martes, 28 de febrero de 2012

La distancia entre el relato y la realidad



Las metáforas de la tragedia ferroviaria y la necesaria refundación institucional de la democracia argentina.

O falla humana, o accidente o 
negligencia. No sabemos cuál ha sido la causa del choque ferroviario que segó la vida de 50 personas y dejó un gran número de heridos. Por lo tanto, y fundamentalmente, por respeto a las víctimas y a sus familiares, es mejor no entrar en especulaciones morbosas sobre lo que no sabemos y mejor dedicarnos a lo evidente.

Ese tren atestado de pasajeros, colgados de los estribos de una chatarra sobre rieles es una metáfora de la situación social que aún viven muchos argentinos. Para algunos, la tragedia será también parte de esa metáfora. Para otros, una síntesis tremenda de todo lo que hace falta; e incluso, para los pocos que intentan separar la paja del trigo, una prueba de lo que se hizo mal y hay que revisar, desandar o hacer de nuevo.

Una cosa es cierta: aunque se compruebe que las muertes se debieron nada más que a una fatalidad, los sectores más vulnerables de nuestra sociedad seguirán viajando mal y de forma insegura (de la misma manera que viven mal y de forma insegura). Se dice desde el Gobierno que se ha invertido mucho y los números de los subsidios son cifras inimaginables (más de mil millones de dólares, “a billion dollars” gritaría sorprendido un gringo) que verifican esos dichos. Pero, claro, mucho de eso sólo ha compensado que el boleto haya estado tan barato. El resto, si queda resto, quién sabe adónde va. Por lo que uno ve, no a la compra o refacción a nuevo de las viejas unidades. A simple vista, todo parece haberse limitado, en el mejor de los casos, a una piadosa capa de pintura.

La situación económica ha mejorado en los últimos años de modo sorprendente. El transporte no. Los trenes siguen siendo los mismos en los que se viajaba varias décadas atrás y se ven destruidos. Quizás el costo actual de renovar todos los vagones sea prohibitivo, ya que el recuerdo más reciente de la inauguración de una línea de trenes de verdad con destino a la Ciudad de Buenos Aires (y no una de Parque de Diversiones como el Tren de la Costa, o la del minitren de Puerto Madero) fue la electrificación del ramal Temperley del Ferrocarril General Roca, en tiempos de Raúl Alfonsín. Y ésos no eran precisamente tiempos recordados por una holgura económica como la que se vive hoy (aunque, por supuesto, el tejido social todavía no se había deshilachado como aún lo sigue estando hoy).


El accidente es, entonces, un timbre estridente y fatal que nos obliga a despertar de nuestro sueño dogmático y a tomar nota de la distancia entre el relato y la realidad. Relato que debe ser interpretado por quienes lo hacen propio, y lo militan y lo difunden, como Proyecto, como punto de partida, y no como descripción paradisíaca de lo que todavía no es (y que seguramente por estos medios y vías va a ser difícil que alguna vez se realice).

Se cuenta con la tranquilidad de la consolidación de un rumbo (por razones internas y también por un contexto internacional que lo afianza), de tal modo que hasta la oposición derechista sería incapaz de intentar ir por sus antípodas (es más, seguramente muchas de las corporaciones que hoy trinan, aportarían graciosamente sin chistar si hubiera en la Rosada “gente-como-uno”, sólo por razones de empatía social, como sucedió cuando Carlos Menem salió de su crisálida de morocho peronista para convertirse en alto, rubio y de ojos celestes.

Y Cristina Fernández está dando muestras significativas de estar considerando la etapa del kirchnerismo inicial como claramente agotada. Esa etapa de emergencia en donde se jugaba con lo que había y con lo que se podía (fuera con gobernadores feudales, torvos intendentes, policías sospechados, jueces adictos y amigos que querían ser capitalistas) llegó a su fin. El 54 por ciento de los votos que ha obtenido Ella, y sólo Ella, le ha brindado la suficiente legitimidad para haber desbancado (si lo hubiera querido) a cualquier jefe territorial, ya que esta vez la tracción vino “de arriba” y no “de abajo”. Ahora ya lo saben, y muchos han puesto sus barbas en remojo, aunque pareciera que el rasurado será un tanto más profundo.

Inclusive, antiguos favoritos del poder presidencial hasta hablan de un “jacobinismo cristinista”, y hacen públicos sus temores de que su tiempo haya quedado ya irremediablemente en el pasado. Ciertamente, dejada atrás la emergencia, es ahora cuando están dadas las condiciones para que “emerja” una refundación institucional, y no sólo la instalación de un relato más o menos convocante pero que no parece muy útil para ser transformado en la sintonía fina que se necesita.

Hasta el núcleo iridiscente de poder y concentrado se ha vuelto anacrónico. El secretismo del Gobierno de célula, válido para la crisis, no lo es para la “normalidad”, algo que ha comenzado a ser tematizado hasta por los colectivos de intelectuales más cercanos al oficialismo. Todo lo que sucede y emerge como contradicciones entre realidades y discurso difícilmente sea resuelto apelando al secretismo y a la decisión personal. Lo que queda oculto a la opinión pública también puede quedar oculto al gobernante, quien suele quedar aislado en su palacio de marfil, pese a creerse en el control de absolutamente todo.



Es muy saludable que la sintonía fina se ocupe de desembarazarse de los “indeseables ya innecesarios”. Ahora, sólo la jerarquización de los órganos de control y de la publicidad de todas sus actuaciones (para evitar caer nuevamente en las complicidades, con la única diferencia de haber ampliado el círculo) puede generar que las corporaciones combinen el único objetivo de su existencia, que es hacer dinero, con las orientaciones públicas que se les obligue a seguir.

Es en ese sentido que la democracia populista marca sus límites y que la vieja y poco sexy democracia liberal muestra sus virtudes. Y, por supuesto, por democracia liberal se habla de algo que es muy diferente de un esquema corporativo que se legitima en un libre mercado sólo funcional a ellas. Para decirlo en los conceptos de Guillermo O´Donnell, en una democracia liberal conviven la responsabilidad y el respeto del gobierno ante el voto y la opinión pública con la responsabilidad y el respeto del gobierno por las instituciones que lo controlan, especialmente las que están en manos de la oposición.



La democracia liberal, más que un obstáculo para el proyecto nacional, aparece como un esquema institucional conveniente para su fase superior, o fase madura. Y no se alcanza a percibir por qué la democracia liberal no es terreno fértil para que las organizaciones políticas de la juventud, como La Cámpora, florezcan, se institucionalicen y así crezcan.

Tampoco la democracia liberal es enemiga del federalismo sino todo lo contrario. El federalismo fue pensado desde las democracias liberales (verbigracia, ésa es la combinación que ha quedado inalterada, original de la Constitución de 1853 y que persiste en la vigente en la actualidad) y es en el perfeccionamiento de ese entramado institucional donde radica la posibilidad de su profundización.

Un esquema de democracia populista puede, tranquilamente, ser asimilado sin mayores cambios en la metodología de gobierno, si llegan al poder fuerzas reaccionarias. El más profundo de los teóricos del populismo, Ernesto Laclau, admite la existencia del populismo de derecha. Y se podría decir que un gobierno verticalista y personalista tiene que ver más con el estilo de un Berlusconi, que con el de uno protagonizado por fuerzas progresistas. O sea, un gobierno que tenga más que ver con el modelo que parece ser al que aspira alguna vez alcanzar el jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, antes que uno que sea protagonizado por fuerzas políticas organizadas, institucionales y que no sean meros productos publicitarios.

Por Luis Tonelli