jueves, 26 de julio de 2012

Evita, el dulce peligro de la posibilidad


Ella es implacable. No es ni peronista ni sindicalista ni montonera. Estará allí donde esté Perón, en cualquier momento y en cualquier lugar. Porque es él la encarnación de la doctrina y del ideal.
Evita es la mejor metáfora de la Argentina. O mejor dicho es el rostro perfecto de la Argentina plebeya. Es la rabia de la pobreza en sus ojos, es la firmeza de las convicciones en la forma en que apretaba sus labios, la imposibilidad de un país mejor en la agonía de su voz y la alegría de la reivindicación en cada movimiento de sus manos. Evita es la Argentina barbárica, exuberante, mágica, jacobina. Humillada, enaltecida y derrumbada. Sacrificial y generosa. Brutal protectora de los derechos de los humildes, joven, muerta, profanada y eterna. Evita es el símbolo perfecto de la Argentina bastarda, esa que siempre le dolerá a los poderosos, a los ricos –sean de derecha o de izquierda–, a los hipócritas, a los genuflexos, a los traidores. Evita es un talismán. Un signo.
Escuchémosla: "Quiero rebelar a los pueblos. Quiero incendiarlos con el fuego de mi corazón. Quiero decirles la verdad que una humilde mujer del pueblo –¡la primera mujer del pueblo que no se dejó deslumbrar por el poder ni por la gloria!– aprendió en el mundo de los que mandan y gobiernan a los pueblos de la humanidad. Quiero decirles la verdad que nunca fue dicha por nadie, porque nadie fue capaz de seguir la farsa como yo, para saber toda la verdad. Porque todos los que salieron del pueblo para recorrer mi camino no regresaron nunca. Se dejaron deslumbrar por la fantasía maravillosa de las alturas y se quedaron para gozar de la mentira." Se trata de una mujer en contradicción dialéctica, en eterno y constante descenso. Entre la pobreza y la riqueza. Entre los ideales y el rencor, entre la generosidad y el invierno de su descontento, como diría William Shakespeare. Pero es algo más. Resuenan en sus palabras el eco crístico del "No vengo a traer la paz sino el fuego". Evita, al pie de su cruz –Mi Mensaje fue escrito poco antes de morir– construye su propio misticismo.
Pero escúchela. Imagínela, lector, en su lecho de muerte, rasgando el papel con la pluma. Escribiendo o dictando su testamento político. Su mensaje. Mi mensaje. Nuestro Mensaje. Imagine a esa muchacha de apenas 33 años, paupérrima de salud, enjuta, esquelética, escribir sobre la lealtad política: "Los enemigos del pueblo fueron y siguen siendo los enemigos de Perón. Yo los he visto llegar hasta él con todas las formas de la maldad y de la mentira. Quiero denunciarlos definitivamente. Porque serán enemigos eternos de Perón y del pueblo aquí y en cualquier parte del mundo donde se levante la bandera de la justicia y la libertad. Nosotros los hemos vencido, pero ellos pertenecen a una raza que nunca morirá definitivamente. Todos llevamos en la sangre la semilla del egoísmo que nos puede hacer enemigos del pueblo y de su causa. Es necesario aplastarla donde quiera que brote si queremos que alguna vez el mundo alcance el mediodía brillante de los pueblos, si no queremos que vuelva a caer la noche sobre su victoria."
No lo sabe. O sí, pero no lo dice. Pero allí entre sus palabras se entrevé la que ella considera indestructible: la alianza de los pueblos con sus líderes. Son los hombres o las mujeres las depositarias de las lealtades y no las ideas inaprensibles. Son los conductores los que interpelan los deseos y las voluntades de los pueblos para hacerlos realidad efectiva. El líder y el pueblo son una unión indisoluble. Evita lo escribe. No son las ideas ni las instituciones. Son los líderes. Ellos representan a las mayorías. Y no hay intermediarios. Ser leal al pueblo es ser leal al conductor y viceversa. Lo demás, son juegos de palabras, crucigramas, no mucho más.
Evita está allí. Frente a la muerte. Y no tiene la mansa resignación de las santas. Se sabe traicionada por su propio cuerpo. Por ese tumor que la corroe y la corrompe. Y muerde la vida, se enciende como una tea. Es el fuego de la patria, el mismo fuego que consumió a Mariano Moreno, a Encarnación Ezcurra. Es una fanática. Y hace de eso una bandera: "Los dirigentes del pueblo tienen que ser fanáticos del pueblo. Si no, se marean en la altura y no regresan. Yo los he visto también con el mareo de las cumbres. Solamente los fanáticos –que son idealistas y son sectarios– no se entregan. Los fríos, los indiferentes, no deben servir al pueblo. No pueden servirlo aunque quieran. Para servir al pueblo hay que estar dispuestos a todo, incluso a morir. Los fríos no mueren por una causa, sino de casualidad. Los fanáticos sí. Me gustan los fanáticos y todos los fanatismos de la historia. Me gustan los héroes y los santos. Me gustan los mártires, cualquiera sea la causa y la razón de su fanatismo. El fanatismo que convierte la vida en un morir permanente y heroico es el único camino que tiene la vida para vencer a la muerte. Por eso soy fanática. Daría mi vida por Perón y por el pueblo. Porque estoy segura que solamente dándola me ganaré el derecho de vivir con ellos por toda la eternidad. Así, fanáticas quiero que sean las mujeres de mi pueblo. Así, fanáticos quiero que sean los trabajadores y los descamisados. El fanatismo es la única fuerza que Dios le dejó al corazón para ganar sus batallas. Es la gran fuerza de los pueblos: la única que no poseen sus enemigos, porque ellos han suprimido del mundo todo lo que suene a corazón. Por eso los venceremos. Porque aunque tengan dinero, privilegios, jerarquías, poder y riquezas no podrán ser nunca fanáticos. Porque no tienen corazón. Nosotros sí. Ellos no pueden ser idealistas, porque las ideas tienen su raíz en la inteligencia, pero los ideales tienen su pedestal en el corazón. No pueden ser fanáticos porque las sombras no pueden mirarse en el espejo del sol. Frente a frente, ellos y nosotros, ellos con todas las fuerzas del mundo y nosotros con nuestro fanatismo, siempre venceremos nosotros. Tenemos que convencernos para siempre: el mundo será de los pueblos si los pueblos decidimos enardecernos en el fuego sagrado del fanatismo. Quemarnos para poder quemar, sin escuchar la sirena de los mediocres y de los imbéciles que nos hablan de prudencia. Ellos, que hablan de la dulzura y del amor, se olvidan que Cristo dijo: '¡Fuego he venido a traer sobre la tierra y qué más quiero sino que arda!' Cristo nos dio un ejemplo divino de fanatismo. ¿Qué son a su lado los eternos predicadores de la mediocridad?"
¿Atendió a su prosa? "Eternos predicadores de la mediocridad" escribe con certera belleza. Y emula a Santa Teresa cuando la poeta escribe: "En mí yo no vivo ya / y sin Dios vivir no puedo / pues sin él y sin mí quedo / éste vivir qué será? / Mil muertes se me hará / pues mi misma vida espero / muriendo porque no muero." Y si no se convence del misticismo de Evita relea: "El fanatismo que convierte a la vida en un morir permanente y heroico es el único camino que tiene la vida para vencer a la muerte." Evita es entrega sin cálculo. Es pasión. Es poesía política en actos. Es un "momento estelar" en carne viva, como podría escribir el austríaco Stefan Zweig.
Evita es el peligro más dulce para un pueblo. Es el peligro de la posibilidad, de la dignidad, de la grandeza, la felicidad. Ella lo sabe y toma partido. Déjese enamorar y convencer, estimado lector: "La patria es el pueblo y nada puede sobreponerse al pueblo sin que corran peligro la libertad y la justicia. Las fuerzas armadas sirven a la patria sirviendo al pueblo. El gran error de algunas fuerzas armadas consiste en creer que servir a la patria es una cosa distinta. Entonces, en aras de lo que ellos creen que es la patria, no les importa sacrificar al pueblo, sometiéndolo a las reglas de la prepotencia militar. En todos los siglos de la historia ha sucedido lo mismo. El espíritu militar ha considerado que el gran ideal de su existencia consistía en alcanzar la grandeza de la Nación y que, ante ese objetivo supremo se justificaba todo, incluso sacrificar la felicidad del pueblo. Perón nos ha enseñado que la felicidad del pueblo es lo primero; que no se puede hacer la grandeza de un país con un pueblo que no tiene bienestar. Las fuerzas armadas del mundo deben convencerse de esta absoluta verdad del peronismo. Si no es así, los pueblos mismos, por su propia mano, con la conciencia plena de nuestro poderío insuperable, las iremos borrando de la historia de la humanidad."
No deje que lo engañen. No hay nacionalismo trasnochado en Evita. No hay Nación de los monopolios ni de las corporaciones. No se trata de un fanatismo simbólico, de parafernalia, litúrgico. Se trata de algo más pequeño, más íntimo, más palpable. Una plebeya sueña con pequeñas cosas enormes. Para ella la patria es la felicidad del pueblo. No se trata de elucubraciones intelectuales excedidas de razón, sino de algo concreto: el bienestar. Estar bien.
Evita se está muriendo. Por lo tanto nada espera ya. No hay cálculo posible ni especulación. La espera la Nada más absoluta o la Historia. Por eso desprecia a los calculadores y los considera los principales enemigos del pueblo. "Los ambiciosos son fríos como culebras pero saben disimular demasiado bien –escribe recelosa, resentida, conspiradora–. Son enemigos del pueblo porque ellos no servirán jamás sino a sus intereses personales. Yo los he perseguido en el movimiento peronista y los seguiré persiguiendo implacablemente en defensa del pueblo. Son los caudillos. Tienen el alma cerrada a todo lo que no sean ellos. No trabajan para una doctrina ni les interesa el ideal. La doctrina y el ideal son ellos. La hora de los pueblos no llegará con ningún caudillo porque los caudillos mueren y los pueblos son eternos. Por eso es grande Perón, porque no tiene otra ambición que la felicidad de su pueblo y la grandeza de su Patria. Y porque ha creado una doctrina –una doctrina es un ideal– para que su pueblo siga su doctrina y no su nombre. Yo pienso, en cambio, que los pueblos cuando encuentran un hombre digno de ellos, no siguen su doctrina, sino su nombre. Porque en el hombre y en el nombre ven encarnarse a la doctrina misma y no pueden concebir la doctrina sin su creador. Por eso yo no puedo concebir al justicialismo sin Perón, y por eso he declarado tantas veces que yo soy peronista, no justicialista. Porque el justicialismo es la doctrina, en cambio el peronismo es Perón y la doctrina. ¡La realidad viva que nos hizo y que nos hace felices! Los caudillos en cambio, los ambiciosos, no tienen doctrina porque no tienen otra conducta que su egoísmo. Hay que buscarlos y marcarlos a fuego para que nunca se conviertan en dueños de la vida y las haciendas del pueblo. Yo los he conocido de cerca y de frente, y algunas veces incluso me han engañado, por lo menos momentáneamente. Hay que identificarlos y hay que destruirlos. La causa del pueblo exige nada más que hombres del pueblo que trabajen para el pueblo, no para ellos. En esto se distinguen los ambiciosos: en que trabajan para ellos, nada más que para ellos. Nunca buscan la felicidad del pueblo, siempre buscan más bien su propia vanidad y enriquecerse pronto. El dinero, el poder y los honores son las tres grandes 'causas', los tres 'ideales' de todos los ambiciosos. No he conocido ningún ambicioso que no buscase alguna de estas tres cosas o las tres al mismo tiempo. Los pueblos deben cuidar a los hombres que elige para regir sus destinos. Y deben rechazarlos y destruirlos cuando los vean sedientos de riqueza, de poder o de honores. La sed de riquezas es fácil de ver. Es lo primero que aparece a la vista de todos. Sobre todo a los dirigentes sindicales hay que cuidarlos mucho. Se marean también ellos y no hay que olvidar que cuando un político se deja dominar por la ambición es nada más que un ambicioso; pero cuando un dirigente sindical se entrega al deseo de dinero, de poder o de honores es un traidor y merece ser castigado como un traidor. El poder y los honores seducen también intensamente a los hombres y los hacen ambiciosos. Empiezan a trabajar para ellos y se olvidan del pueblo. Esta es la única manera de identificarlos. El pueblo tiene que conocerlos y destruirlos. Solamente así, los pueblos serán libres. Porque todo ambicioso es un prepotente capaz de convertirse en un tirano. ¡Hay que cuidarse de ellos como del diablo!"
Evita es implacable. Y no hay más Evita que Evita misma. No es ni peronista ni sindicalista ni montonera. Ella estará allí donde esté Perón, en cualquier momento y en cualquier lugar. Porque es él la encarnación de la doctrina y del ideal. Pensar otra cosa diferente a lo que ella misma escribe es realizar construcciones fantasmagóricas útiles y comprensibles en determinados momentos históricos pero obviamente sin ningún asidero político.
A esta altura, lector, usted estará pensando en cuál es el verdadero pensamiento de Evita. Y ella sabe que aún no ha resuelto la cuestión central de su mensaje. Por eso en las últimas páginas escribe su testamento revolucionario: "No puede haber, como dice la doctrina de Perón, más que una sola clase: la de los que trabajan. Es necesario que los pueblos impongan en el mundo entero esta verdad peronista. Los dirigentes sindicales y las mujeres que son pueblo puro no pueden, no deben entregarse jamás a la oligarquía. Yo no hago cuestión de clases. Yo no auspicio la lucha de clases, pero el dilema nuestro es muy claro: la oligarquía que nos explotó miles de años en el mundo tratará siempre de vencernos. Con ellos no nos entenderemos nunca, porque lo único que ellos quieren es lo único que nosotros no podremos darle jamás: nuestra libertad. Para que no haya luchas de clases, yo no creo, como los comunistas, que sea necesario matar a todos los oligarcas del mundo. No, porque sería cosa de no acabar jamás, ya que una vez desaparecidos los de ahora tendríamos que empezar con nuestros hombres convertidos en oligarcas, en virtud de la ambición, de los honores, del dinero o del poder. El camino es convertir a todos los oligarcas del mundo: hacerlos pueblo, de nuestra clase y de nuestra raza. ¿Cómo? Haciéndolos trabajar para que integren la única clase que reconoce Perón: la de los hombres que trabajan. El trabajo es la gran tarea de los hombres, pero es la gran virtud. Cuando todos sean trabajadores, cuando todos vivan del propio trabajo y no del trabajo ajeno, seremos todos más buenos, más hermanos, y la oligarquía será un recuerdo amargo y doloroso para la humanidad. Pero, mientras tanto, lo fundamental es que los hombres del pueblo, los de la clase que trabaja, no se entreguen a la raza oligarca de los explotadores. Todo explotador es enemigo del pueblo. ¡La justicia exige que sea derrotado!"
Es ingenua Evita en su enunciación. Allí se filtra su principal inocencia: la esperanza de que el hombre puede ser más bueno. No hay cientificismo, no hay método. Hay voluntad. Hay ternura revolucionaria. Existe en ella una racionalidad femenina potentísima: la racionalidad del corazón, como dijo alguna vez la actual presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Esa ternura revolucionaria, esa racionalidad del corazón la llevó a preguntarse en las últimas páginas de su Mensaje: "¿Sabrán mis 'grasitas' todo lo que yo los quiero?"
Sus "grasitas" lo supieron y nunca lo olvidaron. La vida fue injusta con ella. Desgraciadamente, Evita nunca pudo saber todo lo que la quiso y la quiere su pueblo. 
Hernán Brienza