viernes, 17 de septiembre de 2010

El éxito del aprecio por la teoría (tenemos razon)


El éxito del aprecio por la teoría

por Sergio Varela

En 1964, poco después del fallido “Operativo Retorno” de Perón al país, durante el que fue detenido en Brasil, impidiendo su regreso, el entonces delegado personal del líder exiliado, ese extraordinario cientista político que fue John William Cooke, definió al frustrante episodio como “el fracaso del desprecio por la teoría”.
Los ecos de las imágenes del acto del 14 de septiembre organizado por la Juventud Peronista en el Luna Park reavivan esa expresión pero por la contraria. Mientras muchos buenos amigos y colegas elogiaban con entusiasmo la “mística”, la “épica”, el “sentimiento” de pertenencia ideológica al colectivo peronista que surgía al calor de la euforia tras el acto partidario, a muchos no se nos podía escapar que, además de todas esas aristas emotivas y sentimentales, el acto y el discurso de Cristina nos habían impregnado de un sólido proyecto, de un relato consistente, una narración de futuro, de un firme basamento conceptual. Era, a diferencia de aquel fallido episodio histórico, la comprobación del “éxito del aprecio por la teoría”. Porque cuando CFK dice “este modelo productivo” está traduciendo a una-que-sepamos-todos la “Teoría General Económica” de John Maynard Keynes. Y en el debate cotidiano con esa “clase media volátil” que no sabe del todo por qué se opone a aquello que la beneficia, es bueno tener en cuenta esa teoría, y contrastarla con la de Milton Friedman y su neoliberalismo del sálvese-quién-pueda. Tuve la “suerte” de tener que entrevistar alguna vez al recalcitrante de Guy Sorman (uno de los exégetas del ultraliberalismo desbocado), así que pude revisar ambas teorías y contrastarlas.
Ejercicio que invito a compartir. Lo bueno, además, es que como dijo Cristina: eso nos permite “no necesitar imponernos, porque tenemos argumentos, y tenemos resultados para mostrar”. Lo bueno también es ese salto de calidad desde aquel “los melones se acomodan solos” con el que Perón explicaba ese círculo virtuoso de producción, basado en Keynes, a este manejo más o menos cotidiano de las fórmulas con “demanda agregada” y otros conceptos precisos, rigurosos, de las nuevas generaciones que adhieren al proyecto nacional y popular.
Lo que más me gustó del acto fue comprobar ese crecimiento, esa maduración de los argumentos de este proyecto. Un proyecto que no necesita mística ni “fe” para apoyarlo. Basta con el frío raciocinio del “geómetra implacable” como dice Dolina para advertir que se trata de la mejor opción. No es necesario gritar ningun “haka” ritual para sustentar la adhesión a este proyecto, que ha demostrado además su viabilidad hacia el futuro, su consistencia en el relato, el martes pasado.
De todas maneras, mucho seguirán siendo “orwelleados” (neologismo verbal por George Orwell, autor de “1984”, con su “Gran Hermano que vigila”) desde los medios de comunicación. Y curiosamente, ahora son ellos los que se revelan devotos de una paradójica “fe en el escepticismo”, oponiéndose con “argumentum ad hominem” (falacias basadas en características personales: “porque es mujer”, “porque se maquilla”, etc. como si se cuestionara a Sarkozy no por su política inmigratoria, sino porque es petiso y sale con Carla Bruni). Seguramente no querrán escuchar las teorías que avalan los avances del Gobierno Popular. Pero es bueno seguir, de todas maneras, intentando explicar las razones. Porque, más allá de la épica y el sentimiento, lo que más los enoja es que hasta quienes más se oponen –a veces sin saber bien del todo por qué- pueden comprobar a diario en sus propias vidas que tenemos razón.

(*) Escritor, periodista cultural, crítico de arte y crítico de jazz