sábado, 8 de octubre de 2016

De la iluminación a la lucidez


Los autores reflexionan sobre la luz, la opacidad y el trabajo de los psicoanalistas. La ilusión neurótica de tenerlo todo claro. La lucidez como acontecimiento analítico. La dependencia alrededor de los objetos eléctricos. Y el significado de la amenaza del corte de luz.
 Por Alexandra Kohan, José Luis Juresa y Cristian Rodríguez *
Luz/lucidez
Los psicoanalistas trabajamos con lo otro de la luz: la opacidad. La del síntoma, la del goce, en definitiva: la de la lengua. Porque la estructura del sujeto es opaca, porque el lenguaje nunca es transparente, porque sabemos que el efecto “todo luz” es la paranoia.
Tenemos presente que la demanda de claridad, la demanda de los pacientes de aclarar las cosas, de tenerlo todo claro, de hablar claro, no es, sino, una ilusión neurótica. Que, lejos de aclarar las cosas, en un análisis se trata de dejar de pretender la claridad de todo y de devenir lúcido. El lúcido no es el iluminado. El lúcido es aquel que distingue en las sombras reconociéndolas como necesarias e ineluctables. Quizás se trate, más bien, de la posibilidad de alternancia entre la luz y la oscuridad, entre la luz y la opacidad. Subrayamos, especialmente, el entre una y otra.
La lucidez a la que se llega en un análisis no es una lucidez que pueda pensarse, que pueda anticiparse, que sea establecida, inoculada por el analista; no es un “objetivo de la cura”, no se tiende a ella. La lucidez es una ocurrencia, ocurre y no puede preverse ni ser esperable ni esperada. Es, en definitiva, un acontecimiento analítico. El psicoanálisis iría desde la opacidad-oscuridad hacia la lucidez y no hacia la luz.
Efectivamente, la luz en relación a la oscuridad, y no sin ella, nos permite el surgimiento de sujetos lúcidos, en detrimento del flash tóxico del genio iluminado por el artificio, o del brillo incandescente de la trascendencia mediática o la fama, es decir, el atontamiento.
Electricidad
La electricidad acompaña, hoy, la proliferación de objetos técnicos. Cierta dependencia se va constituyendo alrededor de dichos objetos y encontramos, muchas veces, un cierto efecto narcótico y de adormecimiento. La sociedad del espectáculo o la del entretenimiento mantiene a los sujetos anestesiados y algo zombies. Se erige la imagen al lugar del fetiche y todo es consumido. Se consume luz, electricidad, y, al mismo tiempo, la mirada se vuelve también objeto de consumo. Para todo ello, la electricidad es necesaria.
“Si se trata de algo que requiere reflexión –observó Dupin absteniéndose de dar fuego a la mecha– será mejor examinarlo en la oscuridad”.
Nos interesa subrayar el hecho de que Dupin –el detective de La carta robada– reflexiona en la oscuridad en la medida en que muestra que su mirada no depende de la imagen, no depende de la luz. Si descubre la verdad de los hechos es justamente por haber podido correrse un poco de todo lo que se da a ver. Lacan leyó genialmente el cuento de Poe y extrajo de él no pocas consecuencias para pensar la posición del analista.
Amenaza de corte
El psicoanálisis se ocupa de tratar con lo amenazante y de hacer del corte algo propiciatorio, algo posibilitador, algo que suscite salir del encierro amenazante del cuco. El cuco de cada quien se enciende cuando se apaga la luz. Se tratará, entonces, más del aspecto amenazante que del corte de luz.
Una cuestión resulta paradójica: la verdadera amenaza es que no haya corte nunca, que no haya alternancia, que sea una pura luz todo el tiempo. En todo caso, la sociedad contemporánea está atravesada por el ideal iluminista –lo sigue estando– por el que se persigue la luz, y para ello la electricidad hace su aporte, porque ella misma –su dominio– es producto del avance de la ciencia y la tecnología. El iluminismo, con sus ideales de progreso constante, nos lleva a la electricidad, y no al revés, por lo que la amenaza de corte la podemos ubicar en relación a la caída del ideal del progreso absoluto. Si hay amenaza, lo es en relación a esa ilusión y a su porvenir. El corte de luz implica el fracaso instantáneo de la civilización “total”.
Para el psicoanálisis, la noche y la oscuridad son tan necesarias como la luz. La proliferación de objetos tecnológicos que ultraconectan los “yoes” tienden a conformar un absoluto “nadie”, es decir, un páramo de inexistencias en donde se da a ver todo aquello que es esperable. La oscuridad, la opacidad, la materia oscura de la lengua surgen en un abrir y cerrar de ojos, en un destello de iluminación que hace sombras. Eso son las ocurrencias, los chistes, los equívocos, los olvidos, es decir: toda una psicopatología de la vida cotidiana que se resiste a la iluminación total. Cerrar los ojos y dejar de estar en estado de alerta (como en un insomnio), dejar de mirar fascinados ante imágenes que proliferan, deponer la mirada allí donde se trata de otra cosa: tal es la existencia de un sujeto que no sólo se mira a sí mismo.
* Miembros del Espacio Psicoanalítico Contemporáneo, EPC.