sábado, 23 de abril de 2011

"GOBERNAR ES POBLAR" Zoncera N° 11




(Con permiso de Mc. Namara y el B.I.D.)

Al hablar de la población no hay frase más adecuada que la enunciada por Alberdi. Pero no

se trata de una zoncera en sí, sino todo lo contrario. Se convirtió en zoncera exclusivamente porque

el mismo Alberdi le imprimió un sentido autodenigratorio que analizaremos a re nglón seguido.

La famosa frase pertenece a las "Bases" y dice lo siguiente: "La población en todas partes y

esencialmente en América forma la sustancia en torno de la cual se realizan y desenvuelven lodos

los fenómenos de la economía social". Esto no pasaría de ser una simple perogrullada si no

adquiriera su carácter de zoncera al subrayar su autor la frase "esencialmente en América". ¿Por

qué esencialmente "en América", cuando se trata de un principio general de orden lógico?

Simplemente porque poblar en América tiene un sentido especial. Y aquí es donde ya vemos que

"gobernar es poblar" no significa lo que literalmente expresa, sino poblar de determinada manera y

con determinada población.

Las zonceras concernientes a la población, en otras palabras a las características del pueblo

argentino, que se dijeron ayer y se siguen reiterando hoy para el mismo pueblo del mis mo origen y

para el proveniente de la inmigración, no están enunciadas en la forma habitual de las zonceras. En

el fondo se trata de las presuntas incapacidades de los argentinos. Algunas de ellas se analizarán

para que se vea la zoncera que constituye su esencia.

Pero aunque la idea —gobernar es poblar— era básicamente buena, el europeismo reinante

en la Argentina del siglo XIX la arruinó por completo; si el clima era dañino para la buena salud de

las instituciones, como lo enseñaban los sabios de la Europa, y las razas nativas, mestizadas de

españoles, no eran mejores, se imponía introducir otras razas, ya que el clima era inmodificable.

Ante un país desierto, que sólo necesitaba grandes masas de población para explotar sus recursos

vigentes. Alberdi condensó un programa de gobierno en la célebre fórmula. Como su modelo de

nación civilizada era Inglaterra (anglomasía compartida hasta por la opinión pública de los países

europeos) redondeó en "Bases" la idea de que un peón criollo jamás saldría un buen operario

inglés. (Que le contesten a Alberdi los torneros cordobeses de Kaiser o Fiat, que hace cuatro o cinco

años pastoreaban cabras en la sierra). En otras palabras, poblar era para Alberdi acarrear

inmigración inglesa, que encastase con las mujeres criollas: para lo único que éstas servían era para

echar hijos al mundo. Por este extraño mecanismo de un intelectual —y Alberdi fue en realidad el

único pensador auténtico de la Argentina del siglo XIX, pues Sarmiento no fue un pensador: era

más bien un poderoso artista de la palabra— una buena idea de gobierno se transformó en una de

las zonceras de este Manual.

La realidad, como siempre, vino a jugarles una mala pasada a Sarmiento y Alberdi. Los

únicos ingleses que vinieron al Plata fueron gerentes ferroviarios, que se instalaron en Hurlingham

o Lomas de Zamora. Del país no les gustaban ni las mujeres, contrariando así las esperanzas de

Alberdi, pues importaban, por las estipulaciones de la Ley Mitre, no sólo carbón, vagones y tinta

para escritorio, sino también esposas. El carácter abstracto de los sueños alberdianos se

demostraba acabadamente cuando las mujeres de los ingleses empleados en los ferrocarriles

debían dar a luz. Al llegar el momento, la empresa les pagaba el viaje a Inglaterra, para que los

chicos de los gerentes y altos empleados abrieran sus ojos en las lejanas islas, sacaran sus papeles

en un registro inglés y volviesen poco después a Hurlingham, ida y vuelta pagadas a costa del flete

argentino. Contra todas las previsiones de los teóricos, los inmigrantes fueron españoles, italianos,

eslavos y hombres procedentes de Europa Oriental. ¡Sarmiento quedó anonadado! Y Alberdi, que

ya estaba viejo, vivía demasiado preocupado con otros temas para detenerse a examinar en la

realidad social el destino de sus quimeras juveniles. Pero como hay más sarmientinos que

alberdianos y casi todos los sarmientinos son hijos de inmigrantes, la mejor lección que puedo

ofrecerles es remitirlos a las páginas despreciativas que dirige Sarmiento a los italianos, españoles

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y judíos en su libro La condición del extranjero en América. ¡Ya verán allí qué demócrata y

cosmopolita es el autor de Facundo! Pues los teóricos de la inmigración sólo querían poblar las

pampas con escandinavos y anglosajones: vinieron en cambio los inmigrantes menos refinados,

aunque más enérgicos y laboriosos que sí se integraron al viejo país criollo y dieron origen a la

Argentina contemporánea. Jamás sospecharon que sus hijos y nietos serían educados en una

zoncera anglófila y que la descendencia admiraría justamente a próceres que hicieron burla y

menosprecio de sus padres gringos.

Decíamos que hay menos alberdianos que sarmientinos y es preciso explicarlo. Los dos

eran provincianos de genio. Pero Sarmiento se conchabó enseguida con la oligarquía porteña y a

pesar de sus ocasionales rebeldías dio expresión literaria a los gustos e intereses de Buenos Aires.

Alberdi, en cambio, que fue hasta el fin de sus días un europeísta convencido, en su ancianidad

comprendió aspectos de la vida argentina que permanecieron inescrutables para Sarmiento.

Alberdi fue siempre enemigo de Mitre y lo hizo picadillo históricamente, como a Sarmiento. Esas

páginas de Alberdi no son bien conocidas. Circulan, en cambio, todas las atrocidades que escribió

en su juventud contra los criollos y en favor de los ingleses. (La oligarquía no sólo tiene la manija

del poder, sino la bocina de la gloria. Así, lo han maquillado a Alberdi para mostrarlo a los jóvenes

con la cara preferida por la oligarquía liberal. Sólo se habla de "Bases" en la liturgia

conmemorativa. Y "Bases" no es el pedestal de su estatua, sino la lápida de su sepulcro). Si no lo

cree, lector, léala ahora mismo y comprobará lo que digo. Gobernar era poblar... con hombres y

mujeres laboriosas de cualquier parte del mundo que quisiesen tener hijos y nietos argentinos.

Pero como no vinieron los suecos ni los escoceses, la oligarquía se vengó con el aparato cultural y

pobló el país de cipayos, sin necesidad de importarlos, sólo con la escuela y la universidad. De

donde un gran pensamiento de gobierno se quedó en pura zoncera. 1

1 J. J. Hernández Arregui —La formación de la conciencia nacional, Ed. Hachea, Bs. As., 1960— dice a este propósito: "El inmigrante divinizado

fue parte de la negación de este país verdadero por la clase terrateniente, la postrera injuria a la resistencia nacional que los moradores criollos

habían simbolizado con sus lanzas. Sarmiento lo confesó con esa franqueza brusca que permite, a veces, penetrar a través de sus juicios más

honrados en los designios de la oligarquía. Esa política había permitido «ahogar la chusma criolla, inepta, incivil y ruda que nos sale al paso a

cada instante»".

Más adelante agrega: "Sarmiento viejo —que es el único que interesa para conocer la verdad— reconocerá finalmente que la

conciencia nacional no penetraba en Buenos Aires. En Buenos Aires no está la Nación porque es una provincia extranjera". "Las mejores páginas

contra la inmigración —otro hecho ignorado— se deben a su pluma. Y lo mismo Alberdi, que de joven había considerado el idioma español incompatible

con la civilización y recomendaba la lengua inglesa". Pero "ya ambos habían dado su contribución a EE.UU. e Inglaterra y a la miseria

argentina. Sarmiento fue gradualmente aniquilando sus propias fábulas. La ilusión de Europa empezó a caer cuando la conoció: “Vengo de

recorrer Europa y de admirar sus monumentos, de postrarme ante su ciencia, asombrado todavía de los prodigios de sus artes, pero he visto sus

millones de campesinos proletarios y artesanos viles, degradados, indignos de ser contados entre los hombres; la costra de mugre que cubre sus

cuerpos, los harapos y andrajos que visten no revelan bastante las tinieblas de sus espíritus; y en materia política, or ganización social, aquellas

tinieblas alcanzan a oscurecer las mentes de los sabios, de los banqueros y los nobles”.