lunes, 25 de julio de 2011

“La fiesta del PRO anula la historia”



                                                                            
                                                                              Publicado el 24 de Julio de 2011

Por Martín Piqué
El director de la Universidad de General Sarmiento repasa las enseñanzas que dejó la victoria de Mauricio Macri en la primera vuelta en la Ciudad y sostiene que el éxito del alcalde porteño fue haber eliminado las ideologías. Elogia a Carta Abierta y a 6,7,8, pero advierte que el rol de esos actores es limitado, por eso propone pensar los cambios radicales que impulsa el gobierno nacional con el objetivo de ampliar los derechos.

Escuchar a Eduardo Rinesi, politólogo con un doctorado en Filosofía, rector de la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS), hace reflexionar sobre el pensamiento situado. Rinesi esgrime sus argumentos –entre los que incluye una dosis de humor– desde un lugar concreto: el rectorado de una universidad pública que aún no cumplió 20 años y que está ubicada en pleno segundo cordón del Conurbano. Para asumir el cargo, Rinesi dejó sus famosas clases en la UBA, donde enseñaba al filósofo inglés Thomas Hobbes a partir de la tragedia de Hamlet, de Shakespeare. Rinesi sólo mantuvo una materia de sociología en el Colegio Nacional de Buenos Aires: el resto de su vida está concentrada en el desafío –personal y colectivo– de contribuir desde la UNGS con “el proceso de democratización de la vida social y cultural” que está viviendo el Gran Buenos Aires.

Rinesi recibe a Tiempo Argentino en un bar de Villa Crespo, en la esquina de Corrientes y Dorrego, donde suele reunirse la hinchada de Atlanta cuando hay que festejar logros deportivos. Sentado en una mesa del primer piso, el politólogo de la barba larga –no se afeita desde que terminó la colimba–habla con voz pausada: no le teme al silencio y a quedarse pensando para luego retomar la conversación con una nueva idea. Rinesi va desgranando reflexiones muy maduradas que se entreveran, de tanto en tanto, con algún término de jerga callejera.

Van pasando el triunfo de Mauricio Macri; el error de las interpretaciones “esencialistas” del resultado del 10 de julio; el desafío intelectual de pensar la ampliación de derechos y el Estado; el concepto de “fiesta” y su apropiación por el PRO en las últimas elecciones. Rinesi no elude la provocación. “En la campaña para la primera vuelta, Macri logró, entre otras muchas cosas, poner la fiesta del lado de ellos. Del otro lado, la tristeza progre”, advierte. Defiende a Carta Abierta por su “rigor analítico” y, no sin antes subir un poco el tono, invita a los porteños a hacer lo posible para ganar el ballottage e impedir un nuevo mandato del macrismo. “Hay que agudizar las armas de nuestra comprensión del momento presente para decir, con mucha claridad, porque es indispensable que Daniel Filmus gobierne los próximos cuatro años la Ciudad y que no siga Macri”, convoca.

Rinesi usa una definición para la estética de carnaval carioca del PRO. La define como “pum para arriba y globos amarillos”. “La fiesta del PRO es la fiesta que anula la historia. ¿De qué están contentos los que bailan entre globos amarillos? Están contentos del triunfo de la no historia. Están viviendo el puro presente. La celebración del PRO es la fiesta sin ninguna mirada ni para atrás ni para adelante. Puro pum para arriba. Es la naturalización de que lo que hace el Estado es malo, dirigido para los morochos del Conurbano o para los inmigrantes siempre sospechosos, y que a los ciudadanos de bien les corresponde mandar a sus chicos a la educación privada o atenderse en la prepaga. Ante esa escena que no quiere historia, hay que responder con una discusión que historice. Es necesario historizar el debate político y politizar la discusión sobre la historia”, subraya.



–¿Cómo ve el panorama electoral tras el resultado de la primera vuelta en la Ciudad? Las encuestas anticipan resultados desfavorables en Santa Fe y Córdoba.

–No deja de ser preocupante por cierto que ese triunfo que con seguridad va a obtener la presidenta en octubre no vaya acompañado de un triunfo de los referentes de ese proyecto en distritos muy importantes. Porque ahí hay un riesgo evidente de separación entre una primera línea del gobierno nacional que tiene una legitimidad a esta altura indudable y posiblemente bastante menos segmentada en términos sociales, en términos de clase, que lo que la tuvo en algún momento. Pero es una macana que esa aceptación tan marcada que tiene la presidenta esté a varios cuerpos de distancia que la aceptación que parecen tener sus segundas líneas. Ese hiato es un problema político. A algunos cuadros del kirchnerismo nos hubiera gustado verlos gobernar en los distritos importantes. Pero el kirchnerismo ha gobernado ya en esa situación, de modo que sabe hacerlo. Lo que estamos verificando es que posiblemente algunas cosas que habríamos querido que cambiaran no van a cambiar. No es que se está creando una situación novedosa, no es que el kirchnerismo era fuerte en Capital, en Santa Fe o en Córdoba y dejó de serlo. Todo hace pensar que las cosas van a conservarse más o menos como están.

–En el Bicentenario, millones de argentinos compartieron el espacio público sin incidentes. Meses después, la participación masiva en la despedida a Néstor

Kirchner alimentó la perspectiva de que una parte de los sectores medios de la Ciudad habían revalorizado al kirchnerismo y a su fundador. ¿El resultado de la Capital desmiente esa lectura?

–Se ha hablado mucho sobre el resultado de la Capital. A mí me gustaría decir dos cosas. En primer lugar, es grave que todavía estemos bajo los efectos de la paliza electoral de la primera vuelta. Porque ya pasó la mitad de la campaña para la segunda vuelta. Es como si todavía no la pudiéramos asimilar del todo. En los discursos que circulan, que hacemos circular, damos por descontado que esa derrota es definitiva. Eso me parece preocupante. Pero no estoy diciendo que está mal reconocer la derrota o constatar que es muy difícil levantarla, sino que lo grave es la naturalización de ese resultado, que llevó, incluso, a especulaciones diversas sobre si convenía o no presentarse en la segunda vuelta. Tenemos que decir algo que para mí es decisivo, que no estamos diciendo con toda la claridad necesaria, y es que sería un horror que Macri gobernara otra vez esta ciudad. Además, los porteños todavía no han decidido que Macri vuelva a gobernar otros cuatro años. Le dieron un importante aval para llegar a la segunda vuelta, en la que nosotros tenemos que ganar. A la segunda vuelta tenemos que salir para ganarlas. Esos son los combates que son importantes dar en política. El otro tema que quiero plantear tiene que ver con la interpretación de los resultados. Ante los resultados de la primera vuelta ha tendido a abusarse de interpretaciones de cómo son los porteños. Interpretaciones esencialistas. “Los porteños son indiferentes, o los porteños son conservadores, o los porteños son neoliberales…” Ahí hay un abuso interpretativo, un exceso de interpretación de lo que significa que el 47% haya votado a Macri. Tender a suponer que los votos expresan eso que los sujetos son es una mala lectura. Lo mejor que se puede hacer para analizar los resultados de las elecciones es correr de allí el verbo “ser”. No es que porque los porteños son de derecha votan a Macri. Los porteños, como todos los seres humanos, como todas las subjetividades, son un embrollo complejo de impulsos, de pulsiones, de intereses, de valores. Todas nuestras subjetividades, individuales o colectivas, son un manojo internamente contradictorio de impulsos que nos llevan en distintas direcciones. Todos somos un poco osados y un poco conservadores. A todos nos gusta que las cosas cambien pero también nos gusta que estén ordenadas. Todos somos así. Dar la famosa batalla cultural, de la que tanto se habla, significa dar la batalla acerca de cuál de los hilos, de ese enjambre de hilos enmarañados que es nuestra subjetividad o nuestra sociabilidad hay que tirar para sacar de nosotros qué es lo que queremos de la vida pública. En la primera vuelta Macri penetró mejor en las subjetividades de los votantes. Lo hizo con un discurso simplón, ideológico, reaccionario, torpe. Profundamente ideológico porque es un discurso de naturalización de lo dado, es un discurso que esconde el conflicto sobre el que sin embargo se sostiene. Y ese discurso logró sacar un impulso hacia cierta orientación conservadora y muy pobre de la vida pública con más eficacia que la que tuvo otro discurso para tratar de sacar de ese mismo embrollo una hebra más interesante.

–Hablando de esa eficacia para llegar a la subjetividad, en los últimos días surgió una polémica sobre la eficacia comunicacional de 6, 7,8, de los medios llamados por la oposición “oficialistas”, incluso de la campaña de Filmus-Tomada y de cómo se la planificó. También sobre Carta Abierta. ¿Qué piensa?

–En relación a las estrategias comunicacionales, incluyendo algunos programas marcadamente oficialistas, uno podría decir que se trata de una estrategia que tiene una función pero que no le debemos pedir más de lo que efectivamente se proponen hacer, que es desnudar o denunciar ciertas formas de manipulación a través de los grandes medios. Básicamente, el esquema de 6,7,8 es ese, un esquema de denuncia un poco jaranera, un poco chacotera, sobre la base del humor y de la puesta en ridículo del adversario mostrando sus contradicciones en el tiempo o la evidencia de ciertas distorsiones en la presentación de la información. Yo diría eso, por supuesto, es importante; eso, por supuesto, está bien; eso, por supuesto, no puede ser la vida intelectual del kirchnerismo. Lo que hay que pensar es una estrategia mucho más vasta, que es un desafío para todos los que estamos llamados a hacer y a pensar lo que está pasando en estos años bajo el signo del kirchnerismo, todas las cosas que se están moviendo.

–¿Cuál debería ser esa estrategia?

–Tenemos que tratar de pensar los cambios muy radicales, de paradigmas, cambios conceptuales muy profundos, que el gobierno está tratando de promover en muchos campos. Porque el signo de la época, a mi modo de ver, es la ampliación y la extensión de los derechos. ¿Y cuál es la contrapartida de esa ampliación de derechos? ¿Por qué los ciudadanos tienen hoy más derechos en la Argentina? Porque existe un Estado que garantiza esos derechos para los ciudadanos. El Estado ha dejado de tener un rol secundario, marginal, subsidiario, que es aquello a lo que nos habíamos habituado de tanto oírlo repetir durante una larga década por lo menos, sino durante dos o tres, quizá desde mitad de los ’70. Desde entonces veníamos escuchando que el Estado estaba del lado malo de la historia: primero porque lo identificábamos con el Estado represivo de la dictadura, después porque lo identificábamos con el Estado obsoleto y paquidérmico contra el que había que combatir para liberar las fuerzas gloriosas del mercado. Hoy estamos pensando un Estado de un modo muy diferente. El gobierno está haciendo políticas en relación al Estado que suponen una comprensión diferente del Estado, una comprensión más cercana a la concepción clásicamente republicana de que el Estado es la realización misma de la comunidad. O por lo menos que el Estado es el garante de los derechos individuales y colectivos de esa comunidad. Eso supone una renovación de las ideas extraordinaria. Pensar eso es un desafío intelectual importante.

–¿Qué rol juega Carta Abierta en esa renovación de las ideas?

–Carta Abierta hace un esfuerzo extraordinario por estar a la altura de esos desafíos. En su búsqueda de un rigor analítico muy grande, en su no concesión en materia estilística y argumentativa, allí hay una apuesta por estar a la altura de la complejidad del momento y de la responsabilidad de pensar los problemas muy grandes en los que la propia acción del gobierno nos está poniendo. Ese no es el mismo problema que definir cuál es el mejor eslogan para una campaña. O cómo mostramos el absurdo de las contradicciones de un individuo o lo ideológico de los mensajes de Clarín. Son cosas distintas. Ser muy rigurosos con nosotros mismos en la primera tarea nos puede ayudar a hacer mejor las cosas en el segundo campo.

–¿Hasta qué punto la compleja relación entre el peronismo y los sectores medios condiciona al kirchnerismo en su búsqueda del voto de los centros urbanos? Porque en los momentos de dificultades regresa un discurso autojustificatorio que dice “bueno, somos peronistas y no nos quieren”. Se ha escuchado mucho eso. Y, por el lado opuesto, surgen figuras mucho menos teorizantes pero que, en lo operativo, parecen garantizar resultados, como Durán Barba.

–El hecho de que el saber de este personaje, me refiero a Jaime Durán Barba, haya sido tan fundamental como evidentemente lo fue en el resultado de estas elecciones, revela lo mucho que hemos fracaso en el empeño que deberíamos haber tenido en volver más profundo, más denso, más radical, el debate político en relación con estas elecciones. Un experto en márketing gana elecciones allí donde no se ha logrado politizar a una ciudadanía.

–¿No será que en los momentos en los que hay auge del consumo en los que prima el conservadurismo y la gente no quiere discutir política? Porque, en este caso, incluso está la paradoja que la gestión de Macri fue mala incluso para muchos votantes que lo eligieron.

–Eso es una observación muy interesante. Todo el mundo tiene muy claro que la gestión de Macri fue muy mala. Y sin embargo Macri ganó. ¿Por qué? Porque, contra lo que podemos suponer, cuando un candidato se presenta a la reelección, la gente que lo vota no lo vota haciendo una evaluación de su gestión anterior. Muchos votantes de Macri saben que su gestión fue mala. Yo diría que fue transparentemente mala. Pero allí también hay un problema. Tenemos que poder decir bien qué es lo malo de la gestión de Macri. Lo malo no es aquello que hizo mal en términos de un modelo de eficiencia administrativa. Lo tremendo de la gestión de Macri es su desprecio por los valores de la República, por los valores de la cosa pública, por los derechos de los ciudadanos, es su desprecio por el Estado como el necesario garante de esos derechos. Que en materia de salud y educación, la política de Macri haya sido producir extraordinarias transferencias de recursos públicos a los sectores privados por vías más o menos directas, a veces directísimas a veces un poco más sutiles, revela un desprecio por la cosa pública, que es lo que quiere decir República, extraordinario.

–Le contesto con algo que también se ha escuchado mucho en estos días: a fin de cuentas, la gran mayoría de los porteños no acude ni a los hospitales públicos ni tampoco manda sus hijos a las escuelas públicas. ¿No será que Macri gobierna para una determinada base social?

–Puede ser. Supongamos que es así, que un porcentaje importante de los porteños manda sus hijos a escuelas privadas y tiene salud privada y está desinteresado por la cuestión del Estado. Y supongamos que esa parte de los porteños coincide con los votantes de Macri, aunque ambas suposiciones me parecen excesivas. Pero supongamos: ¿En qué consiste el éxito de Macri? En haber eliminado del campo de las posibilidades, de las opciones posibles, una situación diferente de esa. Y eso es lo que en un sentido escrito se puede llamar ideología. Ideología es un pensamiento en puro presente, un pensamiento que naturaliza las situaciones dadas. Las saca de cualquier pensamiento acerca de los procesos históricos. Porque puede ser que alguien, en efecto, mande a sus chicos a la educación privada suponiendo que en las escuelas públicas se caen los techos, los profesores hacen huelga o lo que fuera. Lo que es tremendo es que ese ciudadano no tenga en su horizonte de posibilidades un Estado mejor administrado, sostenido con impuestos cobrados de modo más justo, en el que sus hijos y los hijos de sus hijos puedan ir a una escuela mejor que la que hoy tienen.