miércoles, 1 de febrero de 2012

CULTURA LIBRE - EPÍLOGO






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AL MENOS ALGUNOS que hayan leído hasta aquí estarán de acuerdo conmigo en

que algo debe hacerse para cambiar el rumbo en el que vamos. El equilibrio de

este libro describe el mapa de qué puede hacerse.

Divido este mapa en dos partes: lo que cada uno puede hacer ahora, y lo

que precisa la ayuda de los legisladores. Si hay una lección que podamos

aprender de la historia de cómo se ha rehecho el sentido común, es que requiere

que se cambie la manera en la que mucha gente piensa sobre precisamente el

mismo asunto.

Eso significa que este movimiento debe empezar en la calle. Debe reclutar

un número significativo de padres, profesores, bibliotecarios, creadores, autores,

músicos, cineastas, científicos--para que todos ellos cuenten esta historia con sus

propias palabras, y para que les expliquen a sus vecinos por qué esta batalla es

tan importante.

Una vez que este movimiento haya tenido efecto en la calle, habrá

esperanzas de que tenga efecto en Washington. Aún somos una democracia. Lo

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que la gente piensa importa. No tanto como debería, al menos cuando una RCA

se opone a ello, pero incluso así importa. Y por tanto, en la segunda parte de lo

que sigue, esbozo cambios que el Congreso podría llevar a cabo para dar mayor

seguridad a una cultura libre.

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NOSOTROS, AHORA

EL SENTIDO COMÚN está con los guerreros del copyright porque hasta este

momento el debate ha quedado definido por los extremos--como un enorme "o

esto o lo otro": o propiedad o anarquía, o control total o no se paga a los

artistas. Si ésta es verdaderamente la decisión a tomar, entonces los guerreros

deberían ganar.

El error aquí es excluir el punto medio. Hay extremos en este debate, pero

los extremos no representan todo lo que hay. Hay aquellos que creen en el

máximo copyright--"Todos los Derechos Reservados"—y aquellos que rechazan el

copyright--"Ningún Derecho Reservado". Los de "Todos los Derechos

Reservados" creen que deberías pedir permiso antes de "usar" de cualquier

modo una obra con copyright. Los de "Ningún Derecho Reservado" creen que

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deberías poder hacer lo que tú quieras con los contenidos, sin que importe que

tengas permiso o no.

Cuando Internet acababa de nacer, su arquitectura inicial se inclinó de un

modo efectivo hacia la dirección de "ningún derecho reservado". Los contenidos

podían ser copiados de una manera perfecta y barata; los derechos no podían

controlarse fácilmente. Por tanto, a pesar de los deseos que la gente pudiera

tener, el régimen de derechos del diseño original de Internet era "ningún

derecho reservado". Los contenidos eran "tomados" sin que importaran los

derechos. Todos los derechos estaban de hecho sin protección.

Este carácter inicial produjo una reacción (en la dirección contraria, pero

no exactamente de igual magnitud) por parte de los dueños de copyright. Esa

reacción ha sido el tema de este libro. Por medio de leyes, procesos, y cambios

en el diseño de la Red, los dueños de copyright han sido capaces de cambiar el

carácter esencial del entorno de la Internet original. Si la arquitectura original

hacía que la opción por defecto fuera de hecho "ningún derecho reservado", la

arquitectura futura será que la opción por defecto sea "todos los derechos

reservados". La arquitectura y las leyes que rodean el diseño de Internet

producirá cada vez más un entorno en el que el uso de los contenidos exija tener

permiso para ello. El mundo de "cortar y pegar" que define a Internet hoy día se

convertirá en el mundo de "consigue permiso para cortar y pegar" que es la

pesadilla de los creadores.

Lo que se necesita es una manera de decir algo que esté en el medio--ni

"todos los derechos reservados" ni "ningún derecho reservado", sino un "algunos

derechos reservados"--y por tanto una manera de respetar el copyright pero que

posibilite que los creadores liberen contenidos de la manera que les parezca más

apropiada. En otras palabras, necesitamos una forma de restaurar una serie de

libertades que antes simplemente podíamos dar por sentadas.

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Reconstruyendo libertades previamente dadas por supuestas:

ejemplos

Si das un paso atrás y te alejas de la batalla que he estado aquí describiendo,

reconocerás este problema a partir de otros contextos. Piensa en el derecho a la

intimidad. Antes de Internet, la mayoría de nosotros no tenía que preocuparse

mucho en relación a la información sobre nuestras vidas que le transmitimos al

mundo. Si entrabas en una librería y hojeabas algunas de las obras de Carlos

Marx, no tenías que preocuparte de que tendrías que explicarles a tus vecinos o

a tu jefe tus hábitos a la hora de hojear libros.

¿Qué aseguraba esto?

Bueno, si lo pensamos en términos de las modalidades descritas en el

capítulo 10, tu intimidad estaba asegurada gracias a una arquitectura ineficiente

a la hora de recoger datos y, por tanto, a las limitaciones del mercado (costes)

para cualquiera que quisiera recopilar esos datos. Si se sospechaba que eras un

espía para Corea del Norte mientras trabajabas para la CIA, entonces sin duda tu

privacidad no estaba asegurada. Pero eso es debido a que la CIA (esperemos)

consideraría de suficiente interés el gastarse los miles de dólares necesarios para

seguirte la pista. Sin embargo, en la mayoría de los casos (de nuevo,

esperemos), espiarnos no "se paga bien". La arquitectura altamente ineficiente

del espacio real implica que todos podemos disfrutar de una muy robusta dosis

de intimidad. Esa intimidad nos está garantizada por la fricción. No por ley (no

hay leyes que protejan la "intimidad" en lugares públicos), y en muchos lugares,

no por la norma (curiosear y chismear es divertido), sino, por contra, por los

costes que la fricción le impone a cualquiera que quiera espiar.

Pero en esto llega Internet, donde, en particular, los costes de rastrear lo

que hojeas se han hecho mínimos. Si eres cliente de Amazon, conforme hojeas

distintas páginas, Amazon recopila información sobre lo que has mirado. Esto se

sabe porque en el lado de la página hay una lista de páginas "vistas

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recientemente". Ahora, gracias a la arquitectura de la Red y la función de las

cookies en la Red, es más fácil recopilar información que no hacerlo. La fricción

ha desaparecido y por tanto cualquier "privacidad" protegida por la fricción lo ha

hecho también.

El problema, por supuesto, no es Amazon. Pero podemos empezar a

preocuparnos por las bibliotecas. Si eres uno de esos izquierdistas locos que

piensa que la gente debería tener el "derecho" de hojear cualquier cosa en una

biblioteca sin que el gobierno sepa qué libros miras (y yo soy también uno de

esos izquierdistas), entonces este cambio en la tecnología de control puede

preocuparte. Si recopilar y ordenar datos sobre quién hace qué en espacios

digitales se convierte en algo sencillo, entonces se esfuma la privacidad inducida

por la fricción que tuvimos en el pasado.

Es esta realidad la que explica la presión por parte de muchos para definir

qué es la "intimidad" en Internet. El reconocimiento de que la tecnología puede

eliminar todo aquello que la fricción nos dio antes es lo que conduce a muchos a

promover leyes que hagan lo que la fricción hacía antes1. Y ya estés a favor de

estas leyes o no, aquí lo que importa es el patrón. Hemos de tomar medidas

activas que nos aseguren el tipo de libertad que antes se nos proporcionaba

pasivamente. Un cambio en la tecnología nos fuerza ahora a los que creemos en

la intimidad a actuar de una forma afirmativa donde, antes, la privacidad se nos

daba por defecto.

Se podría contar una historia semejante acerca del nacimiento del

movimiento del software libre. Cuando por primera vez se distribuyeron

comercialmente computadoras con software, el software--tanto el código fuente

como los binarios--era libre. Era imposible ejecutar un programa escrito para una

máquina de Data General en una máquina de IBM, así que Data General e IBM

no se preocuparon de controlar su software.

Éste es el mundo en el que nació Richard Stallman, y mientras era

investigador en el MIT llegó a amar la comunidad que se desarrolló cuando uno

tenía la libertad de explorar y jugar con el software que se ejecutaba en las

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máquinas. Un tipo listo él mismo, y un programador de talento, Stallman llegó a

depender de la libertad para modificar o añadir algo al trabajo de otra gente.

En un entorno académico, al menos, ésta no es una idea tremendamente

radical. En un departamento de matemáticas, cualquiera tiene la libertad de

jugar con la demostración que otro ha ofrecido previamente. Si tú creías que

tenías una forma mejor de demostrar un teorema, podías tomar lo que otro

había hecho y cambiarlo. En un departamento de Lenguas Clásicas, si pensabas

que la traducción hecha por un colega de un texto recientemente descubierto

tenía errores, gozabas de la libertad de mejorarla. Así, para Stallman, parecía

obvio que deberías ser libre para jugar y mejorar el código que se ejecutaba en

una máquina. Esto también era conocimiento. ¿Por qué no habría de estar

abierto a críticas como cualquier otra cosa?

Nadie respondió a esta pregunta. En lugar de esto, la arquitectura de

ingresos a partir de las computadoras cambió. Conforme se hizo posible importar

programas de un sistema a otro, se volvió comercialmente atractivo (en opinión

de algunos, al menos) esconder el código de los programas. Lo mismo ocurrió,

también, cuando las empresas empezaron a vender periféricos para sistemas. Si

yo simplemente puedo tomar el driver de tu impresora y copiarlo, entonces me

resulta más sencillo a mí que a ti vender impresoras en el mercado.

Por tanto, la práctica del código propietario empezó a expandirse, y para

el principio de los ochenta Stallman se encontró rodeado de código propietario.

El mundo del software libre había sido borrado por un cambio en la economía de

la informática. Y según creía él, si no hacía nada, entonces la libertad de cambiar

y compartir software sería debilitada de un modo fundamental.

Así que, en 1984, Stallman comenzó un proyecto para construir un

sistema operativo libre, de manera que al menos una rama del software libre

sobreviviera. Eso fue el nacimiento del proyecto GNU, al cual se añadió el

"kernel" Linux de Linus Torvalds para así producir el sistema operativo

GNU/Linux.

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La técnica de Stallman fue usar las leyes de copyright para construir un

mundo de software que ha de mantenerse libre. El software licenciado bajo la

GPL de la Fundación para el Software Libre no puede modificarse ni distribuirse a

menos que el código fuente también se haga público. De este modo, cualquiera

que construyese sobre la base de software con GPL tendría que liberar también

sus edificios. Esto aseguraría, creía Stallman, el desarrollo de una ecología del

código que se mantendría libre para que otros construyeran sobre él. Su meta

fundamental era la libertad; el código creativo e innovador era un producto

secundario.

Stallman, por tanto, estaba haciendo por el código lo que los defensores

del derecho a la intimidad hacen ahora por la privacidad. Estaba buscando una

forma de reconstruir un tipo de libertad que antes se había dado por sentada. A

través del uso activo de licencias que marcan obligaciones al código con

copyright, Stallman estaba reclamando de hecho un espacio en el que el

software libre pudiera sobrevivir. Estaba protegiendo activamente lo que antes

se había garantizado pasivamente.

Finalmente, considérese un ejemplo muy reciente que resuena más

directamente en relación a la historia de este libro. Es el cambio en la forma en

que se producen las revistas académicas y científicas.

Conforme se desarrollan las tecnologías digitales, a muchos les resulta

obvio que imprimir miles de copias de revistas cada mes y enviarlas a las

bibliotecas no es quizá la forma más eficiente de distribuir conocimiento. En

lugar de esto, las revistas se están volviendo electrónicas cada vez más, y las

bibliotecas y sus usuarios reciben acceso a estas revistas digitales a través de

sitios protegidos con contraseñas. Algo semejante ha estado ocurriendo en el

campo del derecho durante casi treinta años: Lexis y Westlaw tienen versiones

electrónicas de informes sobre casos que están disponibles para sus suscriptores.

Aunque una opinión del Tribunal Supremo no tiene copyright, y cualquiera es

libre de ir a una biblioteca y leerla, Lexis y Westlaw son libres también de cobrar

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a sus usuarios por el privilegio de acceder a esa misma opinión a través de sus

servicios.

En general no hay nada malo con todo esto, y de hecho la capacidad de

cobrar por el acceso, incluso, a materiales en el dominio público es un buen

incentivo para que la gente desarrolle formas nuevas e innovadoras de difundir

el conocimiento. Las leyes están de acuerdo, y es por esto que se ha permitido

que florezcan Lexis y Westlaw. Y si no hay nada malo con vender el dominio

público, entonces no puede haber nada malo, en principio, con vender el acceso

a materiales que no están en el dominio público.

Pero ¿qué pasaría si la única forma de acceder a datos sociales y

científicos fuera a través de servicios propietarios? ¿Qué pasaría si nadie pudiera

hojear esta información a menos que pagara una suscripción?

Tal y como muchos están empezando a comprender, ésta es la realidad

en el caso de las revistas científicas. Cuando estas revistas se distribuían en

papel las bibliotecas podían ponerlas a disposición de cualquiera que tuviese

acceso a ellas. Así, pacientes con cáncer podían convertirse en expertos sobre el

cáncer debido a que la biblioteca les permitía el acceso. O pacientes que

intentaran entender los riesgos de un determinado tratamiento podían investigar

esos riesgos leyendo todos los artículos disponibles sobre ese tratamiento. Esta

libertad era por tanto una función de la institución que son las bibliotecas

(normas) y de la tecnología de las revistas en papel (arquitectura)--es decir, que

era muy difícil controlar el acceso a una revista en papel.

Conforme las revistas se vuelven digitales, sin embargo, los editores están

exigiendo que las bibliotecas no le den acceso a éstas revistas al público general.

Esto significa que las libertades proporcionadas por las revistas impresas en

bibliotecas públicas están desapareciendo. Así, del mismo modo que con la

intimidad y el software, una tecnología cambiante y el mercado han reducido una

libertad que se daba antes por sentada.

Esta libertad menguante ha llevado a muchos a tomar medidas activas

para restaurar la libertad que se ha perdido. La Biblioteca Pública de la Ciencia

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(PLoS en inglés), por ejemplo, es una corporación sin ánimo de lucro dedicada a

hacer de la investigación científica algo disponible a cualquiera con una conexión

a la Red. Los autores de trabajos científicos envían estos trabajos a la Biblioteca

Pública de la Ciencia. Ese trabajo se somete después a la evaluación de expertos.

Si se acepta, este trabajo se deposita en un archivo digital y público y se le da

acceso general en forma gratuita. La PLoS también vende una versión impresa

de éstas obras, pero el copyright para la versión en papel no restringe el derecho

de cualquiera a redistribuir gratuitamente los trabajos incluidos.

Éste es uno de muchos esfuerzos para restaurar una libertad antes dada

por sentada, pero ahora amenazada por una tecnología cambiante y los

mercados. Sin duda esta alternativa compite con los editores tradicionales y sus

esfuerzos para ganar dinero a partir de la distribución exclusiva de contenidos.

Pero la competencia en nuestra tradición presuntamente es algo bueno--

especialmente cuando ayuda a difundir conocimientos y las ciencias.

Reconstruyendo la cultura libre: una idea

La misma estrategia puede aplicarse a la cultura, como respuesta al control

creciente que se lleva a cabo por medio de las leyes y la tecnología.

He aquí Creative Commons. Los Campos Comunales Creativos son una

corporación sin ánimo de lucro establecida en Massachusetts, pero que tiene su

sede en la universidad de Stanford. Su meta es construir una capa de copyright

razonable por encima de los extremos que reinan hoy día. Y esto lo lleva a cabo

facilitándole a la gente el construir a partir de las obras de otra gente, al

simplificar la forma en la que los creadores determinan los grados de libertad

que otros tienen a la hora de tomar y construir sobre sus obras. Etiquetas

sencillas hacen esto posible, al ser etiquetas ligadas a descripciones que las

personas pueden leer, licencias descritas en esquemas claros.

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Sencillas--lo cual significa que funcionan sin intermediarios ni abogados. Al

desarrollar una serie de licencias libres que la gente puede añadir a sus

contenidos, Creative Commons pretende determinar un espectro de contenidos

que puedan ser fácil y seguramente empleados como base para más contenidos.

Estas etiquetas son después enlazadas a versiones legibles por máquinas de

estas mismas licencias, las cuales permiten a las computadoras identificar

automáticamente contenidos que se pueden fácilmente compartir. Juntas, estas

tres expresiones--una licencia legal, una descripción legible para seres humanos,

una etiqueta legible para máquinas--constituyen una licencia de Creative

Commons. Una licencia de Creative Commons constituye una concesión de

libertad a cualquiera que acceda a la licencia, y de un modo más importante, una

expresión del ideal de que la persona asociada a la licencia cree en algo distinto

a los extremos de "Todo" o "Nada". Los contenidos se marcan con la marca de

CC, lo que no significa que se renuncie al copyright, sino que se conceden ciertas

libertades.

Estas libertades están más allá de las libertades prometidas por el uso

justo. Sus contornos precisos dependen de las decisiones que el creador tome. El

creador puede escoger una licencia que permita cualquier uso, en tanto que se le

atribuya la obra. Puede escoger una licencia que permita solamente usos no

comerciales. Puede escoger una licencia que permita cualquier uso en tanto que

las mismas libertades les sean dadas a otros usuarios ("comparte y comparte de

la misma forma"). O cualquier uso en tanto que no sea un uso derivativo de la

obra. O absolutamente cualquier uso en países en vías de desarrollo. O cualquier

uso en un sampleado, en tanto que no se hagan copias completas. O,

finalmente, cualquier uso educativo.

Estas opciones establecen por tanto un espectro de libertades más allá de

las leyes de copyright por defecto. Permiten también libertades que van más allá

del tradicional uso justo. Y de modo más importante, expresan estas libertades

de una forma en la que los usuarios posteriores pueden usar estas obras y fiarse

de lo que hacen sin que haga falta contratar a un abogado. Creative Comons por

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tanto pretende construir una capa de contenidos, gobernados por una capa de

leyes razonables de copyright, sobre la que otros puedan construir. Las

decisiones voluntarias de individuos y creadores harán que estos contenidos

estén disponibles. Y estos contenidos nos permitirán a su vez reconstruir un

dominio público.

Éste es solamente un proyecto entre muchos dentro de Creative

Commons. Y por supuesto, Creative Commons no es la única organización en

busca de estas libertades. Pero el punto que distingue a Creative Commons de

muchas otras es que no estamos interesados sólo en hablar sobre un dominio

público o en conseguir que los legisladores ayuden a construir un dominio

público. Nuestra meta es construir un movimiento de consumidores y

productores de contenidos ("conductores de contenidos", como los llama la

abogada Mia Garlick) que ayuden a construir un dominio público y, por medio de

su obra, demuestren la importancia del dominio público para otras formas de

creatividad.

La meta no es combatir a los de "Todos los Derechos Reservados". La

meta es complementarlos. Los problemas que la ley nos crea como cultura son

producidos por las consecuencias irracionales e involuntarias de leyes escritas

hace siglos, aplicadas a una tecnología que solamente Jefferson podría haber

imaginado. Puede que las reglas tuvieran sentido en un marco de tecnologías de

hace siglos, pero no tienen sentido en el marco de las tecnologías digitales.

Nuevas reglas--con libertades diferentes, expresadas de forma que seres

humanos sin abogados puedan usarlas--es lo que hoy necesitamos. Creative

Commons le da a la gente una forma efectiva de empezar a construir esas

reglas.

¿Por qué habrían de participar los creadores, abandonando un control

total sobre sus obras? Algunos participan para difundir mejor sus contenidos.

Cory Doctorow, por ejemplo, es un autor de ciencia ficción. Su primera novela,

Down and Out in the Magic Kingdom, fue publicada gratis en Internet, bajo una

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licencia de Creative Commons, el mismo día que se puso a la venta en las

librerías.

¿Por qué un editor habría de estar de acuerdo con esto? Sospecho que

éste fue el razonamiento del editor: Hay dos tipos de gente: (1) los que

comprarán el libro de Cory Doctorow sin que importe o no que esté en Internet,

y (2) los que nunca comprarán un libro de Cory, si no está disponible gratis en

Internet. Una parte de (1) se bajará el libro de Cory en vez de comprárselo.

Llamémosle los malos (1). Una parte de (2) se bajará el libro de Cory, les

gustará, y entonces decidirán comprárselo. Llamémosles los buenos (2). Si hay

más buenos (2) que malos (1), la estrategia de publicar el libro de Cory gratis en

Internet probablemente incrementará las ventas del libro de Cory.

De hecho, la experiencia de su editor claramente apoya esta conclusión.

La primera tirada se acabó meses antes de lo que esperaba el editor. Esta

primera novela de un autor de ciencia ficción fue un éxito absoluto.

La idea de que los contenidos libres pueden incrementar el valor de

contenidos que no son libres fue confirmada por la experiencia de otro autor.

Peter Wayner, quien escribió un libro sobre el movimiento del software libre

titulado Libre para todos, publicó gratis en Internet, bajo una licencia de Creative

Commons, una versión digital de su libro una vez que estuvo descatalogado.

Después observó los precios de las copias usadas de su libro. Tal y como se

había predicho, los precios de las copias usadas de su libro también subieron.

Éstos son ejemplos de cómo usar los Commons, los Campos Comunales,

para difundir mejor contenido propietario. Creo que éste es un uso maravilloso y

común de los Commons. Hay otros que usan licencias de Creative Commons por

otras razones. Muchos de los que usan la "licencia de sampleados" lo hacen

porque cualquier otra cosa sería una hipocresía. La licencia de sampleado dice

que otros tienen la libertad, para propósitos comerciales y no comerciales, de

samplear contenidos de la obra licenciada; solamente que no tienen la libertad

de hacer copias de la obra licenciada y ponerlas a disposición de otros. Esto es

coherente con su propio arte--también ellos samplean a otros. Dado que los

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costes legales de samplear son tan altos (Walter Leaphart, manager del grupo de

rap Public Enemy, que nació sampleando la música de otros, ha afirmado que ya

no "permite" que Public Enemy samplee nada más, debido a lo altos que son los

costes legales2), Éstos artistas difunden en el entorno creativo contenidos que

otros pueden usar como base para construir los suyos propios, de manera que

esta forma de creatividad pueda crecer.

Finalmente, hay muchos que marcan su contenido con una licencia de

Creative Commons simplemente porque quieren dejarle claro a los demás la

importancia del equilibrio en este debate. Si te dejas llevar por el sistema tal y

como está, estás efectivamente diciendo que crees en el modelo de "Todos los

Derechos Reservados". Lo cual está muy bien por lo que a ti respecta, pero

muchos no piensan así. Muchos creen que por muy apropiadas que sean las

reglas para Hollywood y los anormales, no es una descripción de la forma en la

que muchos creadores ven los derechos asociados con sus contenidos. La

licencia de Creative Commons expresa esta noción de "Algunos Derechos

Reservados", y da a muchos la oportunidad de decírselo a otros.

En los primeros seis meses del experimento de Creative Commons, más

de un millón de objetos fueron licenciados con estas licencias de cultura libre. El

próximo paso es asociarse con proveedores de contenidos middlewarek para

ayudarles a añadir a sus tecnologías formas sencillas para los usuarios de marcar

sus contenidos con las libertades de Creative Commons. Después el paso

siguiente es observar y reconocer a los creadores que construyan sus contenidos

a partir de contenidos liberados.

Éstos son los primeros pasos para reconstruir un dominio público. No son

meros argumentos; ya están en acción. Construir un dominio público es el primer

paso para mostrarle a la gente cuán importante es ese dominio para la

creatividad y la innovación. Creative Commons confía en pasos voluntarios para

k El middleware es un software de conexión que consiste en una serie de servicios que

permiten que múltiples procesos en ejecución en una o más máquinas interactúen entre

sí a través de una red.

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conseguir esta reconstrucción. Conducirán a un mundo en el que más pasos

voluntarios sean posibles.

Creative Commons es solamente un ejemplo de los esfuerzos voluntarios

por parte de individuos y creadores para cambiar la mezcla de derechos que

ahora gobierna el campo de la creación. El proyecto no compite con el copyright;

lo complementa. Su meta no es derrotar los derechos de los autores, sino

facilitarles a los autores y creadores el ejercer sus derechos con mayor

flexibilidad y a menor precio. Esa diferencia, creemos, permitirá que la

creatividad se difunda más fácilmente.

Cultura libre 318

ELLOS, PRONTO

NO RECUPERAREMOS UNA cultura libre solamente con acciones individuales.

Precisará también importante reformas legales. Nos queda mucho antes de que

los políticos escuchen estas ideas e implementen estas reformas. Pero eso

también significa que tenemos tiempo para concienciar a la gente con respecto a

los cambios que necesitamos.

En este capítulo, esbozo cinco tipos de cambios: cuatro son generales, y

uno es específico para la batalla más virulenta hoy día, la de la música. Cada uno

es un paso, no un fin. Pero cada uno de estos pasos puede llevarnos muy lejos

hacia nuestro destino.

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1. Más formalidades

Si te compras una casa, tienes que registrar esa venta en un documento legal. Si

compras tierras sobre las que construir una casa, tienes que registrar esa

compra en un documento legal. Si te compras un coche, tienes que conseguir

una prueba de venta y matricular el coche. Si compras un billete de avión, tiene

tu nombre.

Éstas son formalidades asociadas con la propiedad. Son requisitos por los

que todos tenemos que pasar si queremos que nuestra propiedad esté protegida.

Por contra, bajo las leyes actuales del copyright, automáticamente recibes

el copyright, sin que importe si cumples con alguna formalidad o no. No tienes

que registrarlo. No tienes que marcar tus contenidos. La opción por defecto es

control, y las "formalidades" son eliminadas.

¿Por qué?

Tal y como sugerí en el capítulo 10, el motivo para abolir las formalidades

es bueno. En un mundo anterior a las tecnologías digitales, las formalidades

imponían a los dueños de copyright una carga sin muchos beneficios. Así, se

progresó cuando las leyes relajaron los requisitos formales por los que tenía que

pasar un dueño de copyright para proteger y asegurar su obra. Esas

formalidades se perdieron en el proceso.

Pero Internet cambia todo esto. Las formalidades hoy día no tienen que

ser una carga. Más bien, un mundo sin formalidades es un mundo que le impone

cargas a la creatividad. Hoy día, no hay una manera sencilla de saber quién es

dueño de qué, o con quién tiene uno que tratar para usar o basarse en el trabajo

creativo de otros. No hay registros, no hay un sistema para rastrear--no hay una

manera sencilla para saber cómo conseguir permiso. Sin embargo, dado el

masivo incremento del campo de acción de las reglas del copyright, recibir

permiso es un paso necesario para cualquier obra que construya a partir de

Cultura libre 320

nuestro pasado. Y así, la falta de formalidades fuerza a muchos al silencio

cuando, de otra forma, podrían hablar.

Las leyes deben cambiar por tanto este requisito1--pero no deben cambiar

para volver al viejo y roto sistema. Debemos exigir formalidades, pero debemos

establecer un sistema que cree los incentivos para minimizar la carga de estas

formalidades.

Las formalidades importantes son tres: marcar obras con copyright,

registrar copyrights, y renovar las exigencias de copyright. Tradicionalmente, la

primera de las tres era algo que el dueño del copyright hacía él mismo; las dos

últimas eran algo que hacía el gobierno. Pero un sistema revisado de

formalidades eliminaría al gobierno del proceso, excepto para el único propósito

de aprobar estándards desarrollados por otros.

AGRADECIMIENTOS


Este libro es el producto de una larga y de momento infructuosa lucha que

comenzó cuando leí sobre la guerra de Eric Eldred para mantener libres los

libros. El trabajo de Eldred ayudó a lanzar un movimiento, el movimiento por la

cultura libre, y es a él a quien está dedicado este libro.

He recibido consejos en varios sitios de amigos y académicos, incluyendo a

Glenn Brown, Peter DiCola, Jennifer Mnookin, Richard Posner, Mark Rose y

Kathleen Sullivan. Y he recibido correcciones y consejos de muchos estudiantes

extraordinarios de la escuela de derecho de Stanford y de la universidad de

Stanford. Estos incluyen a Andrew B. Coan, John Eden, James P. Fellers,

Christopher Guzelian, Erica Goldberg, Robert Hallman, Andrew Harris, Matthew

Kahn, Brian Link, Ohad Mayblum, Alina Ng y Erica Platt . Estoy particularmente

agradecido a Catherine Crup y a Harry Surden, quienes ayudaron a dirigir su

Cultura libre 372

investigación, y a Laura Lynch, quien dirigió brillantemente al ejercito que

reunieron y quien proporcionó su propio ojo crítico a mucho de lo que hay aquí.

Yuko Noguchi me ayudó a comprender las leyes de Japón así como su

cultura. Le estoy muy agradecido, a él y a los muchos que en Japón me

ayudaron a preparar este libro: Joi Ito, Takayuki Matsutani, Naoto Misaki,

Michihiro Sasaki, Hiromichi Tanaka, Hiroo Yamagata y Yoshihiro Yonezawa.

También le estoy agradecido al profesor Nobuhiro Nakayam y al Centro de

Derecho Comercial de la Universidad de Tokio, por darme la oportunidad de

pasar tiempo en Japón, y a Tadashi Shiraishi y a Kiyokazu Yamagami por su

generosa ayuda mientras estaba allí.

Estos son los tradicionales tipos de ayuda en los que se basa un profesor

universitario. Pero además de ellos, Internet ha hecho posible recibir consejo y

correcciones de muchos a los que nunca he conocido personalmente. Entre

aquellos que han respondido con consejos extremadamente útiles a las

peticiones en mi blog para este libro se hallan el Dr. Mohammad Al-Ubaydli,

David Gerstein y Peter DiMauro, así como una larga lista de aquellos que tenían

ideas específicas sobre maneras de desarrollar mi argumento. Estos incluyen a

Richard Bondi, Steven Cherry, David Coe, Nik Cubrilovic, Bob Devine, Charles

Eicher, Thomas Guida, Elihu M. Gerson, Jeremy Hunsinger, Vaughn Iverson,

John Karabaic, Jeff Keltner, James Lindenschmidt, K. L. Mann, Mark Manning,

Nora McCauley, Jeffrey McHugh, Evan McMullen, Fred Norton, John Pormann,

Pedro A. D. Rezende, Shabbir Safdar, Saul Schleimer, Clay Shirky, Adam

Shostack, Kragen Sitaker, Chris Smith, Bruce Steinberg, Andrzej Jan Taramina,

Sean Walsh, Matt Wasserman, Miljenko Williams, “Wink”, Roger Wood, “Ximmbo

da Jazz”, and Richard Yanco. (Mis disculpas si dejo a alguien fuera; con las

computadoras vienen los errores, y el colapso de mi sistema de e-mail significó

que perdí un montón de buenos comentarios).

Richard Stallman y Michael Carroll leyeron cada uno el borrador del libro entero,

y cada uno proporcionó correcciones y consejos extremadamente útiles. Michael

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me ayudó a ver más claramente el significado de la regulación de obras

derivadas. Y Richard corrigió un número vergonzosamente alto de errores.

Mientras que mi trabajo está inspirado en parte en el de Stallman, él no está de

acuerdo conmigo en puntos importantes a lo largo de todo este libro.

Finalmente, y para siempre, le estoy agradecido a Bettina, que siempre ha

insistido en que habría una felicidad ilimitada lejos de estas batallas, y siempre

ha tenido la razón. Éste mal estudiante está, como siempre, agradecido por su

paciencia y amor perpetuos.

Cultura libre 374



SOBRE EL AUTOR

LAWRENCE LESSIG (http://www.lessig.org), catedrático de derecho y Distinguido

Profesor Universitario John A. Wilson en la Escuela de Derecho de Stanford, es el

fundador del Stanford Center for Internet and Society y es presidente de

Creative Commons (http://creativecommons.org). Autor de The Future of Ideas

(Random House, 2001) y Código y otras leyes del ciberespacio (Basic Books,

1999), Lessig es miembro de los consejos directivos de la Public Library of

Science, la Electronic Frontier Foundation y Public Knowledge. Fue ganador del

premio de la Free Software Foundation por el Avance del Software Libre, incluido

dos veces entre los "e.biz 25" de BusinessWeek, y nombrado uno de los

"cincuenta visionarios" de la Scientific American. Graduado de la Universidad de

Pennsylvania, la Universidad de Cambridge y la Escuela de Derecho de Yale,

Cultura libre 375

Lessig fue escribano del Juez Richard Posner en el Tribunal Federal de

Apelaciones del Séptimo Circuito.

FIN