domingo, 25 de diciembre de 2011

Historia de un gordo






Feliz Navidad para todos! Anoche volví a ver a Papá Noel. Me provocó nostalgia y ganas de acercarles este texto publicado hace muchos años y recuperado entre las crónicas de No hay tiempo que perder. Símbolo del consumo y del capitalismo. Representante generoso de la milagrería popular. Todo a la vez. Espero lo disfruten.

A bordo de un trineo volador, tirado por ocho renos, viajando desde el Polo Norte viene Papá Noel con una bolsa enorme repleta de regalos. No le importa el calor sofocante del hemisferio sur. No se le caen ni el gorro ni la risa de trueno. No sufre la ausencia de chimeneas. Puntual y eficiente, viene. Es verdad que no llega para todos de la misma manera. En eso se parece al capitalismo que lo convirtió en figura emblemática del consumo. Sus regalos no están a la altura de la bondad de los infantes sino de la capacidad económica de los padres. Pero su leyenda no tiene ateos. Recibir regalos es una de las experiencias más agradables de la vida. Era tan necesaria su presencia en este reino de usureros y abstemios, que hubo que inventarlo.

El verdadero San Nicolás era un obispo turco ―si bien no faltan los herejes que dudan de su existencia― nacido en el año 280 en la ciudad de Patara, Licia, una región boscosa de Asia Menor. Se dice que era hijo de una familia muy rica. Se ordenó como sacerdote a los 19 años cuando murieron sus padres. Al poco tiempo se convirtió en obispo. Tal vez por su juventud o por su amor por los más pequeños, lo llamaban “el obispo de los niños”. De hecho les legó su fortuna personal. Se le atribuyen varios milagros, entre ellos la resurrección de un marinero egipcio.

La historia a partir de la cual se construyó la leyenda cuenta que vivían en Patara, tres niñas que no podían aspirar a casarse debido a que su padre era muy pobre y, se sabe, sin dote no había pretendientes ni nupcias. El hombre, con todo pesar, había pensado en venderlas a medida que alcanzaran la edad de casarse.

Cuando San Nicolás se enteró de tan triste situación, decidió intervenir: cuentan los creyentes que cuando cada niña alcanzó la edad suficiente, en complicidad con las sombras de la noche, el obispo fue dejando dinero dentro las medias que las jovencitas colgaban cerca de la ventana para que se secaran.

Otra versión indica que el obispo Nicolás arrojó oro por la boca de la chimenea de la casa de las niñas. Lo cierto es que la leyenda se extendió desde el Oriente católico a toda Europa primero, y después por el resto del mundo. Cualquier regalo inesperado era agradecido a San Nicolás. Su función de repartir obsequios, por demás agradable, le regaló a cambio el fervor popular. De hecho, se han levantado en homenaje a San Nicolás más iglesias que en recuerdo de cualquier otro santo.

A partir de esa figura básica de un hombre alto de barba gris y traje blanco, mezclada con las creencias nórdicas del Padre Invierno, lo gnomos y los ancianos generosos de Alemania, se terminó de delinear el personaje. Los holandeses instalados en la costa este de los Estados Unidos lo llevaron a América. A comienzos del siglo XIX el escritor Washington Irving comprendió que un obispo no tenía mucho que ver con las tradiciones de esa parte del mundo, lo desvistió de sus ropas clericales y lo transformó en un holandés bonachón, “Guardián de Nueva York”. El holandés Sinter Klaas (San Nicolás) se convirtió rápidamente en el anglosajón Santa Claus. Está claro que todo se transforma.

Fue el dibujante Thomas Nast, un inmigrante alemán radicado en los Estados Unidos, quien en 1862 se acercó con sus trazos a la figura actual. Si bien los primeros dibujos de Nast lo mostraban como un gnomo barrigón, sus diseños lo imaginaron cada vez más alto. En este proceso San Nicolás perdió definitivamente su origen religioso para convertirse en personaje neutro, a la medida de la sociedad industrial. Ese cambio garantizó su expansión. Santa Claus regresó a Europa donde se fusionó con Father Christmas, celebrado por los ingleses. En Francia, el Padre Navidad se transformó en Papá Noel, así llegó a España y después a toda Hispanoamérica.

Osvaldo Soriano, casi un Papá Noel de la literatura, además de ser un excelente narrador era un gran tipo. Ninguna de estas dos verdades es un gran descubrimiento para sus lectores o amigos. El humor de Soriano era fino y contundente. La última postal que me envió, meses antes de morir, lucía la imagen de Papá Noel: gordo, con su barba y bigotes blancos, su traje rojo y una botella de Coca-Cola en la mano. Alguna vez Soriano escribió una crónica memorable sobre la historia de la bebida más popular del mundo capitalista. Es que la imagen actual del entrañable personaje navideño fue perpetrada por los creativos de la bebida cola. Una imagen tan popular no podía soslayarse a la hora de programar las nuevas campañas de ventas. En 1931, Habdon Sundblom transformó al gnomo de Nast en el gordinflón agradable que todos conocemos. Como era previsible, manchó su traje con los colores de la compañía y le encajó una botella de gaseosa en la mano derecha.

Sin preguntarse por el origen de la leyenda, despreocupadas y generosas, miles de personas se convierten cada Nochebuena en Papá Noel. A falta de chimeneas utilizan como plataformas terrazas y balcones. Barbas de algodón, toques de rubor en las mejillas, trajes de raso rojo, barrigas de almohadón y grandes dosis de entusiasmo. Las mamás Noel prefieren el silencio para que no las reconozcan, los hombres una voz cavernosa y distorsionada. Es una escena de amor festejada por chicos y grandes.

“Somos los anti paladines: gordos y viejos, cuando la sociedad dice que hay que ser joven y fuerte para triunfar. Esa noche ganamos nosotros”. La definición es de Helio Migliore, operador de la Central de Emergencias de Rosario. Helio, que se recibió de periodista, es Papá Noel desde hace dos décadas. Primero se disfrazaba para su familia y después, ante innumerables pedidos, se transformó en el abastecedor de las sonrisas de muchos hogares de la República de la Sexta, uno de los barrios más lindos de Rosario. Los vecinos solo deben llamarlo y tener preparada la bolsa de tela roja. En esos menesteres no solo estacionar el trineo es un problema. Helio cuenta que una vez iba de recorrida con el auto en plena Nochebuena y dobló en “U” porque llegaba tarde a una casa. Enseguida lo detuvo un agente de tránsito: “Cuando me vio con el traje no lo podía creer. Antes de que reaccionara le dije ‘no me detenga agente, soy Papá Noel’, y por supuesto, me dejó ir”.

No recuerdo cuándo descubrí la operación navideña organizada por mi familia. Pero mantengo entre mis recuerdos más queridos la imagen de Papá Noel deslizando con cuidado de asaltante la bolsa de regalos desde el techo del garaje donde nos reuníamos cada Navidad. Y conservo, desde entonces, el temor a lo inesperado, la perplejidad de mis primos, la risa de mi madre, la ilusión de una noche blanda con regalos y amores que llegaban del cielo.

Publicado por Reynaldo Sietecace el Domingo 25 de diciembre del 2011