sábado, 13 de noviembre de 2010

Apología de la urbanidad 2

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* La civilité est un désir d'en recevoir et d'être estimé poli. [«La urbanidad es un deseo de ser tenido por cortés y de que nos correspondan»], dice La Rochefoucaulfd. A mí tal definición se me hace un poco estrecha, porque la cortesía constituye, es cierto, uno de los aspectos esenciales de la urbanidad, mas no el único; existen otros igualmente importantes e imprescindibles. Anteriormente decía que pese a lo relativo de las normas de urbanidad, muy variadas, sin duda, en distintos pueblos, la urbanidad misma persigue siempre un objetivo común: contribuir a delimitar el concepto mismo de lo «humano», y, con ello (o para ello), a establecer la diferencia con otros grupos humano y con los propios animales. Podríamos añadir ahora que, además de éste, las normas de urbanidad observadas por los distintos pueblos tienen, también, otro objetivo común; objetivo que da pie para, sirviéndose de él, proponer una definición de «urbanidad» alternativa a la de La Rochefoucauld, y, si no me equivoco, más genérica, y por eso mismo, este caso, más precisa: la urbanidad es siempre una defensa contra la guarrería (sin importar ahora qué sea lo que se entienda por tal).
Nosotros, me parece, no haremos mal ni erraremos en exceso concediendo en este punto algún privilegio a la antigüedad y siguiendo a Teofrasto; y, haciéndolo, distinguiremos tres formas o tres modos de ser guarro: el del rústico («La rusticidad parece ser una ignorancia carente de modales»), el del grosero («La grosería es una tosquedad en el trato que se manifiesta verbalmente») y el del guarro, propiamente dicho («La guarrería es un abandono del cuerpo que resulta desagradable a los demás»). Tenemos, pues, tres frentes distintos y complementarios en los cuales se bate la urbanidad contra el mal gusto, intentando imponer o dibujar un orden: los modales, la palabra y la limpieza o la higiene. Tales son los ámbitos que, como mínimo, ha de cubrir todo manual de urbanidad que se precie.
Tengo ante mí el Nuevo Manual de Urbanidad, Cortesanía, Decoro y Etiqueta ó El Hombre Fino (Librería de Hijos de D. J. Cuesta, Madrid 1889), y me permitiré recoger el resumen del contenido del mismo, con el objeto de llamar la atención sobre el hecho de que los variados asuntos que trata pueden, sin violencia excesiva, ser colocados en alguno de los tres frentes que acabo de señalar:
«Hemos dividido en cuatro partes la materia objeto de la obra.
La primera trata de la delicadeza y decoro con que se han de llenar los deberes morales, tanto religiosos, de familia y estado, como los relacionados con uno mismo.
El decoro, con referencia a todas las relaciones sociales, es objeto de la segunda parte, donde se demuestra cómo la urbanidad regulariza todas nuestras comunicaciones, visitas, conversaciones, cartas, &c.
En la tercera se explican los deberes de decoro relativos a los placeres, describiendo cuidadosamente todos los usos admitidos en el juego, los paseos, las comidas, las tertulias, los bailes y espectáculos.
En fin, en la cuarta parte están recogidas todas las noticias y reglas de urbanidad relativas a los diversos acontecimientos de la vida, matrimonios, bautismos, entierros, &c.»
Se trata, ciertamente, de un contenido muy prolijo, mas (como digo) no considero exagerado afirmar que todas sus disposiciones van encaminadas a combatir la guarrería, la rusticidad o la grosería. Y, sin duda, las normas concretas de las que para ello se vale la urbanidad son cambiantes, y varían no sólo en las distintas sociedades, sino también en los distintos momentos históricos de cada una de ellas, pero el objetivo, como tal permanece siempre invariable y único. Resulta, en consecuencia, del todo comprensible que algunas de las consejas del manual del que hablo hayan quedado plenamente obsoletas y susciten hoy nuestra sonrisa o nuestra sorpresa, como aquélla que sostiene que: «Una señorita no debe nunca salir de casa sin ir acompañada, por lo menos antes de cumplir la edad de treinta años». Después de todo, el propio Manual se hace cargo de ese carácter cambiante de las normas que definen el buen gusto: «aunque de principios fijos –leemos–, está sujeto [el asunto de la urbanidad] á la continua modificación que introducen en el trato social los progresos de la civilización y hasta los caprichos de la moda».
Sin duda, una de los aspectos esenciales en todo esto es, en efecto, la moda; y se me ocurre que también (y acaso muy principalmente) el distinto papel que se atribuye y considera adecuado a los dos sexos, y tal vez de manera muy especial la forma en que es vista la mujer y en que es concebido el rol específicamente femenino. Pero reconozco que esto de que la mujer constituya la clave explicativa básica para comprender los usos cambiantes de la urbanidad, es sólo una conjetura que, aunque me parece bien encaminada, habría que probar con una argumentación más detenida y detallada, lo que excede las pretensiones y alcance de estas notas.
En cualquier caso, si bien es verdad que varían las costumbres, no lo es menos que, como señala el Manual, los principios son fijos, porque no hay, en realidad, más que un solo principio rector: combatir al guarro, cualquiera que sea el rostro con el que se presente. Y no es éste el único acierto del tratado al que me estoy refiriendo. También lo es la afirmación de que el decoro es efecto y causa de la civilización; y hasta alguna de sus normas concretas que presentan (creo yo) una validez universal, con independencia de modas y épocas. Por ejemplo, aquélla que aconseja que
«si discutís con uno de esos sujetos poseídos de la manía de las disputas, que principian por contradecir sin haberse enterado, y que están siempre dispuestos á sostener el parecer contrario, cededle el terreno, pues nada puede conseguirse con él. Tened por cierto que el espíritu de contradicción sólo puede ser vencido con el silencio»;
precepto éste que desborda el ámbito del estricto civismo para ingresar en el de la sabiduría y el sentido común.
                                                                                        *Alfonso Fernández Tresguerres

(Cont.)