jueves, 17 de noviembre de 2011

El retorno del militante


Un militante es alguien que ha encontrado una verdad que lo trasciende. Recuerdo haber leído esa definición en un lejano libro de José Pablo Feinmann, La creación de lo Posible, editado en los principios del alfonsinismo, allá por el año 85, cuando la ilusión y la fe en la democracia como herramienta por sí misma reparadora de los males y atrocidades del golpe militar del 76 (“con la democracia se come, se cura, se educa), comenzaba a dejar paso a un desencanto social que se manifestó en la deslegitimación de la política y por ende de cualquier práctica militante. Desde la restauración de la institucionalidad democrática -y por casi dos décadas- el concepto de política o, mejor dicho, el modo en que ésta fue entendida por sus actores, estuvo influenciado por las marcas heredadas del genocidio estatal perpetrado entre 1976 y 1983.La salida de la dictadura mostró con demasiada rapidez y elocuencia que lo político encontraba un límite en los márgenes de “lo posible”. El posibilismo alfonsinista significó el retiro de muchos jóvenes que creyeron en un reverdecer de la militancia luego de los años oscuros de la represión: la medida de las posibilidades suele no contener a los sueños, las utopías y las voluntades transformadoras.



Volviendo al texto de Feinmann, y a su interrogación sobre lo que significa ser un militante, relacionaba la militancia con la producción, recordando que “uno de los lúcidos y obstinados proyectos del golpe militar-financiero en la Argentina fue el aniquilamiento del aparato productivo. La desaparición de los centros de trabajo, de los precisos puntos nodales del circuito productivo que generaba la confluencia de la clase trabajadora, su organizatividad y su concientización, no podía ser sino fundamental para un régimen que requería la desmovilización, la desconcientización y la marginación del pueblo argentino. La desnacionalización de la economía, y más precisamente el reemplazo del circuito productivo por el circuito financiero, no produce solamente un resultado estructural, materialmente verificable en la organización económica de la sociedad, produce también un resultado humano. Se destruye al hombre. Se lo destruye como ser social, solidario. Se lo transforma en un individualista hosco, temeroso y agresivo. Se lo transforma en un marginado, y donde aparece el marginado muere el militante. De ahí a la pobreza sólo hay un paso, y no hay ninguna dialéctica revolucionaria entre pobreza y conciencia de clase. Los marginales poblaron las páginas policiales del amarillismo periodístico. Ahí fueron confinados. Antes formaban comisiones internas, asistían a las asambleas de sus gremios, votaban sus condiciones. Ahora transitan oscuramente por los suburbios. Eran obreros, eran compañeros, hoy son seres desesperados arrojados a la delincuencia y el lumpenaje”. Esa Argentina de la valorización financiera, de la destrucción del trabajo, generó un argentino que es la antítesis del militante. Llenó el país de ‘hombres libres’, “individuales’, “cuentapropistas”, era la hora del “sálvese quien pueda”, Apareció el argentino especulador, el de la bicicleta financiera, el del plazo fijo.



En los noventa este proceso se cierra con la década neoliberal del menemismo, el estado benefactor creado por el peronismo del 46 fue removido y rematado a precio vil perdiéndose millones de puestos de trabajo. También fueron barridos los últimos restos de los militantes de los setentas, muchos de los cuales fueron cooptados por el poder para justificar desde su cinismo argumental la entrega como única opción. Como dice Forster, “el sujeto de los 90 fue descendiente directo de los horrores de la dictadura y la desilusión alfonsinista”. Fue la época de la farandulización de la política, del culto al éxito y al exitoso.



Hoy corren buenos tiempos para los militantes, desde principios de este siglo en Argentina y en Latinoámerica se ha abierto una etapa, hasta hace poco inesperada, anómala, que ha iniciado un proceso, trabajoso, lleno de obstáculos, de desmantelamiento del modelo de acumulación del capitalismo neoliberal, madre de todos los males que asoló nuestro continente y nuestros pueblos.



En nuestro país, el peronismo en su etapa kirchnerista, a través de las gestiones de Néstor Kirchner primero, y Cristina Fernández actualmente, han avanzado en un proyecto de país que ha recuperado las banderas peronistas de justicia social, soberanía política e independencia económica, el viejo proyecto nacional y popular que tiene como objetivo la inclusión social, sustentado en el plano económico en dos ideas fundamentales, el mercado interno y la creación de puestos de trabajo. La defensa irrestricta de las fuentes de trabajo quedó demostrada en el 2009, en el momento más álgido de las repercusiones de la crisis económica que azota actualmente al mundo, cuando algunas fábricas se encontraron ante la posibilidad cierta de despidos de trabajadores, el gobierno sostuvo esos puestos con préstamos a las empresas, préstamos que posteriormente fueron devueltos. Sabe la presidenta, como lo supo Néstor, y como primero lo supieron Perón y Evita, que para que la solidaridad, el compañerismo y la militancia surjan entre nosotros, hay que crearles un lugar. Ese lugar es el trabajo. Su incorporación al trabajo, a la producción, a su grupo de pertenencia, a su clase social, lo incorpora a la solidaridad, al compañerismo, lo humaniza. Un militante es un ser en constante proceso de humanización.



Cierro con Feinmann, y su definición del militante como alguien que ha encontrado una verdad que lo trasciende, y da sentido a su vida. No es una verdad revelada, dice, no es una verdad divina, no es, ni siquiera una verdad permanente, segura, como un anclaje firme que otorga cimientos y sosiegos a una vida entera. Esta verdad es su ideología, esa ideología que comparte con sus compañeros y expresa su lucidez. La ideología que hace de él un sujeto y no un objeto de la historia. Sabe el militante que la suya es una verdad relativa, que está en constante lucha con otra supuestas verdades, con sectores poderosos que intentan confundirlo, desviarlo del camino, hacerle bajar los brazos. ¿Cómo lucha contra toda esa permanente e insidiosa verborragia? Hablando con los compañeros. Buscando la verdad donde está: en el grupo. Sabe que su individualidad se realiza en el grupo.



Decía Albert Camus “que la desesperanza no es simplemente el resultado de las sucesivas frustraciones, de las derrotas, de las caídas; la desesperanza proviene, la mayoría de las veces, del hecho de no discernir las razones por las que luchamos y, lo que es más grave aún, de no saber si hay que luchar”. Hoy el militante, y la militancia han encontrado nuevamente una razón para luchar, una razón para vivir, esta es, una sociedad más justa. Miles de jóvenes han ganado las calles y las plazas del país, recuperando un protagonismo perdido por décadas, recuperando también la política con toda su potencialidad transformadora. Viejos militantes han vuelto a creer que aquello por lo cual se luchó, a veces con desmesura, hoy es posible. No desde la utopía revolucionaria, sino desde la construcción cotidiana. El militante está vivo hoy, en cada uno de los actos que realiza para conquistar una sociedad más justa. Nunca menos

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