lunes, 2 de julio de 2012

La formación de identidades, un proceso activo de transmisión de valores


Me toca a mí hablar después de tres exposiciones distintas, primero la obra de teatro como arte –que no es otra cosa que la expresión sensible de la idea–, y esta obra de teatro ha sido la expresión sensible de la idea de la historia argentina; me hubiera gustado –como me hizo notar Julio Piumato– que en vez de terminar con el sombrero de payasos hubieran sacado del baúl la bandera argentina. La segunda fue la disertación de Galasso que fue una exposición histórica y la tercera, la de Gustavo Gordillo que fue una exposición sobre la circunstancia. Ahora me toca hablar a mí de la filosofía, me toca bailar con la más fiera.
Porque la filosofía no se ocupa de la circunstancia, sino de lo necesario, es decir, lo necesario es aquello que no puede ser de otra manera y hablar de lo necesario en el tema de la identidad es bastante difícil.
Quisiera empezar primero con una distinción de uno de los más importantes filósofos europeos, se llama Enrico Berti quien me manda una linda carta en la que dice “Argentina forma parte de la altra América”, fíjense qué interesante, él no me dice que Argentina forma parte de Latinoamérica, porque no se puede confundir, ustedes saben que hablar de América Latina es la primera colonización cultural que sufrimos, fíjense que Hernández Arregui –este gran pensador de la izquierda nacional–decía, en la última edición de su libro Qué es el ser nacional: “esta versión que el lector tiene a la vista es exactamente igual a la primera salvo en el remplazo cada vez que lo he estimado necesario del falso concepto de América Latina, creado en Europa y utilizado desde entonces por EE.UU.”
Con relación a estos países se disfraza una de las tantas formas de colonización mental. ¡No somos latinoamericanos!, lo hemos explicado una y mil veces y Enrico Berti que es un profesor que debe tener como 80 años ahora, un conocedor de Aristóteles, me dice: “la Altra América”, el otro, altra quiere decir otro, –como se dice en latín, alter, el diferente, alternativa– pero también viene alter de altercado; cuando los hombres se pelean en un altercado, se distancian, no se abrazan, se tratan de diferenciar. Esto propicia este tipo de meditación sobre nuestra identidad, digo “nosotros” por aquello que Martí decía: “nuestra América”, o lo que desde el punto de vista cultural tendría que ser Iberoamérica, para incorporar indubitablemente al Brasil. Nosotros no podemos llamarnos americanos porque los norteamericanos se apropiaron no solo de la riqueza, sino también del nombre, sin embargo nosotros somos americanos. El colorado Ramos decía “la América criolla”, yo también puedo decir “la América”. Alguno que no sea criollito se va a sentir desplazado, pero es Iberoamérica, es la América criolla, es Hispanoamérica por más que el nombre esté desgastado; de una vez por todas nosotros tenemos que parar de decirnos latinoamericanos, nosotros nos extrañamos por el nombre, nos alienamos al designarnos con un falso nombre. Si fuera por lo latino los italianos se dirían latinoamericanos y no lo hacen, solamente para los italianos, que son de alguna manera el paradigma del hombre universal, aquellos que pasan por las romanitas son simplemente latinos, los que habitan en el Lacio, y fíjense qué falsedad del nombre que los habitantes de Québec, del Canadá francés, también se podrían decir latinoamericanos y ninguno se denomina así.
Fíjense que es una categoría de nominación que crea Chevallier, el canciller de Napoleón III, para intervenir en México y decir “vamos a salvar a la raza latinoamericana”, porque querían intervenir en nuestra América, y el general mejicano le manda una carta en la que le dice: “termine de luchar en favor de los latinoamericanos porque están matando a todos los mejicanos”. Estas son las paradojas de los términos. En filosofía siempre hay que empezar por los términos. El término “americano”, cuyo origen es un poco dudoso –lo que se sabe es que viene de amer-rich, Américo Vespucio– etimológicamente quiere decir “el que manda en su casa”. Es decir nosotros mandamos en nuestra casa como los norteamericanos mandan en la de ellos. Entonces podemos llamarnos como San Martín ¡americanos! Por otra parte, el término “latinoamericano” lo usaron los franceses para curarse en salud en el ámbito cultural a pesar de que acá no cortan ni pinchan. Lo usan los norteamericanos y después lo usa el marxismo, a partir de los años ‘60 y también los curas. Yo he estudiado la obra de Perón y hasta los años ’60 nunca usa el término “latinoamericano”. Usa el término “hermanos americanos”, usa el término que utiliza Julio Piumato, “suramericano”, ni siquiera sud, suramericano, americano, hermano americano, continental, como usa ese gran pensador peruano que fue García Calderón, que tiene un libro extraordinario de 1909, Creación de un continente. Perón habla de “los hermanos continentales”, porque estos hombres que eran de la generación del ’10, del centenario, ven a Suramérica como un continente, –“que contiene”–, contiene a trescientos veintiséis millones de habitantes que hablan más o menos la misma lengua y han tenido los mismos enemigos. Entonces la identidad de los pueblos se construye a través de la historia, a través de dos elementos fundamentales, los valores y las vivencias que se comparten.
Las vivencias son las de carácter histórico que están determinadas fundamentalmente por los enemigos y los proyectos que se llevaron a cabo.
Los proyectos de San Martín y Bolívar, eran proyectos en común. Uno venía del norte, otro venía del sur, ambos buscaban expulsar al español. ¿Y cuáles eran las vivencias?, las vivencias con los enemigos. ¿Quiénes son los enemigos? El enemigo del mundo bolita, que somos nosotros, es el anglosajón. Entonces si nosotros sabemos quiénes somos, podemos determinar al enemigo histórico, que hoy es la potencia talasocrática.No tenemos nada que ver, son mundos diferentes; nosotros tenemos una tradición que es grecorromana, hispana, cristiana, católica, caudillista. Tenemos una representación por medio de lo que llamaban los medievales acclamatio –en castellano, aclamación–, que es la democracia directa. Fíjense que todavía perdura en los gremios, se vota por aclamación, que es la democracia directa. ¿Cómo se hace nombrar Lavalle? Por aclamación en el atrio de la Iglesia. Esta institución del acclamatio es recuperada por un politólogo como fue Carl Schmitt, en un trabajo que se llama Sobre el parlamentarismo.
Fíjense que todo esto no tiene nada que ver con el otro mundo, el otro mundo que es veterotestamentario, el mundo capitalista norteamericano, que se apoya en el antiguo testamento, es un mundo protestante, calvinista, industrialista, donde la noción de éxito es fundamental, porque se salvan los que tienen éxito, el mundo que, de alguna manera, es el mundo de la razón calculadora.
Fíjense que lo que ellos no ven es que ese mundo entró en crisis. Les voy a explicar por qué.
Nosotros estamos viviendo hoy la época posterior a la segunda guerra mundial, vimos las bombas de la explosión en Japón; estamos viviendo una crisis de los grandes relatos universales. El hombre pensaba en la modernidad, que existía el progreso indefinido, la idea de progreso universal. Hemos visto en la segunda guerra mundial, que la técnica llegó a Japón con Hiroshima y Nagasaki, quiere decir que la técnica entró en contradicción con la moral, con la matanza atómica de niños aún no nacidos muriendo por culpa de sus padres. Hemos visto la democracia como forma de vida, lo hemos vivido en esta patria con la generación de la restauración democrática: “con la democracia se come, se vive, se educa, se baila y se salta”. Pero ¿con qué democracia? Con la democracia formal, vacía, una democracia que ha hecho crisis de representatividad, porque estos políticos no representan a nadie. Hay otro tipo de democracia, que es “la democracia de nuestros países”, como decía un boliviano que se llamaba Carlos Montenegro, que es esa democracia que está debajo de las repúblicas, que es la famosa acclamatio, la famosa democracia directa, que asegura la vinculación del pueblo con su líder o caudillo. A todo esto los norteamericanos le llaman populismo, demagogia, totalitarismo; pero nosotros sabemos que la mejor manifestación que tiene el pueblo es en la calle, no es el pueblo votando, porque uno no vota como pueblo, vota como individuo. Pero cuando se manifiesta, ahí se manifiesta como pueblo porque está participando de valores comunes. Entonces uno ve que una bandera lo despeina y si estuviera como individuo diría “¿qué está haciendo, por qué me despeina?”.
Entonces está la famosa anécdota: pero cómo, ¿usted no es peronista? Nadie se va a quejar porque lo despeine una bandera, porque está participando, está formando parte. En definitiva, sabe que hay enemigos. Cuando uno vota en el cuarto oscuro, no hay enemigos, hay una opción entre males menores, pero cuando uno manifiesta, el enemigo está ahí. Esto nos lleva a plantear toda la crisis de representatividad política.
Nosotros, después de quinientos años y a pesar de las múltiples opresiones sufridas, de la actitud servil de nuestros gobernantes y hombres públicos respecto delos variados centros de poder, de la mentalidad imitativa de nuestros calurosos intelectuales que traicionaron y traicionan la preferencia por sí mismos, llegamos a ser alguien, caracterizados como lo “otro” en el universo occidental.
A nosotros nos dicen que somos la otra América, somos otra cosa y ser otra cosa es, a su vez, ser reconocidos como alguien, dejamos de ser algo. Hoy Helio Jaguaribe hablaba de este gran espacio suramericano, de trescientos veintiséis millones de habitantes, con dieciocho millones de kilómetros cuadrados, es decir, el doble de Europa, el doble de los EE.UU., navegable de Caracas a Buenos Aires, con el 30%de los recursos de agua potable del mundo, con la cuenca del Amazonas, del Orinoco y del Plata. Nosotros somos algo serio, no es para deprimirse porque nuestros políticos no estén a la altura de las circunstancias.
Nosotros tenemos un peso específico más allá de la flaqueza y de las debilidades de nuestros dirigentes. Que nuestros dirigentes, de alguna manera, le quiten el panal pueblo no quiere decir que nos quiten la posibilidad de existir, nosotros tenemos la posibilidad innata de existir y por ende de pensar y de luchar para que las cosas se hagan de la manera más equitativa posible.
Nuestros dirigentes nos quitarán el pan y nos someterán a las peores circunstancias pero nosotros tenemos la mejor matriz –en lo que hace a la identidad cultural–para construir un espacio propio.
Cabe aclarar que la defensa y búsqueda de la identidad no radica en la repetición ritual de modos, maneras y costumbres, como lo hacen nuestros centros tradicionalistas cuando desfilan de paisanos. Eso no es malo, pero se está limitado al orden de la repetición.
Yo siempre discuto en los centros tradicionalistas. La vez pasada viene uno, con un pompón en la cabeza, o viene con un caballo emprendado de plata y botas de potro–mi abuelo usaría emprendados de plata con botas de cuero, pero botas de potro eran usadas por los más humildes junto con cabezada y riendas de cuero–. Otro vino con una tenaza cromada, otro con un lazo pintado de plateado.
Si la identidad es la repetición de actos, estamos liquidados. La identidad de los pueblos no es la repetición de actos sino la rencarnación de valores que forman
parte de su tradición. ¿Qué es la tradición? No es juntar cosas viejas, la tradición es la transmisión de valores de una generación a otra. Una generación transmite a otra ciertos valores y otros los pospone, no transmiten todas las cosas.
Acumular una tradición nacional es casualmente eso, acumular cosas valiosas de una generación a otra. No es la simple repetición de actos, porque si no, en todo caso, como estamos vestidos, ninguno formaría parte de la Argentina.
Es la diferencia que hay entre la sustancia y el accidente. Lo sustancial es lo que se transmite como valor, el accidente es la forma o manera como ese valor se expresa. Esto que es la repetición los latinos la llamaban ídem. Pero hay otra palabra que nos indica la identidad, que es ipse y quiere decir ser sí mismos.
Para entender la identidad nacional, tenemos que partir del ipse, del ser sí mismos. ¿Cómo somos sí mismos? Somos sí mismos cuando nos preferimos a nosotros mismos. Preferirse a uno mismo es no imitar. Perón dice: “No seamos un espejo opaco, que imita e imita mal”.
Porque imitación es lo que ha tintineado en la inteligencia culturosa argentina, vamos a ver qué autor está de moda, cómo vamos, qué pensamos, qué no pensamos, hablamos de la postmodernidad, –no hablamos de la post modernidad–, somos postmodernos, somos pre modernos.
Todo eso forma parte de un lenguaje centroeuropeo. En las universidades, que son las máquinas de hacer chorizos de la inteligencia vernácula, no producen una sola inteligencia nacional.
Esto es lo que está, compren libros de autores europeos o autores a imitación de los europeos. Esto es lo que hay que erradicar, el remedo, que quiere decir en castellano, mala copia. Hay que erradicar el espejo opaco del que hablaba Perón.
Preferirse a uno mismo, es decir, voy a preferir los valores que hacen a mi tradición cultural que se expresa bien en una lengua, que es esta lengua que yo hablo.
Esto no quiere decir que reneguemos de lo otro, simplemente nosotros tenemos que preferirnos a nosotros mismos. ¿Cómo se funda esa tradición cultural? Se funda en los valores y en las vivencias, es decir, la identidad de un pueblo no está, no es una cosa, no es algo pétreo, es algo que se construye en la historia.Si esto es así, hemos visto cómo debemos de llamarnos, qué diferencia hay entre identidad, repetición e identidad de preferencia de uno mismo. Si hemos hablado de los valores y de las vivencias, yo creo que lo que nos quedaría ahora es el pluralismo cultural.
El discurso del pensamiento único –expresión que impuso Alain de Benoist, con su revista Elements, de París, que después tomó Ignacio Ramonet de Le Monde
Diplomatique– se maneja sobre la idea de pluralismo. Pues nosotros también, y acáviene la distinción. Nosotros sabemos –por lo menos desde la visión que nos viene del mundo moderno, desde el proyecto iluminista– que el pensamiento consistía en cuatro o cinco relatos fundamentales, es decir, la idea de progreso, la democracia como forma de vida, el cristianismo subjetivizado, la razón calculadora.
Ustedes fíjense que todo esto nace con Descartes y la Reforma, es decir, la apreciación subjetiva del tema de Cristo y la trascendencia y la instrumentación de la razón en su aspecto tecnológico, lo que llaman la razón calculadora.
¿Cuál es su proyección social? El pluralismo. Lo que es la idea de tolerancia, no como virtud, sino la tolerancia por la tolerancia, como ideología. Eso lo dice Montaigne que es clarísimo con el tema de la definición de la tolerancia y de todo el pensamiento iluminista.
¿Cómo se plantea el tema del pluralismo? El pluralismo debe sostenerse y alentarse en la medida en que es un relativismo que invade toda la sociedad, es decir, no hay ningún valor verdadero ni ningún valor falso.
Esta idea de pluralismo es difícil de erradicar, porque cuando uno la critica puede pasar a ser un reaccionario, cosa que nadie quiere ser. Ser un reaccionario es ser un hombre fuera de la humanidad.
¿Cómo debe plantearse el tema? Se plantea dentro de lo que se llaman las ecúmenes culturales, es decir, el mundo está constituido por varias ecúmenes culturales, como pueden ser la ecúmene iberoamericana, la ecúmene europea, anglosajona, arábica, oriental. Ecúmene quiere decir en griego el pedazo grande de tierra habitado. Para los
Griegos la Hélade era su ecúmene. La teoría iluminista es que el pluralismo se debe plantear dentro de las ecúmenes culturales. Al contrario, nosotros sostenemos que estas ecúmenes se constituyen porque hay valores compartidos, lenguaje compartido, creencias compartidas, vivencias compartidas, instituciones compartidas, como pasa en el caso de Iberoamérica. Por lo tanto, el pluralismo no debe darse tanto en el seno del Estado Nación, en el seno de las ecúmenes, sino que el pluralismo se debe dar entre las ecúmenes culturales. La relación no es tanto multicultural sino más bien intercultural. Esto viene a refutar la idea
del universalismo. La modernidad ha planteado al hombre como animal racional y la razón como razón calculadora y este modelo lo impuso universalmente. Hoy para existir nosotros tenemos que tener un régimen demo liberal. Si no nosotros no existimos, somos totalitarios como Chávez, que tiene una democracia casi directa.
Pero esta democracia no es aceptada, porque el modelo del relato moderno es la
democracia neoliberal. El modelo del relato moderno en economía es la economía de mercado, el modelo del relato moderno en cultura es el pluralismo cultural que supone un relativismo maximizado, el modelo en el orden de la religión es el modelo de la new age, donde cada uno hace lo que quiere.
El modelo de la familia es el de la familia típica norteamericana. Este pluralismo, quees un relativismo, lo introducen dentro de las ecúmenes culturales y ahí se produce la tarea de zapa de una ecúmene. Su desnaturalización. Así se da la “americanización “de Europa, “la imbecilización” de Iberoamérica, la “terrorización” de la ecúmene arábiga,
etc.
Nosotros pretendemos un pluralismo sin relativismo. ¿Cómo puede ser un pluralismo sin relativismo, pensando que el mundo no es ya un universo? Universo es unas ola versión del mundo. En relación con eso, nosotros tenemos una palabra que es “universidad”. La universidad saca a todos los muchachos como chorizos de la fábrica, todos iguales, todos piensan lo mismo.
A ninguno de estos muchachos se le ocurrió pensar en Wagner de Reina o en Maldonado. En Castellani o en de Anquín. La universidad tiene un relato universal, entonces se produce el extrañamiento entre lo que es ese relato universal –que es un modelo de imposición– y la realidad de ese pluriverso, que es el mundo real. Ontológicamente, es decir en su ser, el mundo es un pluriverso, no es un universo. Sostener que el mundo es un universo es un totalitarismo, es el totalitarismo del iluminismo racionalista del siglo XVIII.
Hoy nosotros somos un pluriverso y como tal tenemos que rescatarnos. Por eso las teorías políticas como en el caso del peronismo, como en el caso del chavismo en Venezuela, como en el caso del Movimiento Nacionalista Revolucionario en Bolivia son teorías que están vigentes porque rescatan en sus postulados las particularidad desde sus pueblos. Ese es el misterio del peronismo, si fuera por nosotros, los peronistas, el peronismo no existiría más.
La desgracia del peronismo somos los peronistas, que no lo tomamos en serio. No quiero abundar en muchos datos, porque da mucho más el tema de la identidad nacional en sus proyecciones artísticas y en sus proyecciones intelectuales. Nosotros tenemos una amplia tradición en América, yo siempre pienso en términos americanos, a mí no me interesa pensar en términos argentinos de patria chica. Ustedes saben que había un peruano, Juan Pablo Viscardo, que en el año 1792escribió una carta sobre el tema de la identidad: “Carta a los españoles americanos”.
Así como él podemos seguir con múltiple cantidad de expresiones y de pensadores. De modo tal que nosotros tenemos una tradición que no se estudia, que es esa tradición nacional iberoamericana, que hay que tratar de rescatar.
Yo agradezco a las autoridades de la C.G.T. por este congreso que nos permite hablar un poquito de estos hombres y de estas ideas que han sido silenciados ,porque en el manejo de los mass media se da casualmente lo que decía Jauretche, el mecanismo del silencio, no hay que dejar hablar a aquel que piensa distinto. Este tipo de congresos es interesante y ojalá que recojan el guante las instituciones, las academias, y que puedan abrirse cátedras. Yo dicto cátedras en Barcelona y se ha creado en España una cátedra sobre el Pensamiento de la Identidad.
Gracias.
Alberto Buela