lunes, 15 de noviembre de 2010

Apología de la urbanidad 3




* Habida cuenta de ese carácter cambiante y relativo de las normas de urbanidad (sobre el que tantas veces se ha llamado la atención en estos apuntes), no seré yo tan ingenuo como para emprender la tarea de elaborar una especie de tratado en el que se recojan aquéllas que considero pertinentes y adecuadas a las distintas situaciones (normas que, después de todo, no serían propiamente mías, sino, en gran medida, las de la época que me toca vivir); ni tan ingenuo ni tampoco tan atrevido, mas no por humildad, sino por librarme a mí mismo del ridículo y la conmiseración una vez que se haya producido el cambio de los usos sociales. Pero (como se ha dicho sobradamente) si cambian tales usos, no varían, por el contrario, los principios y los objetivos. Y así, me permitiré apuntar algunos preceptos que (a lo que yo entiendo) pueden reclamar una validez intemporal y resultar armas siempre útiles en la batalla que la urbanidad sostiene en aquellos tres frentes a los que nos hemos referido (proyecto, desde luego, no más modesto, sino más pretencioso, aunque no al punto, me parece, de no poder disculpárseme, por cuanto que de ningún descubrimiento notable irá seguido, capaz de reputarme gloria, dado que lo que diré es algo que conoce a la perfección cualquier persona de buen juicio).
Lo contrario de la rusticidad, entendida como la sordidez en los modales, bien puede llamarse elegancia; y aunque es cierto que el término puede ir referido también al atuendo, supongo que nadie negará que es perfectamente aplicable, asimismo, a los modos y maneras de una persona. Y de ella es preciso comenzar por decir que le son inseparables la huida de todo amaneramiento y la sencillez. Como observaba con acierto Proust: «La verdadera elegancia está más cerca de la sencillez que la falsa.»
Por lo demás, ridículo sería que hiciera yo un catálogo de los gestos y acciones que el buen gusto en los modales obliga a desechar. Cualquiera con un poco de juicio podría hacer otro similar, y sería posible alargar ambos cuanto se quisiese, mas no ya a base de normas efímeras o pasajeras, dictadas por la moda y el sentir de cada época, sino por principios que estimo dotados de validez permanente. Se me hace difícil creer que algún día se lleve rascarse ostentosamente las partes pudendas en el discurrir de una boda o en un funeral; o, en público, lanzar al viento el contenido de las fosas nasales, tapando alternativamente una y otra para mejor bufar. Y eso que, según cuenta Montaigne, él conoció un gentilhombre que tal hacía, por considerar que era ridículo guardar en fino paño tal inmundicia. En fin, son formas de entender las cosas, y yo también he visto hacerlo, mas, por fortuna, ni se ha extendido tal práctica ni es de desear que lo haga.
Insistir en cuestiones como ésas a nada conduciría sino a irritar y fatigar al lector. Diré sólo (volviendo a aquellos dos aspectos que antes señalaba) que no ser amanerado en los modales ni en los gestos es sinónimo de actuar con naturalidad, y ésta sólo se alcanza cuando mostramos la apariencia de que es nuestra mente la que gobierna a nuestro cuerpo, y no, como les sucede a algunos, que dan la impresión de que la lengua los arrastra, o las manos, o las piernas. Se debe gesticular sólo lo necesario. Hasta un cierto punto, el movimiento de las manos es apoyo importante del discurso, y agradable complemento suyo; mas, cuando se traspasa, es señal de inseguridad o atolondramiento (también de falsedad y mentira), además de resultar ridículo y risible, y de que acaba por marear a quien tenemos delante. Quienes poseemos la palabra, ¿por qué habríamos de decirlo todo con las manos? En cuanto al andar y al hablar, nos basta y sobra con el consejo de D. Quijote a Sancho:
«Anda despacio; habla con reposo; pero no de manera que parezca que te escuchas a ti mismo; que toda afectación es mala.»
En cuanto a la sencillez en los modales, obliga a que mostremos de la manera más simple y clara aquello que deseamos poner de manifiesto, huyendo de la ambigüedad, que sólo halla acomodo en el juego de la seducción o en el de la mentira, y procurando que no traicione nuestro cuerpo las palabras que pronuncia nuestra lengua, de tal modo que tanto nuestros gestos como nuestras posturas, e incluso las distancias que mantenemos en la interacción con los demás no se presten a confusión y revelen nuestro sentir. ¿Diremos, pues, que la sencillez de nuestras maneras consiste en rehuir los falsos modales, en evitar, en suma, la falsedad? Pues, en cierto modo, sí, a menos que una fuerza mayor nos obligue al disimulo, lo que asimismo es no sólo un arte, sino a veces también una exigencia del trato social y de la educación. Y como quiera que también a ello nos veremos forzados en no pocas ocasiones, yo me atrevería a decir, de un modo más genérico, que la elegancia consiste en un adecuado dominio y manejo de la comunicación no verbal. Y si alcanzar tal objetivo plenamente es imposible, hagamos al menos de él una especie de idea reguladora de nuestros modales.
* * *
En cuanto a la grosería, entendida como la suciedad en el hablar, me parece que a su opuesto podemos llamarlo cortesía. Es verdad que el término es tan amplio que bien podría servir como sinónimo de la urbanidad, en general, o de alguno de sus atributos. Pero también lo es que somos básicamente palabra, y que, en consecuencia, con nada nos podemos mostrar más corteses o groseros que con ella.
La urbanidad, en este aspecto, obliga a saber escuchar y a saber cuándo hablar o cuándo conviene guardar silencio. Asimismo obliga a ser discreto en las preguntas, porque nadie está obligado a decirnos más de lo que desea decirnos, y menos aún a decir lo que no quiere, y por eso tampoco se debe abusar de ellas ni insistir en alguna que ya ha sido formulada una vez: téngase por cierto que obligar con nuestra insistencia a que se nos responda, es el camino más seguro para que se nos mienta. Y si forzamos a que se nos dé otra respuesta, porque sospechamos o tenemos la seguridad de que la primera es falsa, entonces estamos propiciando que nos mientan dos veces, en lugar de una.
Se debe, igualmente, responder con corrección y en tono adecuado a aquello que se nos demanda:
«El mejor tesoro en los hombres, una lengua parca; el mayor encanto una comedida» [Hesíodo],
y a decir la verdad una vez decididos a abrir la boca, lo que no significa que estemos obligados a abrirla siempre. Nuestra cordialidad, en este aspecto, no ha de tener otro límite que la propia grosería del otro; y cuando estimemos que ha llegado el momento de dar una respuesta adecuada a su agresión verbal o a su entrometimiento, recuérdese que, en general, no son los gritos ni el término soez los más ofensivos. El insulto denota siempre la debilidad de quien lo lanza, así como la poquedad de su dialéctica y las limitaciones de su retórica. Preferibles a él son el sarcasmo o la ironía, pero no porque hagan menos daño, sino, justamente, porque dañan más.
Y, en fin, téngase presente que el lenguaje, como quiere la filosofía de Wittgenstein, es una caja de herramientas, y es menester conocer cuál es la palabra apropiada al objetivo propuesto; mas también a la persona a la que va dirigida y a los diferentes contextos en los que tiene lugar la comunicación: no se puede mantener el mismo registro lingüístico en una clase de filosofía que tomando una copa, a menos que queramos ser tenidos por chabacanos o por pedantes; ni tampoco, como es obvio, se debe hablar igual con una amante que con un catedrático de filología bíblica trilingüe.
Finalmente, repárese en que huir del lenguaje grosero o soez no implica incurrir en la mojigatería. Hay determinadas actividades (casi todas ellas se realizan de cintura para abajo) que, vaya usted a saber por qué, suelen considerarse particularmente escabrosas y a las que está mal visto referirse, o, si se hace, debe ser mediante el uso de unos eufemismos, con frecuencia, tan ridículos como insufribles, como aquéllos que dicen hacer pipí, en lugar de mear u orinar (por mencionar sólo uno de los ejemplos menos comprometidos). La cursilería es siempre risible, pero en pocos lugares tanto como en el propio lenguaje:
«Llamemos a las cosas por su nombre. Simplifica la cuestión»,
decía Oscar Wilde. Seguramente no es verdad siempre, pero sí muchas veces, y ello tanto en lo ético como en lo estético.
* * *
Y ocupémonos, ya por último, del guarro, en sentido estricto; aquél que debe su nombre al cerdo (la voz guarr- o gorr-, del cual deriva es, en efecto, sonido onomatopéyico que imita el gruñido de dicho animal. Lo que no deja de ser injusto para éste, ya que, después de todo, un cerdo no es un guarro: es un cerdo).
La guarrería es, a partes iguales, una falta de higiene y de limpieza. El guarro, ciertamente, es sucio; alguien, como sugiere Marcial, que aloja tanta mugre en su cabeza como en su culo:
Zoile, quid solium subluto podice perdis? Spurcius ut fiat, Zoile, merge caput. [Zoilo, ¿por qué contaminas tu bañera lavándote en ella el culo?
Para acabar de ensuciarla, Zoilo, mete la cabeza];
mas su sordidez acaba por resultar también insalubre; no sólo para él, sino, en ocasiones, también para el prójimo, quien lo rehuye siempre, aunque bien es cierto que más por motivos olfativos que propiamente sanitarios. Y en lo que a los placeres de Venus se refiere, no es la guarrería una buena compañía con la que acudir al envite. Cómo acabe éste, es otro asunto que a nadie importa (no es preciso llegar al extremo de no despeinarse siquiera en el evento), pero debes comenzarlo limpio y aseado. De lo contrario, tal vez haya quien se sienta obligado a decirte que
Laedit te quaedam mala fabula, qua tibi fertur
ualle sub alarum trux habitare caper.
hunc metuunt omnes ; neque mirum : nan mala ualde est
bestia nec quicum bella puella cubet.
quare aut crudelem nasorum interdife pestem,
aut admirari desine cur fugiunt.
[Tienes una mala leyenda que se cuenta de ti y te perjudica,
según la cual un horrible macho cabrío habita en tus sobacos.
Todas le temen; lo que es normal, pues no es con esa mala
bestia con quien quiere acostarse una hermosa muchacha.
Por tanto, o suprimes esa cruel peste del olfato
o dejas de asombrarte de que huyan. Catulo, Carmina LXIX];
y para evitarlo, yo creo que el remedio es sencillo: con agua y jabón es suficiente («¡Báñense ustedes! –aconsejaba nuestro Jardiel Poncela–. El agua sólo hace daño cuando se presenta en grandes masas llamadas océanos».). Un cuerpo limpio y aseado, cubierto por un vestido igual, basta para escapar de la guarrería (lo demás son sólo modas) y alcanzar su opuesto, al que me parece que no es del todo erróneo denominar decoro, pues estamos hablando del aspecto, y nada malo hay en que refiramos ese término al cuerpo en un sentido similar al que tiene en arquitectura.
El resto de aditamentos está bien, pero sin abusar de ellos. Nada tengo que oponer, por ejemplo, a un discreto perfume, mas tampoco hace falta que su uso se torne obsesivo y permanente:
nom bene olet qui bene semper olet,
como decía Marcial. Y, en efecto, si es verdad que no huele bien quien siempre huele bien (tampoco tenemos por qué avergonzamos de nuestro propio olor, que es único e inconfundible), asimismo lo es que un maquillaje excesivo a nada conduce: si con el se intentan ocultar las huellas del tiempo o las ingratitudes de la naturaleza, no es sino fraude que se queda en el mero intento, y si nada hay que ocultar, es superfluo. Hablo ahora, claro está, de las mujeres: en este aspecto, tanto me da que los hombres se maquillen o se operen. Y, de nuevo con Marcial, a mí

splendida sit nolo, sordida nolo cutis,  (es decir, no me gusta un cutis sucio, pero tampoco necesito que brille.)
                                                                              *Alfonso Fernández Tresguerres