sábado, 13 de noviembre de 2010

Apología de la urbanidad 1

Contribución a un prontuario de buenas maneras
1
* Sea que prefiramos el término «urbanidad», sea que nos decantemos por el de «civismo», parece que en ambos casos nos estamos refiriendo a un idéntico objeto, esto es, al conjunto de cualidades y disposiciones necesarias e indispensables al ciudadano, que en verdad lo sea, en orden a la convivencia con los otros, o lo que es igual, en orden a la vida en la ciudad. Hablamos, pues, de una serie de normas que, tanto en lo que atañe al cuidado de nuestra persona y aspecto externo, como en lo tocante a los modales y otras cuestiones relativas a la forma de nuestro obrar, hacen posible que el trato con los demás no constituya una auténtica pesadilla; y si bien no llegaría yo al extremo de afirmar que sin ellas la vida en sociedad resultaría imposible (de hecho, parece que se estén perdiendo paulatinamente, y aquí seguimos), sí es seguro que la harían profundamente desagradable. Y utilizar este término no es casual ni deja de tener su importancia, porque sucede (o al menos eso es lo que yo entiendo) que más que con la esfera del bien o de lo bueno, tienen que ver tales normas con la de lo agradable, e incluso lo bello. Normas, pues, no propiamente éticas, sino estéticas o de gusto. De hecho, cuando un determinado acto atenta contra ellas, no solemos decir que es malo, sino que está feo o que es de mal gusto. Así, por ejemplo, informar al prójimo mediante un eructo de cuál ha sido nuestro menú, no es, en rigor, una acción perversa o mala, sino una guarrada, que no se halla perseguida ni por las leyes morales ni por las jurídicas. Y añadiré que por desgracia, porque deberían dictarse leyes contra los guarros, similares, siquiera, a las dictadas contra los fumadores. Pero cada momento histórico tiene sus aquéllos, y el que vivimos parece hallarse en la creencia de que desaparecido o reconvertido el último fumador (yo aún permanezco fiel), el mundo será un vergel. Como si no fuese obvio que la gente se continuará muriendo de cualquier otra cosa, porque la gente tiene la mala costumbre de morirse siempre de algo:
«¡Ojalá por sobrevivir a esta guerra fuéramos
a hacernos para siempre incólumes a la vejez y a la muerte!»
[Ilíada, XII 322-23];
y, entre otras alternativas, cabe la posibilidad de acabar convertido en número de una estadística de accidentes de tráfico, efecto colateral de un bombardeo o víctima de una contaminación que avanza por tierra, mar y aire. Y es admirable que países que se resisten contumazmente a firmar cualquier protocolo en orden a su reducción, no tienen ningún reparo en perseguir denodadamente al fumador, como si tuviesen por cierto y probado que el responsable de todos los males propios y ajenos, y el agente contaminante por excelencia, es él. ¿Qué lo que digo es mera demagogia? No del todo, y estaría dispuesto a discutirlo con mayor detención, y hasta a probar que el momento presente le ha convertido en una suerte de chivo expiatorio (por utilizar la expresión de Girard), al punto que los niños acabarán por rehuirle y temerle, y acaso, con el tiempo, lleguen a denunciar al padre que fuma a escondidas en el baño. Pero ahora volvamos a nuestro asunto.
Decía que la urbanidad se encuentra más cerca de la Estética que de la Ética, en sentido estricto, y aunque convengo en que la casuística y los ejemplos obligarían a relativizar tal juicio, y obligarían a admitir el trasvase de normas de uno a otro ámbito (lo sorprendente sería lo contrario), no advierto, sin embargo, la necesidad de renunciar a tal ubicación. Y como casi todo lo que tiene que ver con el gusto, los preceptos que conforman la urbanidad, y que regulan acciones y comportamientos que calificamos de buen gusto (o de mal gusto, cuando se incumplen), presentan, con frecuencia, un carácter relativo y varían, por lo general, según épocas y sociedades. Lo que en determinado momento o lugar se considera soez o sencillamente inadecuado, puede gozar de alta estimación, y aún alcanzar el rango de práctica obligada, en otros. Sería, por ello, de enorme interés un manual de Etnología comparada en el que se estudiase lo que la humanidad, en sus diferentes fases históricas y agrupaciones, ha ido entendiendo por buena educación (otra de las formas como se designa aquello de lo que estamos hablando). Es seguro, no obstante, que por divergentes que puedan ser tales preceptos, se hallan animados por un objetivo común: establecer, en alguno de sus aspectos, el concepto mismo de lo «humano» y, con él, la diferencia entre lo humano y lo animal, y también entre nosotros y ellos, es decir, entre un pueblo y aquéllos a los que él considerada situados en un nivel inferior, prácticamente inhumano, prácticamente animal: téngase por cierto que todo salvaje encuentra a otro al que llamar salvaje. Y adviértase que nosotros al maleducado acostumbramos también a llamarlo bárbaro.
Así que podríamos decir que lo que denominamos «urbanidad», entendiendo por tal el conjunto de principios estéticos por lo que ha de guiarse el «ciudadano», constituye una de nuestras líneas de demarcación entre lo bárbaro o primitivo y lo civilizado, del mismo modo que lo es la propia «ciudad». Ésta, ciertamente (junto a otros rasgos, como la escritura), constituye uno de los criterios más firmes para determinar el paso de las sociedades «bárbaras» a las sociedades «civilizadas» (desprovistos ambos conceptos de cualquier matiz despectivo o laudatorio, y utilizados sólo para designar dos tipos de agrupaciones sociales muy distintas, y que difieren, entre otras cosas, por la sencillez, en el primer caso, y complejidad, en el segundo, de sus estructuras sociales, políticas, económicas y culturales. De manera que, aunque nos servimos de tales conceptos, siguiendo la tradición antropológica de Morgan, tampoco pasaría nada si hablásemos, respectivamente, de sociedades «simples» y «complejas». Otros, como Evans-Pritchard y Fortes, prefieren hacer uso de la contraposición entre sociedades «no estatales» y sociedades «estatales»). Y como quiera que la superioridad de las segundas es, en muchos aspectos (científicos o tecnológicos, por mencionar algunos), un hecho objetivo y no un mero juicio de valor, hemos terminado por atribuirnos esa misma superioridad en todo, incluyendo la moral y las costumbres; lo que puede que sea cierto o que no lo sea, o, por mejor decir, puede que sea cierto en unas cosas y no lo sea en otras. Y así, para volver a la urbanidad, llamamos «civilizado» a quien se comporta de acuerdo con nuestros usos, y «bárbaro» al que los infringe. Y aunque no seré yo quien relativice el asunto hasta el punto de sostener que nuestros principios morales (hablo, por supuesto, del mundo occidental, heredero de la tradición greco-latina y cristiana) y nuestras normas de urbanidad (en lo que atañe, por ejemplo, a su dimensión higiénica y sanitaria) hayan de colocarse siempre en el mismo plano que las prácticas de otros pueblos (primitivos y no tan primitivos), si considero oportuno llamar la atención sobre la circunstancia de que así como no hay sociedad sin algún tipo de normativa ética y moral, no la hay tampoco sin cualesquiera principios de urbanidad. Y no la hay porque no puede haberla: cualquiera de esos dos tipos de preceptos constituyen diferencias esenciales entre el ser humano y el resto del mundo animal. Defendamos, pues, cuanto queramos nuestra superioridad científica, tecnológica y hasta moral; defendamos también, en muchos aspectos, lo superior de nuestra urbanidad, pero advirtamos, al tiempo, lo relativo de otros, y no nos extrañe que
Avec un langage si pur, une si grande recherche dans nos habits, des mœurs si cultivées, des si belles lois et un visage blanc, nous sommes barbares pour quelques peuples.
[«Con un un lenguaje tan puro, un refinamiento tan grande en nuestros vestidos, costumbres tan cultivadas, leyes tan bellas y un rostro blanco, somos bárbaros para algunos pueblos», La Bruyére];
porque, sin duda, nuestra superioridad sobre tales pueblos no radica en el vestido en cuanto tal, sino en la sociedad que lo ha hecho posible, pero en sí mismos considerados, ¿qué ventaja hay en una hermosa casaca y una peluca empolvada frente a un sencillo taparrabos? Por lo demás (y este argumento contribuye a reafirmar el otro), es obvio que dentro de nuestra propia tradición cultural resulta, asimismo, enormemente variable lo que se considera fino, educado o de buen gusto.
Pero la urbanidad (decía antes) no es sólo una línea de demarcación entre sociedades humanas, sino también entre humanos y animales. ¿Será menester recordar aquí que del poco fino, del grosero o maleducado se dice que se comporta como un animal? Ahora bien, un animal actúa conforme a lo que es, y ningún sentido tendría hacer juicios de valor sobre su conducta, exigiendo de ella el respeto a las normas de urbanidad que organizan el actuar humano; sin embargo, el hecho de que sea calificado de «animal» el individuo que abdica de su condición de ciudadano por el incumplimiento de las normas aparejadas a tal condición, indica (creo yo) que en éstas se sospecha actuando algún elemento que supone no sólo una clara diferencia entre el modo de hacer propio del ser humano frente al resto de especies animales, sino también una nítida segregación de su hacer y actuar respecto al hacer y actuar etológicos, en sentido genérico. Cuál sea ese elemento, entiendo yo que tiene más que ver con la forma que con el contenido de la acción: casi todos lo actividades que se hallan reguladas por las normas de urbanidad tienen (respecto al contenido) su paralela y correspondiente en el mundo animal, por lo que aquello que las hace específicamente humanas no será, pues, lo que se hace, sino el cómo se hace. Las necesidades elementales, biológicas o primarias que irremediablemente necesitan ser satisfechas, por cuanto que de ellas depende la supervivencia del individuo o de la especie (hambre, sed, seguridad, sueño y sexo), son comunes al hombre y a otras especies; su contenido, diríamos, es idéntico en uno y otro caso, y, en consecuencia, lo distintivamente humano no se encuentra ni en la necesidad misma ni en su satisfacción, y ni siquiera, muchas veces, en la cadena de actos que conducen a ello, sino en el modo como se realizan éstos y se satisface aquélla, no, en suma, en el hacer algo, sino en la forma de hacerlo. Y lo que define a esa forma es, ante todo, su carácter ceremonial. Mas toda ceremonia únicamente a partir del contexto cultural del que brota puede ser cabalmente explicada y comprendida, y por eso, incluso todos aquellos comportamientos animales que pudieran asemejársele, no ya por su contenido, sino hasta por su forma, al hallarse constituidos, por ejemplo, por un conjunto de actos pautados (característicos de las ceremonias humanas), se localizarían, sin embargo, en un plano esencialmente distinto, y no pasarían de ser meros rituales, esto es, pautas de conducta explicables, casi siempre, por disposiciones biológicas y ambientales, y hasta (es cierto) culturales, en ocasiones, mas siempre que se entienda «cultura» como sinónimo de «aprendizaje». Por el contrario, de las ceremonias humanas no bastaría con decir que son culturales en el sentido de aprendidas, sino que se hace preciso advertir, además, que depende directísimamente de creaciones culturales objetivas, es decir, de objetos propios y exclusivos del ser humano; y entre tales objetos es necesario incluir no sólo aquéllos que presentan una función de utensilio, o aquéllos, en general, que tienen un carácter material y tangible, sino también las creencias religiosas, las normas morales y, por supuesto, las propias reglas de urbanidad (si bien es cierto que cualquiera de ellas es susceptible de alcanzar, al mismo tiempo, una materialidad física cuando, mediante la escritura, se conviertan en códices o libros: por ejemplo, en un manual de urbanidad).
Pero si las ceremonias suponen una diferencia esencial entre el hombre y los animales, y si no hay ceremonia concebible en ausencia de cualquier norma de urbanidad, se comprenderá que sea ésta (la urbanidad) uno de los aspectos en los que nos diferenciamos (y nos sabemos diferentes) del resto de los animales. Y ahora se entiende, creo yo que con toda claridad, por qué la gente llama «animal» a quien en su actuar viola las normas no sólo éticas, sino también estéticas, es decir aquello que el grupo considera de buen gusto.
Evidentemente esas formas ceremoniales varían, asimismo, de una sociedad humana a otra, y no únicamente cuando van encaminadas a la satisfacción de necesidades primarias, sino igualmente cuando tienen por objeto otra serie de necesidades (secundarias o no biológicas), algunas de las cuales podrían ser rastreadas en el mundo animal, en tanto que otras son única y exclusivamente humanas. Y de ahí lo que antes apuntaba, a saber: el carácter relativo de la urbanidad. Mas lo que acabamos de decir nos obliga a dar un nuevo paso: las reglas de urbanidad no son únicamente normas estéticas (o de gusto) y relativas, sino, además, formales: son, diríamos, principios formales que rigen y ordenan la acción. Su mira no se halla puesta tanto en lo que se hace (en esto difieren radicalmente de las normas éticas y morales) como en el modo de hacerlo, en la manera de actuar. Y por eso, a comportarse con urbanidad lo llamamos también guardar las formas o poseer buenos modos o buenas maneras. Son normas (podemos igualmente decirlo así) orientadas al aparentar, con lo que no otra cosa quiero decir sino que su ámbito propio es la apariencia, esto es, aquello que de nuestro ser mostramos y hacemos público (incluso a nosotros mismos). ¿Qué otro significado podría tener el que al actuar con corrección nos refiramos también como guardar las apariencias?
Por último, a los tres rasgos señalados (estéticas, relativas y formales) debemos añadir cuarto: son normas que, por lo general, se dan por supuestas; son, las más de las veces, sobreentendidos, y de ahí, seguramente, la ausencia de legislación de la que hablábamos antes, porque es cierto que hay manuales de urbanidad (más antes que ahora) o de protocolo (que no es sino la urbanidad de los grandes eventos), pero no existe una legislación de la urbanidad (o existe en una proporción despreciable: por ejemplo, la prohibición de arrojar basura en determinados lugares), y tampoco hay una ética de la urbanidad. Se da por supuesto y se sobreentiende que cualquier individuo que ha recibido una mínima educación hará o no hará determinadas cosas, en determinados lugares y con determinadas personas: y así, por ejemplo, en ninguno de nuestros restaurantes se considera necesario prohibir orinar en la papelera o eructar al oído del vecino de mesa.
Con todo, y acaso para probar aquello de que «no hay razón que no tenga su contraria», como decía Montaigne, o, como más prosaicamente diremos nosotros, que en el ámbito del humano hacer casi no hay principio que no tenga su excepción, esto del legislar la urbanidad también la tiene. Así, por ejemplo, algunos preceptos establecidos por Hesíodo, y entre ellos el siguiente:
«Nunca te orines en la desembocadura de los ríos que afluyen al mar ni en las fuentes; guárdate bien de ello. Y no te ensucies, pues no hacerlo es ciertamente mejor».
Aunque tal vez el caso más significativo sea el Antiguo Testamento, en especial en el Levítico y en el Deuteronomio, libros en los que se da una curiosa mezcla de preceptos legales y religiosos, de reglas de purificación ritual y normas de urbanidad. Veamos una:
«Tendrás un lugar fuera del campamento para tus necesidades y llevarás en tu equipo una estaca. Cuando salgas a hacer tus necesidades, harás con ella un hoyo y al final taparás los excrementos» [Deuteronomio, 23:13-14].
O esta otra:
«Si un hombre está riñendo con su hermano, se acerca la mujer de un de ellos y, para defender a su marido del que lo golpea, mete la mano y agarra al otro por sus vergüenzas, le cortarás la mano sin compasión» [Deuteronomio, 25: 11-12],
norma en la que, a diferencia de la primera, que es propiamente de urbanidad (sin excluir el componente higiénico que muchas normas de urbanidad conllevan, como sucede también entre nosotros), confluyen por igual las buenas maneras y el deseo de preservar la integridad del prójimo frente a una prójima en exceso vehemente.
(Cont.)