lunes, 12 de diciembre de 2011

Tierra y Dignidad






El Bolsón es una localidad patagónica ubicada al sudoeste de la provincia argentina de Río Negro. Está enclavado a 340 metros sobre el nivel del mar, en un valle coronado por el cerro Piltriquitrón y rodeado de caudalosos ríos, montañas, bosques, lagos y otros pueblos y valles menores que integran la atractiva comarca andina del paralelo 42. El ambiente acogedor de su paisaje cordillerano no sólo ha fascinado durante décadas a miles de turistas, mochileros y viajeros de toda laya, sino que también ha atraído a inmigrantes de las más diversas latitudes del planeta. La población actual supera los 20.000 habitantes y está conformada por mapuches, españoles, italianos, sirios, libaneses, alemanes, ingleses, franceses y argentinos provenientes de múltiples rincones del país. Este caleidoscopio humano determina la convivencia de distintas religiones, prácticas y creencias que nutren el ya abundante escenario regional.

Las principales actividades económicas son el turismo, los cultivos orgánicos, la fabricación artesanal de dulces, cervezas, quesos, licores y la confección de una gran diversidad de artesanías que pueden apreciarse en la célebre y concurrida feria que cada martes, jueves y sábado se despliega en la plaza local en forma de medialuna. En temporadas altas, la feria supera largamente los 250 puestos y es visitada por miles de personas que atiborran sus deslumbrantes pasillos, colmados de colores y artículos de original extravagancia.

Si preguntamos qué actividades se pueden practicar, nos recomendarán hacer cabalgatas, rafting, mountain bike, trekking, volar en parapente, pescar y escalar. También nos aconsejarán visitar la Cabeza del Indio, el Cajón del Azul, el glaciar o el lago Puelo.

Todo esto es lo que se percibe al llegar a El Bolsón. Pero si uno trasciende la ligera visión de turista y es capaz de recoger los sonidos y las voces que pueblan el lugar, comenzará a escuchar un murmullo que se expande por toda la comarca, un murmullo que viene más allá del río y el bosque, un murmullo que habla de tierra y dignidad.

En octubre de 2002, el río Quemquemtreu desbordó su cauce y destruyó las viviendas y pertenencias de numerosas familias que se habían asentado en sus riberas. Sin lugar a donde ir, los damnificados se agruparon en centros de evacuados, donde comenzaron a solicitar la atención del gobierno municipal. Urgía conseguir terrenos donde levantar un nuevo asentamiento. Faltaban recursos pero sobraban ganas. Se enfrentaban a la gran desventaja de ser argentinos, porque en el sur la tierra únicamente es facilitada a los extranjeros -a veces barata, a veces regalada- pero no a la gente que tiene semillas y herramientas pero que le falta un surco donde utilizarlas. En nuestro país, los mismos funcionarios que se golpean el pecho afirmando que las Malvinas son argentinas, no dudan en ponerle precio a la tierra y el agua, a los cerros y los bosques.

La falta de respuestas acrecentó las ganas de autoabastecerse, y de las asambleas fue naciendo el proyecto de organizar un movimiento auto gestionado que a la vez incluyera el contacto con la naturaleza. Fue así que surgió la idea de ocupar tierras fiscales. Entonces se pusieron manos a la obra. Hombres y mujeres, muchas de ellas embarazadas, y más de diez niños se asentaron en un predio fiscal de 52 hectáreas que se encuentra en la localidad de Mallín Ahogado, a tres kilómetros de El Bolsón.

Cuando las 20 familias decidieron tomar el lugar, las tierras estaban totalmente abandonadas, pero la necesidad se unió al entusiasmo y este pequeño grupo comenzó a demostrar la grandeza humana que puede alcanzar una comunidad que trabaja de manera horizontal, autogestiva y solidaria.

Así nació Tierra y Dignidad. Ese fue el nombre que eligieron para representar al grupo, al proyecto, al sueño colectivo de trabajar por un rincón en el mundo. Movimiento Tierra y Dignidad.

Allí se organizaron libremente. Primero se establecieron en carpas, porque no había siquiera un techo donde resguardarse. Sobre la marcha aprendieron a funcionar como grupo. Nadie tenía experiencia militante, ni teoría política, ni nada que se le parezca. Fueron levantando el asentamiento con los conocimientos que tenía cada uno, dialogando entre todos, aprendiendo juntos, de asamblea en asamblea.

En un principio armaron un primer espacio común, que desde los inicios funcionó como guardería, para dar refugio, cuidado y calor a los niños. Allí se tomaba mate y se dialogaba, se debatía y se decidía. Después construyeron un baño comunitario, y con el tiempo fueron levantando las casas en los claros del bosque, cuidando la vegetación autóctona, protegiendo a los cipreses, sin talar el bosque nativo y limpiándolo para disminuir los riesgos de incendio. Los terrenos no fueron alambrados y las viviendas se construyeron guardando una prudente distancia entre sí, de manera que ninguna pudiera verse desde la otra.

A través de innumerables jornadas de trabajo colectivo condujeron el agua, limpiaron caminos, consiguieron electricidad, comenzaron a trabajar la tierra de manera orgánica y armaron corrales para criar animales con el fin de autoabastecerse. Además pusieron en marcha un sistema de elaboración de productos principalmente comestibles, los cuales son destinados a la venta y al consumo interno.

Antes de que Tierra y Dignidad se establecieran en el predio, esos terrenos eran objeto de especulación para el mercado inmobiliario local. No existía un proyecto público para el lugar y sólo había intenciones privadas de construir allí una cancha de rugby, emprendimiento que no sólo es de carácter elitista sino que también dañaría las condiciones orgánicas de la tierra y además necesitaría una inmensa cantidad de agua para el riego.

Al tiempo de haberse asentado, Tierra y Dignidad solicitó un permiso precario de ocupación, demostrando disposición a cumplir con los requisitos administrativos. Pero el gobierno municipal no respondió ni presentó repuesta alguna al estado de emergencia de las 20 familias, ni ofreció propuestas ni otorgó soluciones a la escasez de vivienda. Lo que hizo fue iniciar un juicio de desalojo.

El grupo no se detuvo. Siguió luchando y trabajando, con la certeza que otorga el hecho de compartir la tierra comunitariamente, y con la convicción de la dignidad que les concede trabajar esa tierra. Incorporaron las armas legales correspondientes, pidieron al Estado provincial que les garantizara sus derechos y solicitaron el reconocimiento de la posesión del predio a través de un título de propiedad comunitaria.

La ocupación se mantuvo abierta a la comunidad e incorporó a otras familias, con la sencilla condición de que no tengan vivienda en otra parte. Incluso algunos funcionarios han reconocido la viabilidad del proyecto y han derivado al predio familias que sufrieron las inundaciones de marzo de 2004.

Tierra y Dignidad no es un caso aislado. Su lucha está vinculada a la concentración de la tierra en pocas manos, que actualmente afecta a toda la región patagónica y cobra dimensiones alarmantes como consecuencia de la expansión de un sistema que desampara sistemáticamente y expulsa a quien no puede pagar la entrada al paraíso. El metro cuadrado se cotiza a precios inalcanzables y no guarda ninguna proporción con los salarios de la gente, impidiendo a la gran mayoría de los habitantes locales acceder a una vivienda digna o a una parcela de terreno donde poder recoger las siembras. En los últimos años, y solamente en El Bolsón, alrededor de 110 familias, formadas por aproximadamente 450 personas, han ocupado tierras de manera colectiva.

La lucha tiene vastos argumentos que justifican sus reclamos. En principio, se encuentra bajo el amparo del artículo número 2 de la Ley N° 279 de Tierras de la Provincia, que sostiene que la tierra es un instrumento de producción considerada en función social; y la misma ley defiende claramente las reivindicaciones del grupo cuando afirma que la tierra debe ser de quien la trabaja ("Que la tierra sea de propiedad del hombre que la trabaja, siendo asimismo base de su estabilidad económica, fundamento de su progresivo bienestar y garantía de su libertad y dignidad").

Adicionalmente, el grupo asume el ejercicio de su derecho a la vivienda previsto en el Pacto de San José de Costa Rica, que también reivindica en conjunto el derecho al trabajo digno y la responsabilidad colectiva para el cuidado del ambiente.

Las reivindicaciones de Tierra y Dignidad han sido respaldadas por numerosas agrupaciones como APDH Bariloche, Cedha, Centro Mapuche Bariloche, Asociación de Micro emprendimientos, Corriente de Militantes por los Derechos Humanos, Asociación Abuelas de Plaza de Mayo, Asamblea No a la Mina de la localidad de Esquel, profesores de la Universidad del Comahue, diversos organismos defensores de derechos humanos, medios de comunicación de la región, y distinguidas personalidades de la cultura, entre las que se cuenta el escritor Osvaldo Bayer.

Luego de varias idas y vueltas, de acusaciones por parte del gobierno provincial, y apelaciones por parte de Tierra y Dignidad, la Cámara de Apelaciones en lo Civil, Comercial y de Minería de Bariloche ordenó el desalojo a las 20 familias que ocupan el predio fiscal. Pero en abril de 2006, el Supremo Tribunal de Justicia de la Provincia de Río Negro ordenó a la Cámara de Apelaciones que redactara un nuevo fallo acorde con los Derechos Humanos, y particularmente con el derecho a la vivienda que demandan los ocupantes.

Este hecho determina un avance para lograr el reconocimiento y las garantías que los integrantes de Tierra y Dignidad piden al Estado.

Da gusto hablar con los miembros de Tierra y Dignidad. Es gente mayormente joven que no se resigna, que concibe el derecho a la tierra por el simple hecho de haber nacido en este mundo. No vinieron de otro planeta para que se les niegue la oportunidad de disponer de un lugar donde vivir, donde trabajar, donde ver crecer sus hijos. Creen que basta la dignidad y el trabajo para sostener los sueños y las convicciones.

Allí están… han levantado un pueblo, pequeñito, pero grande por su historia. Algunos niños ya han nacido en estas nuevas tierras surgidas de la lucha y el trabajo.

Cuando llegaron sólo tenían sus manos y algunos conocimientos. Algunos sabían algo, otros mucho, otros poquito. Pero hoy todos se defienden en cuestiones de mecánica, agronomía, física, arquitectura, electricidad, plomería, albañilería, y hasta derecho, porque tuvieron que ir aprendiendo las armas legales para aguantar las arremetidas del Estado.

Cuando uno sale de Mallín Ahogado y vuelve al mundo de siempre, la vida diaria parece más vulgar; el escenario cotidiano parece chiquito, intrascendente, al lado de una lucha tan digna y tan inmensa que ha devuelto a la tierra algo que le pertenece: las personas, la esperanza.