riqueza del

comerciante ateniense, o aun la vida ascética del antiguo empresario

capitalista, sobre aquella holgada del aristócrata tradicional, no puede

realmente explicarse por el trabajo impersonal de las fuerzas materiales,

sino que procede eminentemente de la esfera de la conciencia, de lo

que en términos amplios hemos etiquetado aquí de ideología. Y, en

efecto, un tema central de la obra de Weber era probar que, contrariamente a

lo que Marx había sostenido, el modo de producción material, lejos de

constituir la "base", era en sí una "superestructura" enraizada en la religión

y la cultura, y que para entender el surgimiento del capitalismo moderno y

el incentivo de la utilidad debía uno estudiar sus antecedentes en el ámbito

del espíritu.

Cuando se observa el mundo contemporáneo, la pobreza de las

teorías materialistas del desarrollo económico se hace del todo evidente.

La escuela Wall Street Journal de materialismo determinista suele

llamar la atención sobre el sorprendente éxito económico de Asia en

las últimas décadas como prueba de la viabilidad de las economías de

libre mercado, implicando con ello que todas las sociedades experimentarían

un desarrollo similar si sólo dejaran que su población

persiguiera libremente sus intereses materiales. Por cierto, los mercados

libres y los sistemas políticos estables son una precondición necesaria

para el crecimiento económico capitalista. Pero también es cierto que

la herencia cultural de esas sociedades del Lejano Oriente, la ética del

trabajo, el ahorro y la familia; una herencia religiosa que no restringe,

como lo hace el Islam, ciertas formas de conducta económica y otras

cualidades morales profundamente arraigadas, son igualmente importantes

¿ EL FIN DE LA HISTORIA ? 13

en la explicación de su desempeño económico.7 Y, sin embargo, el peso

intelectual del materialismo es tal que ni una sola teoría contemporánea

respetable del desarrollo económico aborda seriamente la conciencia y la

cultura como la matriz dentro de la cual se forma la conducta económica.

La incapacidad de entender que las raíces del comportamiento

económico se encuentran en el ámbito de la conciencia y la cultura, conduce

al error común de atribuir causas materiales a fenómenos que son, esencialmente,

de naturaleza ideal. Por ejemplo, los movimientos reformistas,

primero en China y más recientemente en la Unión Soviética, se suelen

interpretar en Occidente como el triunfo de lo material sobre lo ideal, esto

es, se reconoce que los incentivos ideológicos no podían reemplazar a los

materiales como estímulo para una economía moderna altamente productiva,

y que si se deseaba prosperar había que apelar a formas menos

nobles de interés personal. Pero los principales defectos de las economías

socialistas eran evidentes hace treinta o cuarenta años para quienquiera que

las observase. ¿Por qué razón estos países vinieron a distanciarse de la

planificación central sólo en los años 80? La respuesta debe buscarse en la

conciencia de las élites y de los líderes que los gobernaban, que decidieron

optar por la forma de vida "protestante" de riqueza y riesgo, en vez de seguir

el camino "católico" de pobreza y seguridad.8 Ese cambio, de ningún modo

era inevitable, atendidas las condiciones materiales que presentaba cada uno

de esos países en la víspera de la reforma, sino más bien se produjo como

resultado de la victoria de una idea sobre otra.9

7Basta observar el desempeño reciente de los inmigrantes vietnamitas

en el sistema escolar norteamericano, en comparación al de sus compañeros

negros o hispánicos, para darse cuenta de que la cultura y la conciencia son

absolutamente cruciales para explicar no sólo la conducta económica, sino

también casi todo otro aspecto importante de la vida.

8 Entiendo que una cabal explicación de los orígenes de los movimientos

de reforma en China y Rusia es algo bastante más complicado que

lo que sugeriría esta simple fórmula. La reforma soviética, por ejemplo, fue

motivada en gran medida por la sensación de "inseguridad" de Moscú en el

campo tecnológico-militar. No obstante, ninguno de los países, en vísperas

de las reformas, se encontraba en tal estado de crisis "material" que uno

pudiese haber predecido los sorprendentes senderos de reforma finalmente

emprendidos.

9 Aún no está claro si los soviéticos son tan "protestantes" como

Gorbachov y si seguirán esa senda.

14 ESTUDIOS PÚBLICOS

Para Kojève, como para todos los buenos hegelianos, entender los

procesos subyacentes de la historia supone comprender los desarrollos en la

esfera de la conciencia o las ideas, ya que la conciencia recreará finalmente el

mundo material a su propia imagen. Expresar que la historia terminaba en

1806 quería decir que la evolución ideológica de la humanidad concluía en

los ideales de las revoluciones francesa o norteamericana. Aunque determinados

regímenes del mundo real no aplicaran cabalmente estos ideales, su

verdad teórica es absoluta y no puede ya mejorarse. De ahí que a Kojève no

le importaba que la conciencia de la generación europea de posguerra no se

hubiese unlversalizado; si el desarrollo ideológico en efecto había llegado a

su término, el Estado homogéneo finalmente triunfaría en todo el mundo

material.

No tengo el espacio ni, francamente, los medios para defender en

profundidad la perspectiva idealista radical de Hegel. Lo que interesa no es si

el sistema hegeliano era correcto, sino si su perspectiva podría develar la

naturaleza problemática de muchas explicaciones materialistas que a menudo

damos por sentadas. Esto no significa negar el papel de los factores

materialistas como tales. Para un idealista literal, la sociedad humana puede

construirse en torno a cualquier conjunto de principios, sin importar su

relación con el mundo material. Y, de hecho, los hombres han demostrado

ser capaces de soportar las más extremas penurias materiales en nombre de

ideales que existen sólo en el reino del espíritu, ya se trate de la divinidad de

las vacas o de la naturaleza de la Santísima Trinidad.10

Pero aunque la percepción misma del hombre respecto del mundo

material está moldeada por la conciencia histórica que tenga de éste, el

mundo material a su vez puede afectar claramente la viabilidad de un

determinado estado de conciencia. En especial, la espectacular profusión de

economías liberales avanzadas y la infinitamente variada cultura de consumo

que ellas han hecho posible, parecen simultáneamente fomentar y preservar

el liberalismo en la esfera política. Quiero eludir el determinismo

10La política interna del Imperio Bizantino en la época de Justiniano

giraba en torno al conflicto entre los así llamados monofisitas y los

monoteístas, que creían que la unidad de la Sagrada Trinidad tenía,

alternativamente, un carácter natural y voluntario. Este conflicto correspondía

hasta cierto punto al que existía entre los partidarios de los distintos

corredores del hipódromo de Bizancio, y llegó a un nivel no poco importante

de violencia política. Los historiadores modernos tenderían a buscar las

raíces de esos conflictos en los antagonismos entre clases sociales o en otra

categoría económica moderna, rehusándose a creer que los hombres se

matarían unos a otros por la naturaleza de la Trinidad.

¿ EL FIN DE LA HISTORIA ? 15

materialista que dice que la economía liberal inevitablemente produce

políticas liberales, porque creo que tanto la economía como la política

presuponen un previo estado autónomo de conciencia que las hace posibles.

Pero ese estado de conciencia que permite el desarrollo del liberalismo

parece estabilizarse de la manera en que se esperaría al final de la historia si

se asegura la abundancia de una moderna economía de libre mercado.

Podríamos resumir el contenido del Estado homogéneo universal como

democracia liberal en la esfera política unida a un acceso fácil a las

grabadoras de video y los equipos estéreos en la económica.

III

¿Hemos realmente llegado al término de la historia? En otras

palabras, ¿hay "contradicciones" fundamentales en la vida humana que no

pudiendo resolverse en el contexto del liberalismo moderno encontrarían

solución en una estructura politicoeconómica alternativa? Si aceptamos las

premisas idealistas expresadas más arriba, debemos buscar una respuesta a

esta pregunta en la esfera de la ideología y la conciencia. Nuestra tarea no

consiste en responder exhaustivamente las objeciones al liberalismo que

promueve cada insensato que circula por el mundo, sino sólo las que están

encarnadas en fuerzas y movimientos políticos o sociales importantes y que

son, por tanto, parte de la historia del mundo. Para nuestros propósitos

importa muy poco cuán extrañas puedan ser las ideas que se les ocurran a

los habitantes de Albania o Burkina Faso, pues estamos interesados en lo

que podríamos llamar en cierto sentido la común herencia ideológica de la

humanidad.

En lo que ha transcurrido del siglo, el liberalismo ha tenido dos

importantes desafíos: el fascismo y el comunismo. El primero,11 percibió

11 No empleo aquí el término "fascista" en su sentido más estricto,

plenamente consciente del frecuente mal uso de este término para denunciar a

cualquiera a la derecha del que lo usa. La palabra "fascismo" denota aquí cualquier

movimiento organizado ultranacionalista con pretensiones universalistas

—universalistas no en lo que concierne a su nacionalismo, por

supuesto, ya que este último es exclusivo por definición, sino respecto a la

creencia en su derecho a dominar a otras personas—. Por lo tanto, el Japón

Imperial se calificaría de fascista, pero no así el ex hombre fuerte de

Paraguay, Stroessner, o Pinochet en Chile. Es obvio que la ideología fascista

no puede ser universalista en el sentido que lo son el marxismo o el

liberalismo, pero la estructura de la doctrina puede transferirse de país a país.

16 ESTUDIOS PÚBLICOS

la debilidad política, el materialismo, la anemia y la falta de sentido de

comunidad de Occidente como contradicciones fundamentales de las

sociedades liberales, que sólo podrían resolverse con un Estado fuerte que

forjara un nuevo "pueblo" sobre la base del exclusivismo nacional. El

fascismo fue destruido como ideología viviente por la segunda guerra

mundial. Esta, por cierto, fue una derrota en un nivel muy material, pero

significó también la derrota de la idea. Lo que destruyó el fascismo como

idea no fue la repulsa moral universal hacia él, pues muchas personas

estaban dispuestas a respaldar la idea en tanto parecía ser la ola del

futuro, sino su falta de éxito. Después de la guerra, a la mayoría de la

gente le parecía que el fascismo germano, así como sus otras vanantes

europeas y asiáticas, estaban condenados a la autodestrucción. No había

razón material para que no hubiesen vuelto a brotar, en otros lugares,

nuevos movimientos fascistas después de la guerra, salvo por el hecho de

que el ultranacionalismo expansionista, con su promesa de un conflicto

permanente que conduciría a la desastrosa derrota militar, había perdido

por completo su atractivo. Las ruinas de la cancillería del Reich, al igual

que las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki, mataron

esta ideología tanto a nivel de la conciencia como materialmente,

y todos los movimientos pro fascistas generados por los ejemplos

alemanes y japonés, como el movimiento peronista en Argentina o el

ejército Nacional Indio de Subhas Chandra Bose, decayeron después de la

guerra.

El desafío ideológico montado por la otra gran alternativa al

liberalismo, el comunismo, fue mucho más serio. Marx, hablando el

lenguaje de Hegel, afirmó que la sociedad liberal contenía una contradicción

fundamental que no podía resolverse dentro de su contexto, la que

había entre el capital y el trabajo; y esta contradicción ha constituido

desde entonces la principal acusación contra el liberalismo. Pero, sin duda,

el problema de clase ha sido en realidad resuelto con éxito en Occidente.

Como Kojève (entre otros) señalara, el igualitarismo de la Norteamérica

moderna representa el logro esencial de la sociedad sin clases vislumbrada

por Marx. Esto no quiere decir que no haya ricos y pobres en los

Estados Unidos, o que la brecha entre ellos no haya aumentado en los

últimos años. Pero las causas básicas de la desigualdad económica no

conciernen tanto a la estructura legal y social subyacente a nuestra sociedad

—la cual continúa siendo fundamentalmente igualitaria y moderadamente

redistributiva—, como a las características culturales y sociales de los

grupos que la conforman, que son, a su vez, el legado histórico de las

condiciones premodemas. Así, la pobreza de los negros en Estados Unidos

¿ EL FIN DE LA HISTORIA ? 17

no es un producto inherente del liberalismo, sino más bien la "herencia de

la esclavitud y el racismo" que perduró por mucho tiempo después de la

abolición formal de la esclavitud.

Como consecuencia del descenso del problema de clase, puede

decirse con seguridad que el comunismo resulta menos atractivo hoy en

el mundo occidental desarrollado que en cualquier otro momento desde

que finalizara la primera guerra mundial. Esto puede apreciarse de variadas

maneras: en la sostenida disminución de la militancia y votación electoral

de los partidos comunistas más importantes de Europa, así como en sus

programas manifiestamente revisionistas; en el correspondiente éxito

electoral de los partidos conservadores desde Gran Bretaña y Alemania

hasta los de Estados Unidos y el Japón, que son abiertamente antiestatistas

y pro mercado; y en un clima intelectual donde los más "avanzados" ya no

creen que la sociedad burguesa deba finalmente superarse. Lo cual no

significa que las opiniones de los intelectuales progresistas en los países

occidentales no sean en extremo patológicas en muchos aspectos. Pero

quienes creen que el futuro será inevitablemente socialista suelen ser

muy ancianos o bien están al margen del discurso político real de sus

sociedades.

Podríamos argumentar que la alternativa socialista nunca fue

demasiado plausible en el mundo del Atlántico Norte, y que su base de

sustentación en las últimas décadas fue principalmente su éxito fuera de

esta región. Pero son las grandes transformaciones ideológicas en el mundo

no europeo, precisamente, las que le causan a uno mayor sorpresa. Por

cieno, los cambios más extraordinarios han ocurrido en Asia. Debido a

la fortaleza y adaptabilidad de las culturas nativas de allí, Asia pasó a ser

desde comienzos de siglo campo de batalla de una serie de ideologías

importadas de Occidente. En Asia, el liberalismo era muy débil en el

período posterior a la primera guerra mundial; es fácil hoy olvidar cuán

sombrío se veía el futuro político asiático hace sólo diez o quince años.

También se olvida con facilidad cuán trascendentales parecían ser los

resultados de las luchas ideológicas asiáticas para el desarrollo político del

mundo entero.

La primera alternativa asiática al liberalismo que fuera derrotada

definitivamente fue la fascista, representada por el Japón Imperial. El

fascismo japonés (como su versión alemana) fue derrotado por la fuerza de

las armas americanas en la Guerra del Pacífico, y la democracia liberal la

impusieron en Japón unos Estados Unidos victoriosos. El capitalismo

occidental y el liberalismo político, una vez trasplantados a Japón, fueron

objeto de tales adaptaciones y transformaciones por parte de los japoneses

18 ESTUDIOS PUBLICOS

que apenas son reconocibles.12 Muchos norteamericanos se han dado cuenta

ahora de que la organización industrial japonesa es muy diferente de la que

prevalece en Estados Unidos o Europa, y U relación que pueda existir entre

las maniobras faccionales al interior del gobernante Partido Democrático

Liberal y la democracia es cuestionable. Pese a ello, el hecho mismo de que

los elementos esenciales del liberalismo político y económico se hayan

insertado con tanto éxito en las peculiares tradiciones japonesas es garantía

de su sobrevivencia en el largo plazo. Más importante es la contribución

que ha hecho Japón, a su vez, a la historia mundial, al seguir los pasos de

los Estados Unidos para crear una verdadera cultura de consumo universal,

que ha llegado a ser tanto un símbolo como la base de soporte del Estado

homogéneo universal. V.S. Naipaul, viajando por el Irán de Khomeini poco

después de la revolución, tomó nota de las señales omnipresentes de la

publicidad de los productos Sony, Hitachi y JVC, cuyo atractivo continuaba

siendo virtualmente irresistible y era un mentís a las pretensiones del

régimen de restaurar un Estado basado en las reglas del Shariab. El deseo de

acceder a la cultura de consumo, engendrada en gran medida por Japón, ha

desempeñado un papel crucial en la propagación del liberalismo económico

a través de Asia, y por tanto, del liberalismo político también.

El éxito económico de los otros países asiáticos en reciente proceso

de industrialización (NICs) que han imitado el ejemplo de Japón, es hoy

historia conocida. Lo importante desde un punto de vista hegeliano es que el

liberalismo político ha venido siguiendo al liberalismo económico, de

manera más lenta de que lo que muchos esperaban, pero con aparente

inevitabilidad. Aquí observamos, una vez más, el triunfo del Estado

homogéneo universal. Corea del Sur se ha transformado en una sociedad

moderna y urbana, con una clase media cada vez más extensa y mejor

educada que difícilmente podría mantenerse aislada de las grandes tendencias

democráticas de su alrededor. En estas circunstancias, a una parte importante

de la población le pareció intolerable el gobierno de un régimen militar

anacrónico, mientras Japón, que en términos económicos apenas le llevaba

una década de ventaja, tenía instituciones parlamentarias desde hace más de

cuarenta años. Incluso el anterior régimen socialista de Birmania, que por

12Utilizo el ejemplo de Japón con cierta cautela, ya que Kojève llegó

posteriormente a la conclusión que Japón, con su cultura basada en

disciplinas puramente formales, demostró que el Estado homogéneo universal

aún no había logrado la victoria y que la historia tal vez no había concluido.

Véase la extensa nota al final de la segunda edición de Introduction à la

Lecture de Hegel, pp. 462-463.

¿ EL FIN DE LA HISTORIA ? 19

tantas décadas permaneció en funesto aislamiento de las grandes tendencias

dominantes en Asia, fue sacudido el año pasado por presiones tendientes a la

liberación del sistema económico y político. Se dice que el descontento con

el hombre fuerte, Ne Win, comenzó cuando un alto funcionario birmano

tuvo que viajar a Singapur para recibir tratamiento médico, y, al ver cuán

atrasada estaba la Birmania socialista respecto de sus vecinos de la ANSEA

(Asociación de Naciones del Sudeste Asiático), estalló en llanto.

Pero la fuerza de la idea liberal parecería mucho menos impresionante

si no hubiese contagiado a la más extensa y antigua cultura en

Asia, China. La mera existencia de China comunista creaba un polo

alternativo de atracción ideológica, y como tal constituía una amenaza al

liberalismo. Sin embargo, en los últimos quince años se ha desacreditado

casi por completo el marxismo-leninismo como sistema económico.

Comenzando por el famoso tercer plenario del Décimo Comité Central, en

1978, el partido comunista chino emprendió la descolectivización agrícola

que afectaría a los ochocientos millones de chinos que aún vivían en el

campo. El rol del Estado en el agro se redujo al de un recaudador de

impuestos, mientras la producción de bienes de consumo se incrementaba

drásticamente con el objeto de dar a probar a los campesinos el sabor del

Estado homogéneo universal y, con ello, un incentivo para trabajar. La

reforma duplicó la producción china de cereales en sólo cinco años, y en el

proceso le creó a Deng Xiao-ping una sólida base política desde la cual

estuvo en condiciones de extender la reforma a otros sectores de la

economía. Las estadísticas económicas apenas dan cuenta del dinamismo, la

iniciativa y la apertura evidentes en China desde que se inició la reforma.

De ningún modo podría decirse que China es ahora una democracia

liberal. En la actualidad, no más de un 20 por ciento de su economía es de

mercado, y más importante todavía, continúa siendo gobernada por un

partido comunista autodesignado, que no ha dado señal de querer traspasar el

poder. Deng no ha hecho las promesas de Gorbachov respecto a la

democratización del sistema político, y no existe equivalente chino de la

glasnost. El liderazgo chino de hecho ha sido mucho más cuidadoso al

criticar a Mao y el maoísmo que Gorbachov respecto de Brezhnev y Stalin,

y el régimen sigue considerando, de palabra, al marxismo-leninismo como

su base ideológica. Pero cualquiera que esté familiarizado con la mentalidad

y la conducta de la nueva élite tecnocrática que hoy gobierna en China, sabe

que el marxismo y los principios ideológicos son prácticamente irrelevantes

como elementos de orientación política, y que el consumismo burgués tiene

por primera vez desde la revolución significado real en ese país. Los

diversos frenos en el andar de la reforma, las campañas en contra de la

20 ESTUDIOS PÚBLICOS

"contaminación espiritual" y las medidas represivas contra la disidencia

política se ven más propiamente como ajustes tácticos en el proceso de

conducir lo que constituye una transición política sumamente difícil. Al

eludir la cuestión de la reforma política, mientras coloca a la economía en

nuevo pie, Deng ha logrado evitar el quiebre de autoridad que ha

acompañado a la perestroika de Gorbachov. Sin embargo, el peso de la idea

liberal continúa siendo muy fuerte a medida que el poder económico se

traspasa y la economía se abre más al mundo exterior. En la actualidad hay

más de veinte mil estudiantes chinos en los Estados Unidos y otros países

occidentales, casi todos ellos hijos de miembros de la élite china. Resulta

difícil imaginar que cuando vuelvan a casa para gobernar se contenten con

que China sea el único país en Asia que no se vea afectado por la gran

tendencia democratizadora. En Pekín, las manifestaciones estudiantiles que

estallaron primero en diciembre de 1986, y que hace poco volvieron a

ocurrir con motivo de la impactante muerte de Hu Yao, fueron sólo el

comienzo de lo que inevitablemente constituirá una mayor presión para un

cambio también dentro del sistema político.

Lo importante respecto de China, desde el punto de vista de la

historia mundial, no es el estado actual de la reforma ni aun sus

perspectivas futuras. La cuestión central es el hecho que la República

Popular China ya no puede servir de faro de las diversas fuerzas antiliberales

del mundo, ya se trate de guerrilleros en alguna selva asiática o de

estudiantes de clase media en París. El maoísmo, más que constituir el

modelo para el Asia del futuro, se ha convertido en un anacronismo, y, en

efecto, fueron los chinos continentales quienes se vieron afectados de

manera decisiva por la influencia de la prosperidad y dinamismo de sus

hermanos de raza de ultramar: la irónica victoria final de Taiwán.

Por importantes que hayan sido estos cambios en China, sin

embargo, son los avances en la Unión Soviética —la patria "del

proletariado mundial"— los que han puesto el último clavo en el sarcófago

de la alternativa marxista-leninista a la democracia liberal. Es preciso que se

entienda con claridad que, en términos de instituciones formales, no ha

habido grandes cambios en los cuatro años transcurridos desde que

Gorbachov llegara al poder: los mercados libres y las cooperativas representan

sólo una pequeña parte de la economía soviética, la cual permanece

centralmente planificada; el sistema político sigue estando dominado por el

partido comunista, que sólo ha comenzado a democratizarse internamente y

a compartir el poder con otros grupos; el régimen continúa afirmando que

sólo busca modernizar el socialismo y que su base ideológica no es otra que

el marxismo-leninismo; y, por último, Gorbachov encara una oposición

¿ EL FIN DE LA HISTORIA ? 21

conservadora potencialmente poderosa que puede revertir muchos de los

cambios que han tenido lugar hasta ahora. Más aún, difícilmente pueden

albergarse demasiadas esperanzas en las posibilidades de éxito de las

reformas propuestas por Gorbachov, ya sea en la esfera de la economía o en

la política. Pero no me propongo aquí analizar los acontecimientos en el

corto plazo ni hacer predicciones cuyo objeto sea la formulación de

políticas, sino examinar las tendencias subyacentes en la esfera de la

ideología y de la conciencia. Y en ese respecto, claro está que ha habido una

transformación sorprendente.

Los emigrados de la Unión Soviética han estado denunciando, por lo

menos ahora hasta la última generación, que prácticamente nadie en ese país

creía ya de verdad en el marxismo-leninismo, y que en ninguna otra parte

sería esto más cierto que en la élite soviética, que continuaba recitando

cínicamente slogans marxistas. Sin embargo, la corrupción y la decadencia

del Estado soviético de los últimos años de Brezhnev parecían importar

poco, ya que en tanto el Estado mismo se rehusase a cuestionar cualesquiera

de los principios fundamentales subyacentes a la sociedad soviética, el

sistema podía funcionar adecuadamente por simple inercia, e incluso exhibir

cierto dinamismo en el campo de las políticas exterior y de defensa. El

marxismo-leninismo era como un encantamiento mágico que, aunque

absurdo y desprovisto de significado, constituía la única base común sobre

la cual la élite podía gobernar la sociedad.

Lo que ha sucedido en los cuatro años desde que Gorbachov asumiera

el poder es una embestida revolucionaria contra las instituciones y

principios más fundamentales del stalinismo, y su reemplazo por otros

principios que no llegan a ser equivalentes al liberalismo per se, pero cuyo

único hilo de conexión es el liberalismo. Esto se hace más evidente en la

esfera económica, donde los economistas reformistas que rodean a

Gorbachov se han vuelto cada vez más radicales en su respaldo a los

mercados libres, al punto que a algunos, como Nikolai Shmelev, no les

importa que se les compare en público con Milton Friedman. Hoy existe un

virtual consenso dentro de la escuela de economistas soviéticos actualmente

dominante, en cuanto a que la planificación central y el sistema dirigido de

asignaciones son la causa originaria de la ineficiencia económica, y que el

sistema soviético podrá sanar algún día sólo si permite que se adopten

decisiones libres y descentralizadas respecto de la inversión, el trabajo y los

precios. Luego de un par de años iniciales de confusión ideológica, estos

principios se han incorporado finalmente a las políticas, con la

promulgación de nuevas leyes sobre autonomía empresarial, cooperativas, y

por último, en 1988, sobre modalidades de arrendamientos y predios

22 ESTUDIOS PÚBLICOS

agrícolas de explotación familiar. Hay, por cierto, numerosos errores fatales

en la actual aplicación de la reforma, especialmente en lo que respecta a la

ausencia de una modificación integral del sistema de precios. Pero el

problema ya no es de orden "conceptual": Corbachov y sus lugartenientes

parecen comprender suficientemente bien la lógica económica del mercado,

pero al igual que los dirigentes de un país del Tercer Mundo que enfrenta al

FMI, temen a las consecuencias sociales derivadas del término de los

subsidios a los productos de consumo y otras formas de dependencia del

sector público.

En la esfera política, los cambios propuestos a la Constitución

soviética, al sistema legal y los reglamentos del partido no significan ni

mucho menos el establecimiento de un Estado liberal. Gorbachov ha

hablado de democratización principalmente en la esfera de los asuntos

internos del partido, y ha dado pocas señales de querer poner fin al

monopolio del poder que detenta el partido comunista; de hecho, la reforma

política busca legitimar y, por tanto, fortalecer el mando del PCUS.13

No obstante, los principios generales que subyacen en muchas de las

reformas —que el "pueblo" ha de ser verdaderamente responsable de sus

propios asuntos; que los poderes políticos superiores deben responder a los

inferiores y no a la inversa; que el imperio de la ley debe prevalecer sobre

las acciones policíacas arbitrarias, con separación de poderes y un poder

judicial independiente; que deben protegerse legalmente los derechos de

propiedad, el debate abierto de los asuntos públicos y la disidencia pública;

que los soviets se deben habilitar como un foro en el que todo el pueblo

pueda participar, y que ha de existir una cultura política más tolerante y

pluralista— provienen de una fuente completamente ajena a la tradición

marxista-leninista de la URSS, aunque la formulación de ellos sea

incompleta y su implementación muy pobre.

Las reiteradas afirmaciones de Gorbachov en el sentido que sólo está

procurando recuperar el significado original del leninismo son en sí una

suerte de doble lenguaje orwelliano. Gorbachov y sus aliados permanentemente

han sostenido que la democracia al interior del partido era de algún

modo la esencia del leninismo, y que las diversas prácticas liberales de

debate abierto, elecciones con voto secreto, e imperio de la ley, formaban

todos pane del legado leninista, y sólo se corrompieron más tarde con

13Sin embargo, esto no es así en Polonia y Hungría donde los

respectivos partidos comunistas han dado pasos hacia el pluralismo y a

compartir verdaderamente el poder.

¿ EL FIN DE LA HISTORIA ? 23

Stalin. Aunque prácticamente cualquiera puede parecer bueno si se le compara

con Stalin, trazar una línea tan drástica entre Lenin y su sucesor es

cuestionable. La esencia del centralismo democrático de Lenin era el

centralismo, no la democracia; esto es, la dictadura absolutamente rígida,

monolítica y disciplinada de un partido comunista de vanguardia jerárquicamente

organizado, que habla en nombre del demos. Todos los virulentos

ataques de Lenin contra Karl Kautsky, Rosa Luxemburgo y varios

otros mencheviques y rivales social demócratas, para no mencionar su

desprecio por la "legalidad burguesa" y sus libertades, se centraban en su

profunda convicción de que una revolución dirigida por una organización

gobernada democráticamente no podía tener éxito.

La afirmación de Gorbachov de que busca retomar al verdadero Lenin

es fácilmente comprensible: habiendo promovido una denuncia exhaustiva

del stalinismo y el brezhnevismo, sindicados como causa originaria del

actual predicamento en que se encuentra la URSS, necesita de un punto de

apoyo en la historia soviética en el cual afincar la legitimidad de la

continuación del mando del PCUS. Pero los requerimientos tácticos de

Gorbachov no deben obnubilarnos el hecho que los principios democráticos

y descentralizadores que ha enunciado, tanto en la esfera política como en la

económica, son altamente subversivos de algunos de los preceptos más

fundamentales del marxismo y del leninismo. En realidad, si el grueso de

las proposiciones de reforma económica se llevaran a efecto, es difícil

pensar que la economía soviética podría ser más socialista que la de otros

países occidentales con enormes sectores públicos.

La Unión Soviética de ningún modo podría ahora catalogarse de país

democrático o liberal, y tampoco creo que la perestroika tenga muchas

posibilidades de triunfar en forma tal que dicha etiqueta pueda ser concebible

en un futuro cercano. Pero al término de la historia no es necesario que

todos los países se transformen en sociedades liberales exitosas, sólo basta

que abandonen sus pretensiones ideológicas de representar formas diferentes

y más elevadas de sociedad humana. Y en este respecto creo que algo muy

importante ha sucedido en la Unión Soviética en los últimos años: las

críticas al sistema soviético sancionadas por Gorbachov han sido tan vastas

y devastadoras, que las posibilidades de retroceder con facilidad al stalinismo

o al brezhnevismo son muy escasas. Gorbachov finalmente ha permitido

que la gente diga lo que privadamente había comprendido desde hacía

muchos años, es decir, que los mágicos encantamientos del marxismoleninismo

eran un absurdo, que el socialismo soviético no era superior en

ningún aspecto al sistema occidental, sino que fue, en realidad, un fracaso

monumental. La oposición conservadora en la URSS, conformada tanto por

24 ESTUDIOS PÚBLICOS

sencillos trabajadores que temen al desempleo y la inflación, como por

funcionarios del partido temerosos de perder sus trabajos y privilegios, se

expresa con claridad, es franco y puede ser lo suficientemente fuerte como

para forzar la salida de Gorbachov en los próximos años. Pero lo que ambos

grupos desean es tradición, orden y autoridad: y no manifiestan un

compromiso muy profundo con el marxismo-leninismo, salvo por el hecho

de haber dedicado gran parte de su propia vida a él.14 Para que en la Unión

Soviética se pueda restaurar la autoridad, después de la demoledora obra de

Gorbachov, se precisará de una nueva y vigorosa base ideológica, que aún

no se vislumbra en el horizonte.

Si aceptamos por el momento que ya no existen los desafíos al

liberalismo presentados por el fascismo y el comunismo, ¿quiere decir que

ya no quedan otros competidores ideológicos? O, dicho de manera diferente,

¿existen otras contradicciones en las sociedades liberales, más allá de la de

clases, que no se puedan resolver? Se plantean dos posibilidades: la de

religión y la del nacionalismo.

El surgimiento en los últimos años del fundamentalismo religioso

en las tradiciones Cristiana, Judía y Musulmana ha sido extensamente

descrito. Se tiende a pensar que el renacimiento de la religión confirma, en

cierto modo, una gran insatisfacción con la impersonalidad y vacuidad

espiritual de las sociedades consumistas liberales. Sin embargo, aun cuando

el vacío que hay en el fondo del liberalismo es, con toda seguridad, un

defecto de la ideología —para cuyo reconocimiento, en verdad, no se

necesita de la perspectiva de la religión—,15 no está del todo claro que esto

pueda remediarse a través de la política. El propio liberalismo moderno fue

históricamente consecuencia de la debilidad de sociedades de base religiosa,

las que no pudiendo llegar a un acuerdo sobre la naturaleza de la buena vida,

fueron incapaces de proveer siquiera las mínimas precondiciones de paz y

estabilidad. En el mundo contemporáneo, sólo el Islam ha presentado un

Estado teocrático como alternativa política tanto al liberalismo como al

comunismo. Pero la doctrina tiene poco atractivo para quienes no son

14 Esto es particularmente cierto respecto del líder conservador

soviético Yegor Ligachev, ex Segundo Secretario, quien ha reconocido

públicamente muchos de los importantes defectos del período de Brezhnev.

15Pienso especialmente en Rousseau y en la tradición filosófica

occidental que se desprende de él, la que ha sido muy crítica del liberalismo

lockiano y hobbesiano; aunque también podríamos criticar el liberalismo

desde la perspectiva de la filosofía política clásica.

¿ EL FIN DE LA HISTORIA ? 25

musulmanes, y resulta difícil imaginar que el movimiento adquiera alguna

significación universal. Otros impulsos religiosos menos organizados se

han satisfecho exitosamente dentro de la esfera de la vida personal que se

permite en las sociedades liberales.

La otra "contradicción" mayor potencialmente insoluble en el liberalismo

es la que plantean el nacionalismo y otras formas de conciencia racial

y étnica. En realidad, es verdad que el nacionalismo ha sido la causa de un

gran número de conflictos desde la batalla de Jena. En este siglo, dos guerras

catastróficas fueron generadas, de un modo u otro, por el nacionalismo

del mundo desarrollado, y si esas pasiones han enmudecido hasta cierto

punto en la Europa de la posguerra, ellas son aún extremadamente poderosas

en el Tercer Mundo. El nacionalismo ha sido históricamente una amenaza

para el liberalismo en Alemania, y lo continúa siendo en algunos lugares

aislados de la Europa "poshistórica", como Irlanda del Norte.

Pero no está claro que el nacionalismo represente una contradicción

irreconciliable en el corazón del liberalismo. En primer lugar, el nacionalismo

no es sólo un fenómeno sino varios que van desde la tibia nostalgia

cultural a la altamente organizada y elaboradamente articulada doctrina

Nacional Socialista. Solamente los nacionalismos sistemáticos de esta última

clase pueden calificarse de ideología formal en el mismo nivel del

liberalismo y el comunismo. La gran mayoría de los movimientos nacionalistas

del mundo no tienen una proposición política más allá del anhelo

negativo de independizarse "de" algún otro grupo o pueblo, y no ofrecen

nada que se asemeje a un programa detallado de organización socioeconómica.

Como tales, son compatibles con doctrinas e ideologías que sí

ofrecen dichos programas. Y si bien ellos pueden constituir una fuente de

conflicto para las sociedades liberales, este conflicto no surge tanto del

liberalismo mismo como del hecho que el liberalismo en cuestión es incompleto.

Por cierto, gran número de tensiones étnicas nacionalistas pueden

explicarse en términos de pueblos que se ven forzados a vivir en sistemas

políticos no representativos, que ellos no han escogido.

Puesto que es imposible descartar la aparición súbita de nuevas

ideologías o contradicciones antes no reconocidas en las sociedades liberales,

el mundo de hoy parece entonces confirmar que el avance de los principios

fundamentales de la organización politico-social no ha sido muy extraordinario

desde 1806. Muchas de las guerras y revoluciones que han tenido lugar

desde esa fecha, se emprendieron en nombre de ideologías que afirmaban ser

más avanzadas que el liberalismo, pero cuyas pretensiones fueron en

definitiva desenmascaradas por la historia. Y, al tiempo, han contribuido a

26 ESTUDIOS PÚBLICOS

propagar el Estado homogéneo universal al punto que éste podrá tener un

efecto significativo en el carácter global de las relaciones internacionales.

IV

¿Cuáles son las implicancias del fin de la historia para las relaciones

internacionales? Claramente, la enorme mayoría del Tercer Mundo permanece

atrapada en la historia, y será área de conflicto por muchos años más.

Pero concentrémonos, por el momento, en los Estados más grandes y

desarrollados del mundo, quienes son, después de todo, los responsables de

la mayor parte de la política mundial. No es probable, en un futuro predecible,

que Rusia y China se unan a las naciones desarrolladas de Occidente

en calidad de sociedades liberales, pero supongamos por un instante que el

marxismo-leninismo cesa de ser un factor que impulse las políticas

exteriores de estos Estados, una perspectiva que si aún no está presente, en

los últimos años se ha convertido en real posibilidad. En una coyuntura

hipotética como ésa: ¿cuán diferentes serían las características de un mundo

desideologizado de las del mundo con el cual estamos familiarizados?

La respuesta más común es la siguiente: no muy distintas. Porque

muchos son los observadores de las relaciones internacionales que creen que

bajo la piel de la ideología hay un núcleo duro de interés nacional de gran

potencia que garantiza un nivel relativamente alto de competencia y de

conflicto entre las naciones. En efecto, según una escuela de teoría de las

relaciones internacionales, que goza de popularidad académica, el conflicto

es inherente al sistema internacional como tal, y para comprender la factibilidad

del conflicto debe examinarse la forma del sistema —por ejemplo,

si es bipolar o multipolar— más que el carácter específico de las naciones y

regímenes que lo constituyen. Esta escuela, en efecto, aplica una visión

hobbesiana de la política a las relaciones internacionales y presupone que la

agresión y la inseguridad son características universales de las sociedades

humanas, más que el producto de circunstancias históricas específicas.

Quienes comparten esa línea de pensamiento consideran las relaciones

existentes entre los países de la Europa del siglo XIX, en el sistema

clásico de equilibrio de poderes, como modelo de lo que sería un mundo

contemporáneo desideologizado. Charles Krauthammer, por ejemplo, explicaba

poco tiempo atrás que si la URSS se viera despojada de la ideología

marxista-leninista como resultado de las reformas de Gorbachov, su con¿

EL FIN DE LA HISTORIA ? 27

ducta volvería a ser la misma de la Rusia Imperial decimonónica.16 Aunque

estima que esto es más alentador que la amenaza de una Rusia comunista,

deja entrever que todavía habrá un substancial grado de competencia y de

conflicto en el sistema internacional, tal como lo hubo, digamos, entre

Rusia y Gran Bretaña o la Alemania guillermina en el siglo pasado. Este

es, por cierto, un punto de vista conveniente para aquellos que desean

admitir que algo importante está cambiando en la Unión Soviética, pero que

no quieren aceptar la responsabilidad de recomendar la reorientación radical

de las políticas implícita en esa visión. Pero ¿es esto cierto?

En realidad, la noción de que la ideología es una superestructura impuesta

sobre un substrato constituido por los intereses permanentes de una

gran potencia, es una proposición sumamente discutible. Porque la manera

en que un Estado define su interés nacional no es universal, sino que se

apoya en cierto tipo de base ideológica, así como vimos que la conducta

económica está determinada por un estado previo de conciencia. En este

siglo, los Estados han adoptado doctrinas claras y coherentes, con programas

explícitos de política exterior que legitiman el expansionismo, a

semejanza del marxismo-leninismo o el nacional socialismo. La conducta

expansionista y competitiva de los Estados europeos en el siglo diecinueve

descansaba sobre una base no menos idealista; únicamente que la ideología

que la impulsaba era menos explícita que las doctrinas del siglo veinte. No

sin razón la mayoría de las sociedades "liberales" europeas no eran liberales

en cuanto creían en la legitimidad del imperialismo, esto es, en el derecho

de una nación a dominar a otras naciones sin tomar en cuenta los deseos de

los dominados. Las justificaciones del imperialismo variaban de nación en

nación, e iban desde la cruda creencia en la legitimidad de la fuerza,

especialmente cuando se la aplicaba a los no europeos, a la Responsabilidad

del Hombre Blanco y la Misión Evangelizadora de Europa, hasta el anhelo

de dar a la gente de color acceso a la cultura de Rabelais y Molière. Pero

cualesquiera fuesen las bases ideológicas específicas, todo país "desarrollado"

creía que las civilizaciones superiores debían dominar a las inferiores,

incluido, incidentalmente, el caso de los Estados Unidos respecto a

Filipinas. En la última parte del siglo, esto produjo las ansias de una

expansión territorial pura, la que desempeñara un papel nada pequeño en la

generación de la Gran Guerra.

16Véase su artículo, "Beyond the Cold War", New Republic, diciembre

19, 1988.

28 ESTUDIOS PÚBLICOS

El fruto del imperalismo radical y desfigurado del siglo diecinueve

fue el fascismo alemán, una ideología que justificaba el derecho de

Alemania no sólo a dominar a los pueblos no europeos, sino también a

"todos" aquellos que no eran alemanes. Pero, retrospectivamente, Hitler al

parecer representó un insano desvío en el curso general del desarrollo

europeo, y, desde su candente derrota, la legitimidad de cualquier clase de

expansión territorial ha quedado desacreditada por completo.17 Luego de la

segunda guerra mundial, el nacionalismo europeo se ha visto despojado de

sus garras y de toda relevancia real en la política exterior, con el resultado de

que el modelo decimonónico de conducta de las grandes potencias ha pasado

a ser un severo anacronismo. La forma más extrema de nacionalismo que un

país europeo ha podido exhibir desde 1945 fue el gaullismo, cuya asertividad

ha sido ampliamente confinada a la esfera de la política y cultura perniciosas.

La vida internacional en aquella parte del mundo donde se ha llegado

al fin de la historia, se centra mucho más en la economía que en la política

o la estrategia.

Los Estados occidentales desarrollados mantienen, por cierto, instituciones

de defensa, y en el período de posguerra se han disputado arduamente

su influencia para hacer frente al peligro comunista mundial. Esta

conducta ha sido alentada, sin embargo, por la amenaza externa proveniente

de Estados que poseen ideologías abiertamente expansionistas, y no se daría

si no fuera por ello. Para que la teoría "neorrealista" pueda considerarse

seriamente, tendríamos que creer que entre los países miembros de la OECD

se restablecería la "natural" conducta competitiva si Rusia y China llegasen

a desaparecer de la faz de la Tierra. Esto es, Alemania Occidental y Francia

se armarían una contra la otra como lo hicieron en los años 30; Australia y

Nueva Zelandia enviarían asesores militares con el objeto de bloquearse uno

al otro sus respectivos avances en África, y se fortificaría la frontera entre

EE.UU. y Canadá. Dicha perspectiva, por supuesto, es irrisoria: sin la

ideología marxista-leninista tenemos muchas más posibilidades de ver la

Common Marketization de la política mundial que la desintegración de la

CEE por una competitividad propia del siglo diecinueve. Efectivamente,

como lo demuestra nuestra experiencia cuando hemos tenido que abordar con

los europeos materias tales como el terrorismo o Libia, ellos han ido

17Después de la guerra, a las potencias europeas que poseían colonias,

como Francia, les tomó varios años admitir la ilegitimidad de sus imperios;

pero la descolonización fue una consecuencia inevitable de la victoria de los

Aliados, la que se había basado en la promesa de restaurar las libertades

democráticas.

¿ EL FIN DE LA HISTORIA ? 29

mucho más lejos que nosotros en el camino de negar la legitimidad del uso

de la fuerza en la política internacional, incluso en defensa propia.

La suposición automática de que una Rusia despojada de su ideología

comunista expansionista retomaría el camino en el que los zares la dejaron

justo antes de la Revolución Bolchevique, resulta, por tanto, muy curiosa.

Da por supuesto que la evolución de la conciencia humana ha quedado

detenida en el intertanto, y que los soviéticos, aunque adopten ideas de moda

en el campo de la economía, retornarán en materia de política exterior a

concepciones que hace un siglo quedaron obsoletas en el resto de Europa.

Esto, por cierto, no es lo que ocurrió en China luego que se iniciara el

proceso de reforma. La competitividad y el expansionismo chinos han

desaparecido virtualmente del escenario mundial. Pekín ya no patrocina

insurgencias maoístas ni intenta cultivar influencias en lejanos países

africanos como lo hacía en los años sesenta. Esto no significa que la actual

política exterior no presente aspectos perturbadores, como la imprudente

venta de tecnología de misiles balísticos al Medio Oriente; y la República

China continúa exhibiendo la tradicional conducta de gran potencia al

apadrinar el Khmer Rouge contra Vietnam. Pero lo primero se explica por

motivos económicos, y lo último es un vestigio de antiguas rivalidades de

base ideológica. La nueva China se asemeja mucho más a la Francia de De

Gaulle que a la Alemania de la primera guerra mundial.

La verdadera interrogante del futuro, sin embargo, es el grado en que

las élites soviéticas han asimilado la conciencia del Estado homogéneo

universal que es la Europa poshitleriana. Por sus escritos, y por mis

contactos personales con ella no me cabe duda alguna que la intelligentsia

liberal soviética congregada en torno a Gorbachov ha llegado a la visión del

fin de la historia en un lapso extraordinariamente corto, y esto se debe, en

no poca medida, a los contactos que sus miembros han tenido, desde la era

Brezhnev, con la civilización europea que les rodea. El "Nuevo Pensamiento

Político", la rúbrica de sus concepciones, describe un mundo dominado por

preocupaciones económicas, en el que no existen bases ideológicas para un

conflicto importante entre las naciones, y en el cual, por consiguiente, el

uso de la fuerza militar va perdiendo legitimidad. Como señalara el Ministro

de Relaciones Exteriores, Eduard Shevardnadze, a mediados de 1988:

La lucha entre dos sistemas opuestos ha dejado de ser una

tendencia determinante de la era actual. En la etapa moderna,

la capacidad para acumular riqueza material a una tasa

acelerada —sobre la base de una ciencia de avanzada y de un

alto nivel técnico y tecnológico— y su justa distribución,

30 ESTUDIOS PÚBLICOS

así como la restauración y protección, mediante un esfuerzo

conjunto, de los recursos necesarios para la supervivencia de

la humanidad, adquieren decisiva importancia.18

Sin embargo, la conciencia poshistórica que representa el "nuevo

pensamiento" sólo es uno de los futuros posibles de la Unión Soviética. Ha

existido siempre en la Unión Soviética una fuerte corriente de chovinismo

ruso, la que ha podido expresarse con mayor libertad desde el advenimiento

de la glasnost. Es posible que por un tiempo se retorne al marxismoleninismo

tradicional, simplemente como una oportunidad de reagrupación

para aquellos que quieren restaurar la autoridad que Gorbachov ha disipado.

Pero como en Polonia, el marxismo-leninismo ha muerto como ideología

movilizadora: bajo sus banderas no puede lograrse que la gente trabaje más,

y sus adherentes han perdido la confianza en sí mismos. A diferencia de los

propagandistas del marxismo-leninismo tradicional, sin embargo, los

ultranacionalistas en la URSS creen apasionadamente en su causa

eslavófíla, y tiene uno la sensación de que la alternativa fascista no es algo

que allí se haya desvanecido por completo.

La Unión Soviética, por tanto, se encuentra en un punto de

bifurcación del camino: puede comenzar a andar por el que Europa occidental

demarcó hace cuarenta y cinco años, un camino que ha seguido la mayor

parte de Asia, o puede consumar su propia singularidad y permanecer

estancada en la historia. La decisión que adopte será muy importante para

nosotros, dados el tamaño y el poderío militar de la Unión Soviética;

porque esta potencia seguirá preocupándonos y disminuirá nuestra

conciencia de que ya hemos emergido al otro lado de la historia.

La desaparición del marxismo-leninismo, primero en China y luego

en la Unión Soviética, significará su muerte como ideología viviente de

importancia histórica mundial. Porque si bien pueden haber algunos

auténticos creyentes aislados en lugares como Managua, Pyongyang, o en

18Vestnik Ministersiva Inostrannikb Del SSSR, Nº 15 (agosto 1988),

pp. 27-46. El "nuevo pensamiento" cumple, naturalmente, la finalidad

propagandística de persuadir a la audiencia de Occidente respecto a las buenas

intenciones soviéticas. Pero el hecho que sea buena propaganda no significa

que sus formuladores no tomen muchas de sus ideas seriamente.

V

¿ EL FIN DE LA HISTORIA ? 31

Cambridge, Massachusetts, el hecho de que no haya un solo Estado

importante en el que tenga éxito socava completamente sus pretensiones de

estar en la vanguardia de la historia humana. Y la muerte de esta ideología

significa la creciente Common Marketization de las relaciones internacionales,

y la disminución de la posibilidad de un conflicto en gran escala entre

los Estados.

Esto no significa, por motivo alguno, el fin del conflicto

internacional per se. Porque el mundo, en ese punto, estaría dividido entre

una parte que sería histórica y una parte que sería poshistórica. Incluso

podrían darse conflictos entre los Estados que todavía permanecen en la

historia, y entre estos Estados y aquellos que se encuentran al final de la

historia. Se mantendrá también un nivel elevado y quizás creciente de

violencia étnica y nacionalista puesto que estos impulsos aún no se han

agotado por completo en algunas regiones del mundo poshistórico.

Palestinos y kurdos, sikhs y tamiles, católicos irlandeses y valones, armenios

y azerbaijaníes seguirán manteniendo sus reclamaciones pendientes.

Esto implica que el terrorismo y las guerras de liberación nacional

continuarán siendo un asunto importante en la agenda internacional. Pero

un conflicto en gran escala tendría que incluir a grandes Estados aún

atrapados en la garra de la historia, y éstos son los que parecen estar

abandonando la escena.

El fin de la historia será un momento muy triste. La lucha por el

reconocimiento, la voluntad de arriesgar la propia vida por una meta

puramente abstracta, la lucha ideológica a escala mundial que exigía audacia,

coraje, imaginación e idealismo, será reemplazada por el cálculo económico,

la interminable resolución de problemas técnicos, la preocupación por el

medio ambiente, y la satisfacción de las sofisticadas demandas de los

consumidores. En el período poshistórico no habrá arte ni filosofía, sólo la

perpetua conservación del museo de la historia humana. Lo que siento

dentro de mí, y que veo en otros alrededor mío, es una fuerte nostalgia de la

época en que existía la historia. Dicha nostalgia, en verdad, va a seguir

alentando por algún tiempo la competencia y el conflicto, aun en el mundo

poshistórico. Aunque reconozco su inevitabilidad, tengo los sentimientos

más ambivalentes por la civilización que se ha creado en Europa a partir de

1945, con sus descendientes en el Atlántico Norte y en Asia. Tal vez esta

misma perspectiva de siglos de aburrimiento al final de la historia servirá

para que la historia nuevamente se ponga en marcha.