domingo, 26 de junio de 2011

El grotesco



Por Luis Bruschtein

Los grandes medios en Brasil han lanzado una fuerte campaña para separar a la presidenta Dilma Rousseff del ex presidente Lula. Atacando por otro flanco, con denuncias por enriquecimiento, consiguieron arrancarle a su jefe de gabinete, Antonio Palocci, que además era su armador político. Rousseff lo reemplazó por Gleisi Hoffman y ya empezó la campaña contra ella por su supuesta “inexperiencia”. Los grandes medios en Brasil destrozaron la gestión de Lula y sólo lo dejaron tranquilo cuando vieron que iba de salida. Lula acaba de regresar a su país luego de una gira por el exterior. El objetivo de la campaña mediática es ahora separar a la figura del ex metalúrgico de la primera mandataria y desprestigiar la imagen de Lula para bloquear una candidatura suya en las próximas elecciones.

En Bolivia, los grandes medios atacan en forma implacable al presidente Evo Morales. Promulgó una ley antirracista para sancionar el discurso peyorativo permanente y naturalizado contra los pueblos originarios, y los dueños de los grandes medios de comunicación lo acusaron de atentar contra la libertad de prensa. La SIP lanzó una campaña internacional equívoca y de mala fe, denunciando esa ley como un ataque a la “prensa independiente”.

El caso de Venezuela es más conocido por el papel que tuvo la principal cadena de televisión en el golpe de Estado contra el presidente Hugo Chávez. Los grandes medios constituyen en ese país la principal oposición.

En el caso de Ecuador, el presidente Rafael Correa acaba de ganar un plebiscito donde la principal oposición la ejercieron los medios, que hicieron campaña abierta como si fueran partidos políticos. La polarización impuesta por ellos mismos fue naturalizando incluso este lugar tan expuesto que han ocupado, dejando de lado el intento de parecer objetivos, como ya lo hicieron hace mucho los grandes medios venezolanos. Resulta novedosa, por lo menos en las últimas décadas, esta actitud opositora de los grandes medios de comunicación en América latina.

Lo novedoso en realidad es que por primera vez en varias décadas, hay gobiernos populares en la región. Hubo décadas con dictaduras, a las que estos medios apoyaron, después décadas de gobiernos neoliberales, a los que estos medios respaldaron con algunas críticas muy matizadas y ahora aparecieron los gobiernos populares, y los grandes medios se han convertido en sus críticos más encarnizados. Por primera vez son opositores. Por supuesto, estos procesos son más complejos y con más protagonistas. Las represiones de las dictaduras golpearon a los partidos populares y después estos mismos fueron cooptados por las políticas neoliberales.

Con esos porrazos, en la mayoría de los países de América latina, los partidos políticos tradicionales quedaron muy debilitados. Y al mismo tiempo también se producía una crisis del pensamiento crítico a partir del fracaso del llamado socialismo real, al que se sumó el final de un ciclo del capitalismo a nivel internacional. Muchos intelectuales de izquierda, desilusionados por ese fracaso en los países comunistas, pasaron a convertirse en detractores de esas posiciones y de las que pudieran ver como equiparables. Y algunos, en ese proceso de revisión crítica, llegaron a coincidir, de alguna manera, con los grandes medios en la exageración denigratoria de los procesos de cambio, incluso de los que se producen en marcos democráticos.

Como han surgido en forma separada, sin que hubiera una coordinación ni relaciones partidarias anteriores y con mucho desconocimiento entre unos y otros, cada uno de los procesos que derivaron hacia la instalación de gobiernos reactivos a las políticas neoliberales en cada uno de los países tiene particularidades muy definidas más allá de las coincidencias generales. En contrapartida fue y es impresionante la homogeneidad que tuvo la reacción granmediática en toda la región.

Por primera vez, estos grandes medios son furiosamente opositores y lo más curioso es que, siendo recién llegados, afirman que es el único lugar de la prensa independiente. Es el único lugar donde tendría que estar el periodismo, según ellos, y es el único que nunca habían pisado.

Toda esa historia puede ser aplicada a la Argentina. Con ese argumento resulta que los medios o los periodistas que fueron críticos a la dictadura, que fueron críticos al neoliberalismo y que siempre reclamaron medidas en los derechos humanos, en la economía o en lo social, ahora tienen que ser críticos de lo que ellos mismos reclamaron, porque los que apoyaron a las dictaduras y a los gobiernos neoliberales ahora dicen que el lugar natural del periodismo tiene que ser la oposición a esas medidas.

Ellos siempre rechazaron los juicios a los represores o las políticas de distribución de la renta o de integración regional e independencia de los países centrales. Entonces resulta que los que reclamaron que se asumieran esas posiciones, ahora tienen que rechazarlas “porque ése es el lugar del verdadero periodismo”. Suena algo estúpido. Pero, según este discurso, los periodistas que no coinciden con los grandes medios son llamados “militantes” porque no profesan la misma religión. Siempre hubo periodistas de derecha y de izquierda o progresistas y conservadores o lo que fuera.

El cruce es desopilante. Por ejemplo, el Día del Periodista, Pablo Sirvén publicó en La Nación una nota ingeniosa sobre Rodolfo Walsh y Bernardo Neustadt. El esquema es: Rodolfo Walsh = opositor y Bernardo Neustadt = oficialista. Resulta que los que no son opositores a este gobierno se parecen más a Neustadt y supuestamente los opositores se parecen más a Walsh. Así un columnista de La Nación es parecido a Walsh. Y el que apoya a las Madres y las Abuelas, más parecido a Neustadt. O sea, para parecerse a Walsh, ahora habría que estar contra las Abuelas y las Madres, o contra la anulación del punto final y la obediencia debida.

Más allá de estos malabarismos ingeniosos, lo real es que hacer esa afirmación desde La Nación ya de por sí es estrafalario. Nadie puede decir qué pensaría Walsh si estuviera vivo. Pero sí se puede recordar lo que pensaba de las empresas que manejaban los grandes medios, porque él mismo manejaba conceptos muy parecidos a los que hoy se discuten. Ninguna de las obras más importantes de Walsh fueron publicadas en los grandes medios que, por el contrario, las ignoraron y combatieron.

Es decir, el recurso es ingenioso pero termina siendo un silogismo inocuo porque la consecuencia resulta insólita: para parecerse a Walsh habría que engrosar las filas de periodistas y medios que se han convertido en los principales enemigos de los gobiernos populares del continente. Porque los grandes medios hacen en Argentina lo mismo que las demás empresas periodísticas afiliadas a la SIP están haciendo en los demás países de América latina. No pareciera que el fundador de la agencia Prensa Latina –la agencia oficial del gobierno cubano– hubiera querido ocupar ese lugar.

Sirvén y otros periodistas ponen el lugar, o lo formal, por encima de los contenidos, exactamente lo contrario a lo que hacía Walsh. Según ellos, ser opositor define al periodismo. Se ha escuchado también a dirigentes de derecha decir que el lugar de la oposición es el lugar natural del periodismo. ¿Opositor a qué? Ese dirigente de derecha sabe a qué, porque además es la primera vez en muchos años que es oposición real. No valen los discursos simplistas porque terminan por ser ridículos. Y por supuesto, tampoco es obligatorio estar de acuerdo con Rodolfo Walsh. Lo que no se puede hacer es equipararlo con Joaquín Morales Solá o con ningún otro de los columnistas de La Nación.

De todos modos da la impresión de que Sirvén lo usa simplemente como recurso ingenioso. Es de suponer que puede darse cuenta del grotesco de ese silogismo. Pero hubo otros, menos sutiles, que lo tomaron en serio, como si se tratara de una reflexión profunda. Ese es el lugar más grotesco de todos.