domingo, 26 de febrero de 2012

Trenes, 17 intelectuales y ninguna flor



Estoy convencido de que los trenes deben ser manejados por el Estado y brego porque los malvinenses tengan mis mismos derechos como argentinos, que no vivan bajo una monarquía medieval.

Quien escribe estas palabras, a pesar de ser un hombre de fe, tiene muy pocos dogmas. Entre ellos hay dos que han permanecido inalterables a lo largo de su vida: YPF debe ser de todos los argentinos y los ferrocarriles deben ser manejados por el Estado, porque son un servicio público económico destinado a los sectores más humildes de la sociedad. Como escribió alguna vez Raúl Scalabrini Ortiz, “los trenes fueron un instrumento del colonialismo inglés, deben ser ahora una herramienta de independencia”. Ese fue mi credo toda la vida. Y este primero de marzo voy a volver a celebrar el día en que los “ferrocarriles volvieron a ser argentinos”, en aquel 1948 bajo el gobierno de Juan Domingo Perón.

La tragedia del martes a la mañana que costó la vida de más de 50 personas fue un mazazo a la política pública del gobierno nacional en este tema por la sencilla razón que pone en crisis –cuestiona el fundamento esencial de su política de subsidios– todo el andamiaje construido desde hace ya varios años. ¿Por qué? Sencillo, porque la política de subsidios pensada para que millones de argentinos humildes puedan viajar a precios irrisorios terminó siendo letal en manos del grupo concesionario que más control y poder tiene sobre los trenes: la familia Cirigliano, que maneja el Sarmiento, el ex Mitre, y como miembros de UGOFE también tienen parte del San Martín y el Roca Sur. Murieron aquellos a los que justamente iba dirigida la política social de abaratar los pasajes. Hoy, por ejemplo, un trabajador paga el boleto de tren un 10% de lo que cuesta el mismo tramo en cualquier capital europea, obviamente con un servicio similar en calidad a ese porcentaje de costo. De todas maneras, la ecuación parecía cerrar momentáneamente –a pesar de los constantes conflictos con pasajeros– siempre y cuando no estuviera en juego la seguridad, porque, como es obvio, la vida no se negocia. A esto se le suma el hecho de que sobre la política de subsidios hubo desde hace muchos años una sospecha permanente de retornos cruzados desde antes de la gestión de Ricardo Jaime. Mal servicio, corrupción, irresponsabilidad empresaria y muertes son un combo que obligan a repensar toda la política pública y a realizar una sintonía gruesa, al menos en materia de transporte.

Me consta personalmente que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner considera que “las cajas” son formas depravadas de hacer política. Por eso creo que, como anunció a sus colaboradores esta semana, será implacable con los responsables y tomará las decisiones más duras que haya que tomar. Creo, también, que su ausencia en el lugar del hecho, en los hospitales, en la falta de una cadena nacional inmediata, dejó desamparados a propios y ajenos en un momento de profundo dolor colectivo. Entre la ausencia de Néstor Kirchner post Cromañón y la acertada presencia de la presidenta en Tartagal, esta última fue la que construyó un estilo contenedor que siempre es bien recibido por las víctimas de cualquier suceso. Total, si es por cálculo político –y no creo que lo sea– la oposición y los medios van a cargar igual contra la mandataria.

La tragedia del martes demuestra que en materias como transportes e infraestructura –medio siglo de desidia– todavía es necesario usar un trazo grueso para las transformaciones que la Argentina necesita. Sin dudas, debería significar el fin del modelo de negocios y de ineptitudes montado por las privatizaciones menemistas y que el kirchnerismo no pudo desarmar hasta el momento. Ahora bien, exigirle a la presidenta de la Nación una resolución inmediata y a los gritos –además de responder a una provocación opositora, a la histeria que nos caracteriza a los sectores TNizados y al dramatismo en sí que tiene la cuestión– significa un desconocimiento de cómo reacciona Cristina Fernández. Seguramente será implacable. Pero es demasiado seria y obsesiva del estudio como para tener una reacción muchachista y demagógica. Desde echar a Juan Pablo Schiavi a rescindir la concesión a TBA, hasta estatizar los ferrocarriles, no lo va a hacer a las apuradas. Porque, además, está bien que así sea. Un político que piensa como estadista no actúa empujado por las circunstancias. Y, sobre todo, porque cualquier determinación que se tome implica una infinidad de variables técnicas, políticas, administrativas, prácticas, de conducción, que requieren de algo más que de un gesto político. Por ejemplo, ¿cómo se resuelve administrativamente el traspaso? ¿De qué manera se cubren los cargos técnicos? ¿Quién conduce las empresas estatizadas? El que escribe esta nota, ¿que sabe menos de trenes que de la “transustanciación del cangrejo”? ¿Fernando Pino Solanas que es un gran cineasta? ¿Ernesto Tenembaum, a quien aprecio, quien tilingamente dijo que otra vez tuvo ganas de decir “qué país de mierda”? ¿Puede el Estado invertir los millones de dólares necesarios para reconvertir en serio la red de trenes de nuestro país en un año de profunda recesión mundial?

Estoy convencido de que los trenes deben ser manejados por el Estado. Y también intuyo que en su fuero íntimo la presidenta de la Nación piensa lo mismo. Los millones de argentinos que fuimos sacudidos por la tragedia de Once podemos darnos el lujo de actuar y hablar en función de nuestras sensaciones y sensibilidades. Ella no. Y no se pueden dar pasos en falsos en este tema. Porque si el día de mañana, con los trenes estatizados se produce una tragedia similar, por ejemplo, los mismos que hoy se rasgan las vestiduras por las concesiones privadas van a pedir la reprivatización de los ferrocarriles.



MALVINAS: TANTO PARA TAN POCO . Diecisiete intelectuales y ninguna flor. Así podría titularse el pobrísimo documento “Malvinas, una mirada alternativa” escrito por los intelectuales con carnet entregados por el diario La Nación. Pero no es paupérrimo porque esta pensado desde la tradición montevideana –aquellos escritores pseudo románticos de mitades del siglo XIX que apoyaron a Gran Bretaña y Francia en sus bloqueos agresivos contra la Confederación Argentina–, a la cual se la podría acusar tontamente de “cipaya”, “tilinga”, “traidora”, epítetos que no voy a usar, no por no ser ciertos, sino porque serían chicaneros y rebajan aun más el pésimo debate propuesto por el Grupo de los 17.

El principio de autodeterminación está pensado para la descolonización de los pueblos sometidos, no para argumentación de las potencias imperiales y los intelectuales oficialistas de Su Majestad, vivan estos en Gran Bretaña o en países latinoamericanos. Sin ir más lejos, no se utilizó ni siquiera en Hong Kong, donde sus habitantes preferían seguir siendo ciudadanos británicos, pero como se trataba de China, el Reino Unido se olvido de ese principio sagrado “sólo para la cuestión Malvinas”. Tener una mirada alternativa es válido; ignorar, no tanto.

Me interesa resaltar dos cosas: a) el grupo de los 17 debería decir: “Señores, nosotros apoyamos abiertamente la estrategia de negociación del menemismo que intentó acercar posiciones con el Reino Unido evitando el tema Malvinas (párrafo tercero)”; y b) debería ser más explícitos en el apoyo a la estrategia actual del gobierno nacional, porque que todos sepamos –me refiero al 80% de la población según las últimas estadísticas y a los líderes de la oposición– hasta ahora el gobierno sólo ha utilizado la vía pacífica e intentado el diálogo.

Por último me quiero referir a la falacia más importante que tiene el documento: “El principio de autodeterminación sobre el que ha sido fundado este país.” ¿Perdón? ¿De qué país hablan, muchachos? ¿De Argirópolis, de Cacodelphia, en qué país imaginario están pensando? ¿O se refieren a la autodeterminación de las provincias sometidas por Buenos Aires con el Ejército mitrista en 1862? ¿O de los pueblos originarios asesinados por Julio Argentino Roca? ¿O por la federalización de Buenos Aires tan bien descripta por Hilda Sábato en sus libros que realizó el Ejército nacional ensangrentando las calles de Buenos Aires? ¿No leen ni sus propios trabajos? Ah… Se deben referir al Preámbulo de la Constitución Nacional… ¿La misma que fue hija del golpe de Estado de Caseros en el que fueron cómplices liberales unitarios argentinos, colorados uruguayos, y las coronas portuguesas e inglesas? ¿Qué visión edulcorada de la historia nos pretenden vender? Con razón se les pusieron los pelos de punta con la creación del Instituto de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego. Voy entendiendo.

La Argentina es un país federal, no confederado, señores, las provincias y territorios no tienen autodeterminación sino autonomía. Lo prescribieron liberales conservadores como algunos de ustedes en la Constitución del ’53. Y en los anexos de la reforma del ’94 –la única consensuada en nuestra historia– dice claramente que la Argentina no puede renunciar a su soberanía sobre Malvinas. No por una cuestión de “patrioterismo” barato, sino porque están sentados, también, sobre 200 mil millones de dólares en petróleo que nos corresponden. Con eso pagaríamos la deuda externa completa y nos quedaría divisas para divertirnos un buen rato, por ejemplo. ¿El Grupo de los 17 considera que esos recursos deben ser de los ingleses? ¿Y después están en contra de la minería? Contradictorio, ¿no?

Desgraciadamente, la política está atravesada por la fuerza militar. Y el desafío siempre consiste en oponer soluciones pacíficas a imposiciones de facto. La democracia consiste en crear derechos donde hay imposiciones. En mi caso personal brego porque los malvinenses tengan mis mismos derechos como argentinos, que no vivan bajo una monarquía medieval, que tengan derecho al matrimonio igualitario, a transitar libremente por la Argentina, que tengan jubilación del Anses, etcétera.

Entiendo que alguno que otro periodista sin la formación política necesaria –especialistas en secciones como Espectáculos o Deportes–, no estén mucho al tanto de estas cosas, pero que algunos intelectuales respetables, no todos, no lo sepan, me deja sorprendido. Me da mucho menos miedo que sea mala intención que desconocimiento.<

Hernán Brienza