lunes, 5 de marzo de 2012

APOLOGIA PATAGONICA





Patagonia es hoy una enorme región ubicada en el extremo austral del continente americano. El paisaje patagónico es pues, diverso. El escenario va desde las costas ventosas del este, la aridez de la estepa, la majestuosidad de los glaciares, milenarios bosques de lengas, ñires, arrayanes o araucarias... o los imponentes volcanes.

...Patagonia?

“Nuestro capitán llamó a este pueblo Patagones...”

Antonio Piagafetta

Cuando el explorador Hernando de Magallanes llegó a las actuales costas Argentinas, en donde luego se fundo Puerto San Julián,(del cual soy oriundo) llamó Patagones a los indígenas (Tehuelches) que encontró en estas tierras australes según afirmaba Antonio Piagafetta, cronista de la expedición de 1520.

Si bien, muchas versiones cuentan que Magallanes podría haber aludido a los pies “gigantes” del pueblo autóctono, otras hipótesis afirman sin embargo que el explorador se habría más bien inspirado en las hazañas de un personaje fantástico de la novela “Primaleón”, que en alguna de sus aventuras, captura a un gigante llamado Patagón.

Como fuere, si nos remitimos rigurosamente a los hechos, en la práctica fue Pigafetta quien colocó por primera vez el topónimo de “Patagonia” sobre el mapa que representó por vez primera esta tierra fascinante.



Primeros habitantes de la Patagonia

Los asentamientos humanos en la Patagonia datan de más de 10.000 años, como parecen afirmarlo muchos de los yacimientos arqueológicos hallados en la región. Se estima que los primeros hombres que poblaron América eran cazadores nómades que ingresaron por el noroeste asiático a través del Estrecho de Behring en el hemisferio norte y de allí comenzaron a trasladarse hacia el sur. En efecto, hace aproximadamente unos 20.000 años, la glaciación estaba llegando a su pico máximo y el nivel de los mares era 100 m inferior al actual, lo que permitió que animales y hombres se trasladaran a través de lugares que hoy están cubiertos por agua.


Los Tehuelches

Los tehuelches, que a sí mismos se llamaban aonikenk, eran un pueblo cazador y recolector, por lo tanto nómade. Se alimentaban de guanacos y choiques. También de bayas, semillas y hierbas por lo cual recorrían, siguiendo las leyes de la subsistencia, las mesetas patagónicas desde las cordilleras hasta el atlántico.

Desde el punto de vista cultural, puede decirse que practicaban una división sexual del trabajo, los hombres, ocupados de la caza y las mujeres, de elaborar mantos de piel de guanaco (quillangos) con lo cual se preparaban entre otra cosa, los toldos que se utilizaban para las viviendas, de transportar el agua, la leña, etc. Aunque poco frecuente, era admitida la poligamia. Las mujeres no eran obligadas a contraer matrimonio contra su voluntad.

Su dios supremo era Elal, a quien se le atribuía la creación de los animales y del indio, además creían en varios espíritus malignos, uno de los cuales era Gualicho O "Walichú", al cual le ofrecían animales sacrificados, dicha ceremonia era realizada por un hechicero.

Con respecto a su organización social, el cacique era la autoridad máxima y el único practicante que tenía más de una esposa. Los padres se destacaban por el cariño a sus hijos, a su vez le inculcaban la práctica de equitación, lanzamiento de flechas y boleadoras.

Se vestían con taparrabos y se cubrían el cuerpo con pieles para salir a cazar, además les gustaba pintarse la cara y según los colores diferenciaban si estaban en guerra o en paz.

Su vivienda eran toldos construidos con palos, piedras y cueros de guanaco, a éste último lo extendían en el suelo y lo utilizaban como lecho.

En la Isla Grande de Tierra del fuego, los onas no eran sino una prolongación de éste mismo grupo étnico. Sin embargo, existían tres lenguas diferentes entre los tehuelches, una entre los límites de los ríos Negro y Chubut, otra, entre Chubut y Santa Cruz y la última, entre el río Santa Cruz y el estrecho. Existían también dos variedades lingüísticas entre los onas, los del centro, y los del suroeste.



El censo de 1869, estimaba una cantidad de 24.000 tehuelches en la Patagonia Argentina, pero ya en 1895, solamente 5.500. Hoy se encuentran totalmente extinguidos.



El libro "Relatos de la Patagonia Originaria" reúne una serie de relatos compilados por Laura Migliarino y Pablo Medina que reflejan la tradición oral de los pueblos primigenios del territorio austral: los mapuches y los tehuelches.

"Los mapuches y los tehuelches, que eran tribus de origen araucano (voz de origen quechua con la que los incas nombraban a los pueblos de la región centro-sur de Argentina y Chile), tuvieron una gran tradición de narradores orales", destacan los compiladores en el libro.

"Los mapuches reafirmaban la confianza en la oralidad en detrimento de la escritura porque consideraban que así se ejercitaba el pensamiento de manera permanente", dice Migliarino en diálogo con Télam.

Según la compiladora, es muy curioso lo que pasa con estos relatos orales, "ya que hay muchos cuentos que circulan en todo el territorio con pequeñas variantes en cada región".

En la primera mitad del siglo XX, muchos estudiosos se dedicaron a transcribir la palabra de los antiguos pobladores de la Patagonia y entre ellos sobresale la labor de Berta Koessler Ilg, "llamada la araucana blanca, la araucana que escribe".

"Cuando todos estos relatos se transcriben hay una reformulación de las historias -destaca Migliarino- no solamente a través de lo que se relata sino también de lo que evoca".

La narración oral incluye mitos, leyendas, anécdotas, oraciones, discursos, canciones, adivinanzas, aunque lo que predomina en el libro -recientemente publicado por Editorial Continente y la Asociación Civil La Nube- son los relatos.

"Lo que más nos llamó la atención -acota la compiladora- fue la gran cantidad de material que circula y la gente que en los últimos años se han dedicado con mucha minuciosidad a recuperar toda esa tradición oral".

Esta tendencia, reflexiona Migliarino, "tiene que ver en un punto con recuperar el pasado perdido y, desde el presente, poder interiorizarnos un poco más acerca de estas culturas originarias con las que al habitante de la ciudad le cuesta vincularse".

"El criterio de selección fue elegir historias de los mapuches y tehuelches que dieran respuesta a las grandes preguntas que se hace el hombre. ¿Qué es el sol? ¿Qué es la luna? ¿Qué hay más allá del cielo? ¿Cómo aparecen los hombres, las costumbres, las plantas?", menciona.

Los compiladores rescatan en el libro mitos cosmogónicos tehuelches, leyendas araucanas a veces con referencias muy específicas -por ejemplo: el origen de los sonidos que se escuchan en las inmediaciones del cerro Tronador- o más generales -el origen del sapo-, como las tradiciones recogidas por Berta Koessler.

De la mitología mapuche, hay narraciones sobre el zorro y la vieja leona o el toro y el zorro, para explicar qué pasa cuando se es muy astuto, y una canción del adiós a la vida que da cuenta de cómo enfrentan los araucanos la muerte.

También hay leyendas que aluden a especificidades de cada lugar, como la historia que da nombre a diferentes accidentes geográficos, a lagos y flores, animales y peces. Y el reflejo en el imaginario indígena de la irrupción del huinca y del complejo proceso de integración que hubo entre ambas culturas.

"Uno de los objetivos del libro -subraya Migliarino- es la transcripción del relato a partir de los testimonios recogidos por distintos investigadores o la memoria colectiva de la gente del lugar".

"Quisimos poner el acento en recuperar esos relatos y no en interpretarlos, en darles una explicación. La idea fue acercar el material al lector y que éste en su vinculación con la lectura pueda terminar de darle sentido a lo que está leyendo". Además de tener ilustraciones, el libro trae un glosario al final de palabras tanto tehuelches como mapuches: "Hay palabras en común y otras que no. Por lo general cada asentamiento tenía su dialecto", explicó la compiladora. (Télam)



El mito Tehuelche de Kóoch, el creador de la Patagonia

Hace muchísimo tiempo no había tierra, ni mar, ni sol... solamente existía la densa y húmeda oscuridad de las tinieblas. Y en medio de ella vivía eterno, Kóoch.

Un día Kóoch se sintió muy solo y se puso a llorar. Y con su llanto se formó el mar, el inmenso océano donde la vista se pierde.

Cuando Kóoch dejó de llorar y suspiró. Y ese suspiro fue el primer viento, que empezó a soplar constantemente, abriéndose paso entre la niebla y agitando el mar. En medio del agua y envuelto en la oscuridad, deseó contemplar el mundo que lo rodeaba. Se alejó un poco, levantó el brazo, y con su mano originó una chispa, y que esa chispa se convirtió en el sol, Xáleshen.

El sol formó las nubes, que de allí en más se pusieron a vagar por el cielo y el viento las empujaba a su gusto, a veces suavemente, y a veces en forma tan violenta que las hacía chocar entre sí. Entonces las nubes se quejaban con truenos retumbantes y amenazaban con el brillo castigador de los relámpagos.

Luego Kóoch se dedicó a su obra maestra. Primero hizo surgir del agua una isla muy grande, y luego dispuso allí los animales, los pájaros, los insectos y los peces. Y el viento, el sol y las nubes encontraron tan hermosa la obra de Kóoch que se pusieron de acuerdo para hacerla perdurar: el sol iluminaba y calentaba la tierra, las nubes dejaban caer la lluvia bienhechora, el viento se moderaba para dejar crecer los pastos... la vida era dulce en la pacífica isla de Kóoch. Entonces el Creador, satisfecho, se alejó cruzando el mar. A su paso hizo surgir otra tierra cercana y se marchó al horizonte, de donde nunca más volvió.

Y así hubieran seguido las cosas en la isla de no ser por el nacimiento de los gigantes, los hijos de Tons, la Oscuridad. Un día, uno de ellos, llamado Noshtex, raptó a la nube Teo y la encerró en su caverna.

Sus hermanas buscaron a la desaparecida a lo largo y a lo ancho del cielo, pero nadie la había visto. Entonces, furiosas, provocaron una gran tormenta. El agua corrió sin parar desde lo alto de las montañas, arrastrando las rocas, inundando las cuevas de los animalitos, destruyendo los nidos, arrasando la tierra en una inmensa protesta... Después de tres días y tres noches, Xáleshen quiso saber el motivo de tanto enojo y apareció entre las nubes. Enterado de lo sucedido, esa tarde, al retirarse detrás de la línea donde se junta el cielo con el mar, le contó a Kóoch las novedades, y Kóoch contestó;

-Te prometo que, quienquiera que haya raptado a Teo, será castigado. Si ella espera un hijo, ése será más poderoso que su padre.

A la mañana siguiente, apenas asomado, el sol comunicó la profecía a las nubes agolpadas en el horizonte y éstas, enseguida, se la contaron a Xóchem el viento, que corrió hacia la isla y difundió la noticia aquí y allá, anunciándola a quien quisiera oírla. Y el chingolo se lo contó al guanaco, el guanaco al ñandú, el ñandú al zorrino, el zorrino a la liebre, al armadillo, al puma. Después Xóchem sopló el mensaje en la puerta de las cavernas de los gigantes, para que no quedara nadie sin enterarse.

Así escuchó Nóshtex las palabras de Kóoch, y tuvo miedo de su pequeño enemigo, que ya vivía en el vientre de Teo. "Voy a matarlos", pensó, "voy a matarlos y a comérmelos a los dos". Golpeó salvajemente a Teo mientras dormía, arrancó al niño de sus entrañas y, sin mirar a su hijo abandonado en el suelo de la caverna, la despedazó.

Pero alguien más, adentro de la cueva, había escuchado a Xóchem. Era Ter-Werr, una tuco-tuco que vivía en su casa subterránea excavada en el fondo de la gruta. Dicen que fue ella la que salvó al bebé, la que, sigilosamente, en el mismo momento en que el monstruo levantaba a su hijo para devorarlo, le mordió el dedo del pie con todas sus fuerzas, la que escondió al niño debajo de la tierra antes de que el gigante pudiera reaccionar...

Sin embargo, el refugio era demasiado precario. Nóshtex cruzaba la caverna haciéndola temblar con sus pasos de gigante, recorría la isla buscando al cachorrito que apenas había visto, a ese hijo que en cuanto creciera iba a traicionarlo.

Entonces Terr-Werr pidió ayuda al resto de los animales: ¿dónde esconder al bebé?, ¿cómo ponerlo a salvo del gigante?

Cuentan que todos los animales hicieron una asamblea para discutir el asunto. Que el Kíus, el chorlo, era el único conocedor de la otra tierra que, más allá del mar, había creado Kóoch antes de recluirse en el horizonte, y que propuso enviar allí al niñito. Así comenzaron los preparativos para la fuga secreta.

Una madrugada, cuando el hijo de Teo y el gigante estuvieron listos para partir, Terr-Werr lo llevó hasta las inmediaciones de una laguna y lo escondió entre los juncos. Desde allí llamó a Kíken, el chingolo, para que a su vez transmitiera el mensaje: todos los animales fueron convocados para escoltar al niño. Algunos, como el puma, se negaron. Otros, como el ñandú y el flamenco, llegaron demasiado tarde. El zorrino iba tan contento al encuentro de la criatura que, interceptado por el gigante, no supo guardar el secreto. Así enterado, Nóshtex se dirigió a grandes pasos hacia la laguna, pero el pecho-colorado, instruido por Terr-Werr lo distrajo con su canto. Por eso no llegó a tiempo para ver cómo el cisne se acercó al niño nadando majestuosamente y lo colocó sobre su lomo, ni cómo carreteó luego para levantar vuelo. Sólo alcanzó a distinguir en el cielo un pájaro blanco que, con su largo cuello estirado y las alas desplegadas, volaba decididamente hacia el oeste. Así, en su colchoncito de plumas, se alejaba el protegido de Kóoch hacia la tierra salvadora de la Patagonia.



Los inventos de Elal

Dicen los tehuelches que la Patagonia era sólo hielo y nieve cuando el cisne la cruzó, volando, por primera vez. Venía de más allá del mar, de la isla divina donde Kóoch había creado la vida y donde había nacido el pequeño Elal, a quien cargó sobre su blanco lomo hasta depositario sano y salvo en la cumbre del cerro Chaltén.

Dicen también que detrás del cisne volaron el resto de los pájaros, que los peces los siguieron por el agua y que los animales terrestres cruzaron el océano a bordo de unos y de otros. Así la nueva tierra se pobló de guanacos, de liebres y de zorros; los patos y los flamencos ocuparon las lagunas y surcaron por primera vez el desnudo cielo patagónico los chingolos, los chorlos y los cóndores.

Por eso Elal no estuvo solo en el Chaltén: los pájaros le trajeron alimentos y lo cobijaron entre sus plumas suaves. Durante tres días y tres noches, permaneció en la cumbre, contemplando el desierto helado que su estirpe de héroe transformaría para siempre.

Cuando Elal comenzó a bajar por la ladera de la montaña le salieron al encuentro Kokeske y Shíe, el Frío y la Nieve. Los dos hermanos que hasta entonces dominaban la Patagonia lo atacaron furiosos, ayudados por Máip, el viento asesino. Pero Elal ahuyentó a todos golpeando entre sí unas piedras que se agachó a recoger, y ése fue su primer invento: el fuego.

Cuentan que Elal siempre fue sabio, que desde muy chiquito supo cazar animales con el arco y la flecha que él mismo había inventado. Que ahuyentó al mar con sus flechazos para agrandar la tierra, que creó las estaciones, amansó las fieras y ordenó la vida. Y que un día, modelando estatuillas de barro, creó a los hombres y las mujeres, los tehuelches. A ellos, a sus Chónek, les confió los secretos de la caza: les enseñó a diferenciar las huellas de los animales, a seguirles el rastro y a poner los señuelos, a fabricar las armas y a encender el fuego. Y también a coser abrigados quillangos, a preparar el cuero para los toldos hasta dejarlo liso e impermeable... y tantas, tantas otras cosas que sólo él sabía.

Cuentan que hasta la Luna y el Sol están donde están por obra de Elal, que los echó de la Tierra porque no querían darle a su hija por esposa. Y que el mar crece con la luna nueva porque la muchacha, abandonada por el héroe en el océano, quiere acercarse al cielo, desde donde su madre la llama. Y también que si no fuera porque una vez, hace muchísimo tiempo, cuando hombres y animales eran la misma cosa, Elal castigó a una pareja de lobos de mar, no existirían el deseo ni la muerte. Finalmente Elal, el sabio, el protector de los tehuelches, dio por terminados sus trabajos. Dicen que un día, poco antes del amanecer, reunió a los chónek para despedirse de ellos y darles las últimas instrucciones. Les anunció que se iba, pidió que no le rindieran honores pero sí que transmitieran sus enseñanzas a sus hijos, y éstos a los suyos, y aquéllos a los propios, para que nunca murieran los secretos tehuelches. Y cuando ya asomaba por el horizonte, Elal llamó al cisne, su viejo compañero. Se subió a su lomo y le indicó con un gesto el este ardiente. Entonces el cisne se alejó del acantilado, corrió un trecho y levantó vuelo por encima del mar.

Inclinándose sobre el ave que lo llevaba y acariciando su largo cuello, Elal le pidió que le avisara cuando estuviera cansado. Cuando el cisne se quejaba, Elal disparaba una flecha hacia abajo, y con cada flechazo surgía en el agua una isla donde era posible posarse a descansar.

Dicen que varias de esas islas se distinguen todavía desde la costa patagónica, y que en alguna de ellas, muy lejos, adonde ningún hombre vivo puede llegar, vive Elal. Sentado frente a hogueras que nunca se extinguen, escucha las historias que le cuentan los tehuelches que, resucitados, llegan cada tanto para quedarse con él, guiados por el magnánimo Wendeunk.

Fuente: Leyendas de la Patagonia, Arnoldo Canclini compilador, Ed. Planeta.


Provincias de Patagonia

Santa Cruz

Antes de la llegada de los europeos, el actual territorio santacruceño estuvo ocupado por poblaciones indígenas -pertenecientes al complejo cultural tehuelche-, nómades cazadores de guanacos y choiques. Sus campamentos fácilmente transportables, eran ubicados en sitios abrigados, como profundos valles y cañadones, o lugares próximos a bosques donde proveerse de leña. En sus desplazamientos, los primeros pobladores de Santa Cruz tejieron una trama de sendas y huellas trazadas básicamente en dos direcciones: una longitudinal correspondiente sobre todo a las comunicaciones intertribales y otra, paralela a los ríos, que comunicaba los valles cordilleranos con la costa. Significativamente, el emplazamiento de muchos de sus antiguos campamentos hoy se levantan pueblos y ciudades, así como, en numerosos casos, las actuales rutas nacionales y provinciales siguen el trazado del antiguo derrotero de los indios tehuelches. Durante el verano, habitaban en la cordillera, libre de nieves y en el invierno, en la costa. Aquí, en la costa, fue precisamente donde los encontró Magallanes .

Durante siglos, el interior del territorio fue prácticamente desconocido para los europeos; en cambio, para los navegantes del Viejo Mundo, las costas con sus golfos, bahías y ensenadas, constituían un lugar de refugio donde poder invernar en su ruta al Pacífico y de paso, proveerse de agua potable y alimentos. Cuando comenzó a insinuarse el interés e otras potencias coloniales por el extremo austral de América, España planteó dar carácter más permanente a su presencia en el Atlántico Sur. La larga lista de exploraciones fue iniciada en 1520 por Magallanes, quien pasó en invierno en San Julián y posteriormente, en Santa Cruz. En 1535, Martín de Alcazaba arribó a Río Gallegos, tomó posesión del territorio y lo adscribió al efímero reino de Nueva León. En 1578, cuando el pirata inglés Francis Drake, recorrió la zona y cruzó el estrecho de Magallanes para asaltar varios puertos españoles del Pacífico, Pedro Sarmiento de Gamboa, fue comisionado para fortificar ambas márgenes del estrecho, y, de este modo, clausurarlo a la navegación inglesa. En el marco de este proyecto, el 11 de febrero de 1584, cerca de cabo Vírgenes fundó la colonia de Nombre de Jesús en el valle de las Fuentes y, poco después, no lejos de la actual Punta Arenas, levantó Real Felipe. Más tarde, el pirata inglés Cavendish, que cruzó el estrecho en 1587 después de haber recalado en Puerto Deseado -nombre que proviene de su nave Desire-, rebautizó a Real Felipe como Puerto Hambre. A mediados del siglo XVIII, el comercio derivado de la caza de ballenas, focas y lobos marinos despertó el apetito de Inglaterra, Francia y Holanda por las cosas australes de América. España decidió activar su presencia en la zona. En 1745, Olivares y Centeno, acompañados por los Jesuitas Strobel, Cardiel y Quiroga, reconocieron de que era difícil reforzar la presencia hispánica.

En 1776, al crearse el Virreinato del Río de la Plata, la Patagonia que hasta entonces había integrado la Gobernación del Río de la Plata, pasó a formar parte de él y a depender de la Intendencia del buenos Aires. España envió a Juan de la Piedra y Francisco de Viedma a fundar colonias militares en la costa atlántica. El 19 de Abril de 1780, Antonio de Viedma fundó la Nueva Colonia de Floridablanca, en San Julián, pero sólo duró cuatro años. La Corona creó la Real Compañías Marítimas, para exportar los productos faunísticos y fundó en Deseado una factoría, que se mantuvo hasta 1870, año en que sus pobladores se trasladaron a Carmen de Patagones. De este modo, la región quedó a merced de los pesqueros balleneros extranjeros. La independencia nacional no introdujo cambios en esta situación. Fruto de ello fue la ocupación inglesa de las Malvinas en 1833. El territorio santacruceño también se vio envuelto en problemas limítrofes con Chile. En 1874, Carlos M. Moyano y el perito Francisco Pascacio Moreno remontaron a los lagos Argentinos y Viedma. Finalmente en 1878, el presidente Nicolás Avellaneda ordenó al comodoro Luis Py la ocupación militar de esas tierras. En 1878, la creación de la gobernación de la Patagonia, con capital en Viedma, sentó las bases definitivas de la soberanía nacional.

La ley orgánica de los Territorios Nacionales de 1884 subdividió la gobernación patagónica en las gobernaciones de Neuquén, Río Negro, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego. Sobre la base de accidentes naturales, Santa Cruz, fue, a su vez, subdividida en cuatro departamentos: Puerto Deseado, San Julián, Santa Cruz y Río Gallegos, núcleos históricos de poblamiento. En 1904 y 1915, el territorio fue objeto de nuevas subdivisiones departamentales. La creación de la Zona Militar de Comodoro Rivadavia, el 31 de mayo de 1944, representó una modificación sustancial de los límites entre Santa Cruz y Chubut. La Ley 14.408, del 15 de junio de 1955, creó las provincias de Río Negro, Neuquén, Chubut y Patagonia. Esta última comprendía el territorio de Santa Cruz, al que se le restituía la Gobernación Militar de Comodoro Rivadavia, y se le añadía la Gobernación Marítima de Tierra del Fuego, las islas del Atlántico Sur y el Sector Antártico Argentino. Este último territorio se desgajó en 1957 par integrar el Territorio Nacional de Tierra del Fuego, Antártida e islas del Atlántico Sur. Santa Cruz recuperó su nombre y su superficie originales, ahora con la definitiva jerarquía de provincia, o sea, como estado federal autónomo.

Fuente: Sitio Oficial de la Provincia de Santa Cruz

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